lunes, 21 de enero de 2013

Soledad en la bicicleta

Tenía pendiente escribir sobre una aventura que viví en 2008. Era verano y decidí recorrer los Pirineos en bicicleta yo sólo. Era un momento raro de mi vida y quería reflexionar. Mi preparación física resultó del todo insuficiente. Invertí dinero en un equipo que todavía conservo y que me ha servido de mucho. Un compañero de trabajo me hizo una lista de elementos que debía comprarme para mi supervivencia. No la recuerdo entera, pero la recuperaré y la colgaré también. 

Invertí también tiempo en planificarlo todo: el itinerario constaba de 7 etapas que discurrían por poblaciones como Zaragoza, Huesca, Riglos, Anzánigo, Sabiñánigo, Broto, Ligüerre de Cinca o Barbastro. Salí de Zaragoza hacia Huesca y los últimos kilómetros desde Almudevar hasta la capital oscense se me hicieron muy duros. Pero con el paso de los días el cansancio hacía más duros cada uno de los kilómetros que dejaba atrás, y además la carretera se empinaba conforme me adentraba en los Pirineos. Tuve que rediseñar el recorrido y disminuir la distancia a recorrer.

Por la mañana me despertaba en mi tienda de campaña, desayunaba, me ponía la ropa tendida del día anterior y guardaba todo en mi mochila. Desataba mi bici y empezaba a rodar con ella hasta el próximo destino. Solía madrugar y llegar al mismo sobre las 3 de la tarde, aunque dependía de la distancia prevista para ese día. Al llegar me registraba en el camping y me duchaba. En la ducha lavaba la ropa y me ponía la muda limpia, después la tendía al lado de la tienda que acababa de montar. Entonces iba a comer y paseaba por el lugar en el que estaba. Si había piscina me daba un baño. Cada conversación contaba y era importante. Cuando estás solo buscas la interacción y te abres más al mundo. Recuerdo un abuelo que me estuvo contando cosas de la guerra, algo que en un día normal puede ser pesado ese día me pareció del todo interesante. Bajaba a las zonas de juego y miraba como los chicos jugaban. Mataba el tiempo escribiendo en un diario de viaje que aún conservo. En el anotaba hasta el más pequeño de los detalles. Era otra forma de vida, un modo inspirado de vivir donde lo intrascendente cobra sentido y se vuelve importante. Cuando anochecía cenaba y me iba a dormir, muy pronto, para repetir la jugada al día siguiente.

Los primeros días acabé con la batería de mi móvil poniendo música mientras pedaleaba. Después nadie podía contactar conmigo, tenía que ser yo el que llamara a mi familia a través de una cabina. Eso también me gustaba, era muy retro. Llamé a un amigo que tenía una casa en Biescas y se pasó por el camping para tomar una cerveza, fue genial porque hacía mucho que no lo veía. 

Hay muchos detalles, pero qué mejor que las conclusiones que escribí cuando volví para resumirlas. Os recomiendo un viaje de este tipo, es muy constructivo y te hace apreciar las cosas a pesar del esfuerzo. La primera canción que escuché cuando llegué a casa invadió mis oídos como una avalancha de sonido, llegando a todos los rincones de mi cerebro, como una ola invisible. Eso no lo apreciamos en el día a día, pero yo siempre lo recordaré.

Espero que os gusten.


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