miércoles, 9 de enero de 2013

3 de enero, subida al Moncayo

 Para empezar bien el año después de sobrevivir a la devastadora resaca que precede a Nochevieja, quedé con un amigo para subir el Moncayo. Aunque yo siempre he sido deportista nunca he sido un experto en montaña, así que me dejé guiar por mi colega, todo un experimentado en la materia. El día anterior me compré unas botas con gore-tex, un material que transpira pero no deja pasar el agua de forma milagrosa. También alquilé unos crampones y un piolet. Para que comprendáis el nivel en el que estoy queda este dato: fui a alquilar crampones, aunque no sabía que eran.

Con el material necesario partimos el día siguiente temprano con destino a la montaña. El viaje es corto, poco más de una hora desde Zaragoza. Conforme nos íbamos acercando comprobábamos que la cumbre, y lo que no es cumbre, se encontraba cubierta por bastante nieve. Yo tenía la preocupación de subir con la furgoneta hasta donde nos estaba permitido, porque las curvas son muy cerradas, y con la nieve y sin experiencia con las cadenas podía ocurrir algún percance. Sin embargo tomé la decisión de no subir hasta arriba y aparcarla en una zona habilitada tras pasar la primera de las curvas cerradas. Tendríamos que andar más, pero no quería correr riesgos. 

Nos preparamos y comenzamos a andar. Mi acompañante venía preparado, y yo pensaba que también hasta que me percaté de que ni había pensado en guantes ni en gafas de sol. Apechugué a subir con las manos al descubierto, pero no ocurrió lo mismo con las gafas de sol porque afortunadamente siempre las llevo en la furgoneta. Salimos a buen ritmo por el camino habitual de subida, aunque hicimos leves paradas para despojarnos de chaquetas y beber un poco de agua. El camino serpenteante evitaba muchos obstáculos haciéndose largo y pesado, así que decidimos en más de una ocasión pasarnos por alto el mismo e ir en línea recta. El camino era más empinado pero acortábamos considerablemente.

Tras una media hora o un poco más alcanzamos el circo del Moncayo. El sendero estaba precioso: repleto de nieve por todas partes, decorando pinos y toda la vegetación que lo rodeaba. Seguíamos los pasos de otro excursionista que dejaba sus huellas en la nieve junto a las de su perro. A veces veíamos alguna huella de jabalí mientras yo me preguntaba cómo podían pasar noches tan gélidas esos animales en esos parajes. Allí en el circo nos comimos los bocadillos dispuestos a subir por el cucharón. Iba a ser entonces cuando hiciera mi debut con los crampones y el piolet.

Tras avanzar un poco más nos detuvimos cuando la pendiente comenzaba a ser pronunciada. En ese punto nos pusimos el material y comenzamos la ascensión tras darme una pequeña clase de uso, que sería fundamental a la hora de frenar dos resbalones que tuve. Cuando el camino se empieza a convertir en pared cualquier resbalón es peligroso, y lo que empieza como un descenso suave y sutil coge una velocidad endiablada que se torna imparable si no tomas medidas inmediatamente. La experiencia de mi amigo le hacía manejarse con destreza, mientras que yo parecía un pato torpe. El ritmo que imponía dejaba ver un gran estado de forma que contrastaba con el mío, que aunque no es malo no estaba sin duda a su nivel. Tengo que decir que me sorprendió, porque como me contaba el único ejercicio que hacía últimamente es spinning en el gimnasio.

Finalmente completamos la ascensión. Yo tenía que parar cada cuatro o cinco pasos y ponerme de rodillas agarrado al piolet incrustado en la montaña. Se me cargaban las pantorrillas y las zapatillas nuevas me rozaban porque no me las había apretado lo suficiente. En un momento me quise quitar la chaqueta porque el calor me estaba matando, pero la inclinación del cucharón hicieron imposible esa misión. Casi arrastras conseguí llegar a la cumbre donde ya me esperaba mi colega sin apenas inmutarse en toda una exhibición.

Arriba encontramos varios puntos totalmente congelados, y el viento era frío como el hielo. Comimos el segundo bocata y nos hicimos unas fotos en las partes más heladas. Tras un rato de descanso mi acompañante me instó a bajar por donde habíamos venido. Verlo desde arriba me pareció escalofriante, y es que subir no es lo mismo que bajar: cuando subes no miras hacia atrás. Me sentí intimidado y le dije que ni de broma pensaba bajar por ahí, sin darle la oportunidad de explicarme cómo íbamos a hacerlo. Entonces resbalé en el punto en el que la pendiente se tornaba más pronunciada, pero reaccioné a tiempo y pude frenar a un metro de donde hubiera sido imposible frenar. Puedo decir que mi colega lo pasó peor que yo porque vio cómo me aproximaba al barranco, mientras que yo no lo pasé muy mal porque sólo veía la cumbre. Esta caída le convenció, sin duda, para que bajáramos por el sendero fácil. El camino fue mas largo y menos emocionante, pero creo que cómo bautismo tuve suficiente con subir. La próxima vez me animaré a bajar si las condiciones lo permiten.
Bajamos sin problemas y llegamos a la furgoneta. Estaba acompañada por 4 o 5 coches más, con lo solitaria que la habíamos dejado por la mañana. Nos comimos un bocadillo (sí, el tercero) en Borja y volvimos a Zaragoza.

Para mí fue toda una experiencia. Algo para repetir e ir poco más allá la próxima vez. Por lo demás, agradecer a mi amigo su paciencia con este novato y sus conversaciones, de las que siempre aprendo algo, y eso es mucho.

1 comentario:

  1. No sabia q fueras tan buen escritor,me has enganchado a leerlo todo y las fotografías impresionantes...Has hecho bien en ser precavido

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Gracias por comentar!!

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