lunes, 25 de febrero de 2013

El empuje de la niebla

"Volvíamos a casa. Habíamos pasado el día por los pueblos de la región, viendo las típicas cosas que siempre pasan desapercibidas para la mayoría, pero que hacen que cada población tenga un encanto especial. El tiempo nos había regalado una jornada soleada y agradable, pero en un par de horas empezaría a anochecer y era el momento de partir.
Aunque íbamos con mi coche, era Amanda la que conducía. Yo ya lo había hecho a la ida y así lo habíamos acordado desde el principio. Salimos del último pueblo visitado, uno de los más bonitos de la ruta. Uno de sus principales encantos era que estaba en lo alto de una colina solitaria, algo inusual para esos yermos parajes, siempre tan uniformes, asemejándose un poco al desierto. Cuando empezamos el descenso de la colina percibimos que a lo lejos una especie de niebla bajaba del cielo a la tierra. Era como una nube enorme que se comía el aire de abajo. Su color oscuro y su movimiento perceptible desde el exterior hacía adivinar que adentrarse no era una buena idea. Sin embargo decidimos seguir adelante.
Siempre me ha gustado conducir con climatología adversa, así que animé a Amanda a que se adentrase en esa bruma. Ella estuvo en un primer momento reticente, pero le alenté argumentando que si hacía falta iríamos a 10 km/h. Sin más nos fuimos acercando hasta tener el fenómeno atmosférico a unos metros. Esa niebla avanzaba a pasos agigantados, aunque nosotros lo hacíamos algo más rápido. De repente atravesamos el límite de la nube cuando todo se oscureció. Para mi sorpresa todo se volvió negro, era como estar en una habitación a oscuras. No veíamos nada pero el estruendo era mayúsculo, sonido de aire que golpeaba violentamente el monovolumen haciendo pensar que volcaríamos de un momento a otro. Ante esta confusión Amanda dejó soltó el acelerador, no se veía la carretera y seguir era un suicidio. '¿Que hago? ¿¡Qué hago!?' Gritaba. Le dije que diese la vuelta entre gritos, apenas nos escuchábamos. A ciegas, y guiada por su intuición consiguió girar el coche de forma rápida y certera, y pisó a fondo para sacarnos de ese infierno donde los segundos parecían ser horas. Recuperamos la visión y volvimos a ver de frente el pueblo. Decidimos que pararíamos en esa localidad y nos quedaríamos en el coche hasta que pasase el huracán. Poniendo al límite el coche ascendimos la colina, cogiendo cierta ventaja sobre la niebla. Cuando volvimos ya había gente curiosa en la calle, gente asustada por lo que empezaba a aproximarse. Aparcamos a un lado de la carretera que atravesaba la población. 
Lo empecé a ver tan negro que intuitivamente le sugerí a Amanda que nos metiésemos en el maletero. Su cara de sorpresa no pudo esconder las dudas del por qué de mi arrebato, pero el miedo a lo desconocido hizo que nos empezásemos a mover sin hablar. La niebla ya se veía, ya se metía por las calles del pueblo. La gente corría a sus casas. Paja, bolsas y otros enseres ligeros revoloteaban sin patrón por todas partes. Yo tenía en el coche todo preparado para la acampada. Disponía de sacos de alta montaña en los que nos embutimos, abrazados entre el terror y la incertidumbre. Cerramos el maletero y allí nos quedamos. El coche empezó a tambalearse, todo se oscureció de nuevo y el frío polar amenazaba congelarnos. Los sacos hacían su papel manteniendo nuestro calor corporal. Ruido de aire, ruido de gritos lejanos, sonido de bestias desconocidas, risas como de hienas. A veces parecía que el coche se movía, pero luego permanecía quieto. A veces escuchábamos truenos y derrumbes. A veces la inercia nos movía violentamente de un lado a otro del maletero. 
Así permanecimos durante horas, hasta que sin previo aviso todo termino. No había ruido, no había golpes, el frío se fue, así como el miedo, aunque no la incertidumbre. Cuando abrimos el maletero volvimos a nuestro mundo, el mismo de antes pero vacío. Ya no había casas, ya no había gente, no había rastro de vida. El coche destrozado e inservible. Y al fondo, alejándose, todo lo que había formado parte de nuestro mundo se alejaba, como habiéndose olvidado de que aún estábamos allí."

Esta es la pesadilla que he tenido esta noche.

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