lunes, 12 de noviembre de 2012

La actitud de John J. Dunbar

En mi afán por conocer grandes obras del séptimo arte alquilé hace unos días la película 'Bailando con lobos'. Sí, no la había visto. Sí, ya sé que todos vosotros sí. Sí, ya sé que es un peliculón, ahora ya lo sé seguro.

Ayer, domingo de tranquilidad, encontré el momento para ver las tres horas que dura la película. Lo que más me gustó sin duda fue la actitud del protagonista, John J. Dunbar. Además de su gran valentía debido a la carencia de miedo a la muerte y al sufrimiento, me encantó su falta de prejuicios. Alejado totalmente de la actitud generalizada de sus semejantes, decide conocer sin prejuzgar tanto a los indios como a los lobos. Está claro que es un personaje de ficción sacado de una novela, que la gente así no existe, pero aun conociendo eso los valores que muestra son dignos de destacar.

Su actitud kamikaze le sale bien porque es un libro o una película en la que él es el protagonista, pero su valentía suele salir muy cara en la realidad. Es difícil no tener miedo a nada como lo hace 'el que baila con lobos'. Por eso no lo admiro tanto por su valentía, si no por su mente abierta, por no dejarse arrastrar por las tendencias de los demás. Porque toma las riendas y obtiene sus propias conclusiones.

Esto me recuerda a un vídeo que vi el otro día. Era una prueba que le hacía a un chico. Le metían en un grupo en el que todos los demás eran gente contratada por los que realizaban el experimento, estaban compinchados con ellos. Les mostraban unas imágenes en las que había 4 o 5 líneas de diferentes longitudes y les preguntaban cual de ellas era la más corta. La respuesta siempre era muy evidente. El examinado contestaba en segundo lugar. En la primera ronda, el primer compinche decía que la primera línea era la más corta, cuando era evidente que era la segunda. Nuestro protagonista correctamente contestaba que no, que era la segunda, pero el resto de compinches decían que era la primera también. En la segunda ronda volvió a pasar, el examinado no estaba de acuerdo con el resto y se empezaba a mosquear. Pero en la tercera ronda todo cambió: nuestro protagonista contestó igual que el primer compinche a pesar de la evidencia de que eran erróneas sus respuestas. El proceso se repitió durante rondas sucesivas.

Este experimento se ha realizado un montón de veces siempre con los mismos resultados. Esto da que pensar, porque demuestra que tendemos a creer más en lo que piensa la mayoría que en lo que nuestros sentidos nos dicen o nuestros instintos nos dictan. Somos ovejas.

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