miércoles, 28 de noviembre de 2012

Evaluando


Ayer me fui a cortar el pelo. No lo llevaba excesivamente largo pero como me lo rapaba en verano, ha crecido a su libre albedrío, resultando una mata algo anárquica que no terminaba de convencerme.

Cuando entré a la peluquería, le dije a mi peluquero (que paradójicamente es calvo como una bola de billar) cómo quería que me lo dejara. Le dije que muy corto por los lados y por detrás, pero por arriba algo más largo para dejarlo de punta a modo de cresta, pero sin pasarse. Así lo llevé el año pasado y me gustaba.

Tras unos veinte minutos de conversación constructiva,  terminó con éxito su misión. La verdad es que consiguió exactamente lo que yo quería, así que le dije que lo había bordado. Me contestó que no me lo quería dejar más largo, que sería demasiada cresta para mi forma de ser y de vestir, que si me hubiese visto con chupa de cuero y cadenas no se lo hubiese pensado, pero no era el caso. Yo venía del gimnasio, a donde había ido directamente del trabajo. Iba con zapatos y camisa y con un pañuelo al cuello. No es mi forma de vestir habitual, pero sí como suelo ir a trabajar. Pero por esa forma fui juzgado.

El ser humano es una máquina de evaluar. Los profesionales de servicios dedicados a la imagen hacen de esta virtud o maldición una de sus herramientas principales para desarrollar su trabajo. Te conocen durante 20 minutos y ya saben hacia donde encaminar su trabajo, pero el resto no nos quedamos atrás. Lo evaluamos todo, lo comparamos con otros elementos semejantes y nos decimos interiormente si esos están bien o mal, nos gustan o no. No podemos evitarlo porque está en nuestra naturaleza.

Hace unas semanas un amigo me comentó el resultado de un estudio. Se trataba de saber, de media, cuantas personas tendrían sexo contigo al día por tu apariencia. La media salía que eran seis. Seis personas desconocidas que lo harían, pero se callan su valoración. Imaginad el resto de personas que no lo harían, porque ellas también lo valoran y nos juzgan. Por esta razón, entrar en algún lugar lleno de gente (una sala, un autobús, una clase la primera vez que entras...) se convierte en una especie de paredón donde las balas invisibles son juicios de valor por tu apariencia, y la víctima no es otra que tu imagen.

imagen: hola.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por comentar!!

Post Relacionados:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger…