martes, 20 de noviembre de 2012

Ni pasado ni futuro...

Ayer estuve recordando una época en mi vida en la que era capaz de vivir el presente de forma intensa. Apenas tenía preocupaciones y era consciente en cada momento del lugar en el que me encontraba. Recuerdo un momento concreto más que ningún otro, y no tenía nada de especial, pero lo tenía todo de especial.

Era una noche de verano y estaba sentado en el asiento de mi antiguo coche, mi Fiat punto gris. Había aparcado al final de una carretera que moría en un camino de tierra por el que nada ni nadie pasaba. Las luces de las farolas apenas llegaban a donde estaba, pero era lo suficientemente intensa para poder ver lo que había a mi alrededor. Disfrutaba de ese momento, de lo que mis sentidos me ofrecían. No había nada más que lo que mis ojos me enseñaban, nada más que el leve sonido del viento moviendo las hojas de los árboles, nada más que el olor de una noche fresca de verano.

Mis preocupaciones morían en el instante en el que lo percibía todo. Sabía que al día siguiente tenía que hacer cosas, que la vida no se había detenido a pesar de la intensidad con la que el momento me llamaba. Pero también sabía que no debía preocuparme porque la vida me daría el don de estar presente en ese futuro, que en cada momento me ofrecería las herramientas adecuadas para afrontarlo todo y para seguir disfrutando de ese momento. Eso me generaba una confianza en mi cercana a lo sobrenatural. Y así seguí durante una temporada en la que conseguí vivir en lo único que existe: el presente. 

Con el tiempo y las obligaciones dejé de esforzarme por estar presente, como si fuese algo que hubiera sido fácil de conseguir. El tiempo mental me devoró y comencé sin darme cuenta a vivir con el piloto automático, como hace la gran mayoría de los mortales. Las obligaciones hacían que me centrara en ellas, que me preocupara y no invirtiese tiempo en darme cuenta de donde estaba viviendo en realidad. Al llegar a casa cansado me sumergía en cosas que me hiciesen desconectar, como la televisión o la videoconsola. Me convertí de nuevo en un títere de mi mente, lamentándome por el pasado y preocupándome por el futuro. Esa inercia es como un depredador del que es difícil escapar. Nuestra mente está cómoda allí porque es entonces cuando cobra protagonismo, haciendo que vivamos en lo que ella crea. Cuando vivimos en el presente somos nosotros los que llevamos el mando de nuestra vida, dejando a nuestra mente un papel secundario que detesta. Por eso la inercia es siempre proyectarnos hacia el futuro o recordar el pasado. Una inercia contra la que hay que luchar.

Y en esa lucha me hallo, intentando volver a ese estado de realidad en el que estuve. Espero que alguna vez podáis experimentarlo, es una experiencia espectacular que hace que el final de una carretera no transitada se convierta en un lugar tan brutal como la mejor obra de teatro.

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