miércoles, 26 de diciembre de 2012

Relato de terror




He participado en un concurso de relatos de terror relacionados con el Navidad. Aquí tenéis mi propuesta:

Era Nochebuena pero, para mí, era como una noche normal. Renuncié a los compromisos familiares para descansar y no compré ni un solo regalo para ahorrar. Mi familia debía estar cenando y disfrutando mientras yo, cansado de la Navidad antes si quiera de que empezara, me enfundaba mi pijama para meterme en la cama. No eran ni siquiera las doce.

Caí sin remordimiento alguno por haber matado las tradiciones familiares, por haber asesinado la Navidad, pero no tardé mucho en despertarme. Un picor en la frente me reclamó, sin duda, un mosquito se había colado en mi habitación. Pensé que sería demasiado difícil localizarlo, así que mi ensoñación ganó la partida y caí otra vez dormido. Me despertó el zumbido del insecto a sólo unos milímetros de mi oído, reaccioné con rapidez y me golpeé la sien con fuerza para reventarlo contra mi cabeza. El golpe me espabiló y descubrí que ya eran tres los granos que me habían salido. No le di mayor importancia porque sabía que el mosquito difícilmente podría haber sobrevivido al golpe asestado. Pero su zumbido me volvió a despertar a los minutos. Me levanté súbitamente para encender la luz y acabar con él, aunque me costase encontrarlo. Avancé en la oscuridad de mi habitación hacia el interruptor, al que golpeé con furia. Me di media vuelta para empezar a reconocer el cuarto. Empecé por la pared de la izquierda y lentamente moví mi cabeza hacia la derecha en su búsqueda. 

Algo se estremeció en mi interior cuando vi, encima de mi cama, un ser de gran tamaño sentado. Sus ojos vidriosos eran de color fuego y su semblante serio y desafiante. Aunque tenía forma humana su piel se tornaba morada, y de su espalda nacían dos alas parecidas a la de los murciélagos.
Sin más dilación se precipitó sobre mí en un salto acrobático sin precedentes, colocando sus manos en mi cuello, como si quisiese estrangularme. Sus manos eran frías y tenían una fuerza brutal. Yo, en medio de una parálisis provocada por el pánico, caí al suelo empujado por la criatura, que apretaba mi cuello cortándome la circulación.
Cuando ya pensaba que todo acababa el demonio me gritó a escasos milímetros de mi cara: "Si matas a la Navidad yo acabo contigo, si no regalas nada a quien quieres, me regalarás tu sangre!". Y entonces explotó soltando sus manos de mi cuello, dejándome respirar de nuevo, pero los pedazos en los que se convirtió su cuerpo eran insectos de diverso tamaño. Arañas, mosquitos enormes y pequeños, hormigas rojas... Había gran cantidad de invertebrados que ahora me recorrían el cuerpo y se metían por mi pijama. Los picotazos no tardaron en sucederse, pero entre el dolor, conseguí levantarme y sacudirme algunos de ellos. Abrí la puerta de mi habitación y salí en carrera hacia la calle. Al salir empecé a saltar para quitarme todos los insectos, y tuve que quitarme la parte superior del pijama. Tuve que arrancar de mi piel algunas sanguijuelas que se habían enganchado, mi cuerpo parecía una obra de arte macabra.

Aterrorizado, pensé que debía comprarles algún regalo a mis seres queridos, y a esas horas solamente pude ir a una gasolinera. Entré en una cercana a mi casa, pero allí poco podía comprar que fuese navideño. Baterías, parabrisas, anticongelante... Mientras lo pensaba, el dependiente me gritó desde el mostrador: "No escatimes en gastos, tus seres queridos se lo merecen...". Levanté la cabeza y un escalofrío me recorrió mi maltrecho cuerpo. El dependiente era el demonio que encontré en mi casa, pero su aspecto era humano. Su color de piel era moreno y no había alas por ningún lado. Me miraba fijamente y me sonreía con malicia. Eso hizo que me apresurara en coger los regalos, pagar e irme. Temía irme sin pagar, así que me acerqué con miedo y le di los productos, los metió en una bolsa, cobró y me la dio. Fue rápido, pero no tanto como yo al salir.

Para enmendar mi espíritu poco navideño me fui directo a la casa donde mi familia había cenado. Todavía estarían allí. Llamé de forma insistente hasta que me abrieron, y se quedaron atónitos al ver mi aspecto fantasmal. Les di la bolsa de los regalos mientras me daba una ducha y me ponía una muda limpia que me dejó mi hermano. Curé mis heridas y cuando salí del baño todos habían abierto ya sus regalos. Estaban extrañados por las circunstancias, y algo preocupados por mi salud mental, pero todos me dieron las gracias por el detalle y se mostraban contentos de poder disfrutar de mi presencia. Y yo de la suya. De repente, mi madre dijo: "Hijo mío, en la bolsa de regalos que has traído hay uno que lleva tu nombre, ¿te has comprado algo tu mismo en esa gasolinera?". 

Se me puso la piel de gallina. Aquel demonio había puesto un regalo para mí dentro de la bolsa. Era una caja pequeña, del tamaño de un puño cerrado, envuelta en un papel de regalo de color rojo, pero con dibujos de hormigas negras. "Venga ábrelo." Exclamaron todos. 

Me dirigí hacia la mesa muy despacio, todos estaban expectantes, lo que contrastaba con el pánico que sufría en mi interior. Quité el papel de regalo y una caja de cartón sin marca alguna apareció. La abrí y se generó una explosión de insectos de todo tipo, igual que en mi casa. Me tiré al suelo rehuyéndolos y grité de terror. Sobre todo cuando se me vino a la mente lo que le había traído a mi familia. Todos gritaban de pánico y huían mientras yo yacía en el suelo.

Estaba esperando el ataque de los insectos cuando, para mi sorpresa, empezó a caer confeti sobre mí. Miré hacia arriba y vi, maravillado, cómo los insectos se iban convirtiendo en confetis. Los gritos iniciales de terror se tornaron en risas, ¿o fueron risas desde el principio? Me levanté y mientras toda la familia se lanzaba confeti, vi que en la caja todavía había algo, era una inscripción: "No vuelvas a matar la Navidad".


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