lunes, 4 de marzo de 2013

La ambición de Hamt

Volvíamos de nuestra arriesgada misión con la sensación de que nada podía haber ido mejor. En la parte de atrás del vehículo Alessia no podía disimular su nerviosismo, algo lógico por otra parte después de más de 600 años encerrada. La habíamos liberado de un pueblo que esclavizaba a los seres como ella para beneficiarse de todo el poder que otorgaban al estar cerca. Alessia era un centauro precioso: su parte animal reflejaba una fragilidad que no era tal, y su parte humana era de una belleza incomparable. Su torso desnudo hacía intuir el mayor de sus poderes: la abundancia. Con Alessia cerca los terrenos florecían y las cosechas eran copiosas y de una calidad excelente. Rejdemton la había encerrado en una jaula, custodiada por cientos de soldados, alrededor de los campos que nutrían a los millones de habitantes que tenían. Y así actuaban con todos los demás, encerrados y custodiados para poder exprimir los diferentes poderes que cada ser otorgaba. Ellos tenían cientos de ellos encerrados, era un pueblo insaciable y oportunista que cada vez quería más. Controlaban y esclavizaban no solo a estos seres, sino a todos los pueblos colindantes excepto a Richton. Y hacía allí nos dirigíamos.

Richton era un pueblo pequeño, de unos dos mil habitantes. No sufrían los ataques de sus vecinos porque contaban con Manjuka, un centauro macho cuyo poder era la protección. Su aura hacía invencibles a sus habitantes a la hora de defenderse, aunque nunca a la hora de atacar. Era tal su poder que podía adivinar las intenciones de sus protegidos para darles o no el poder: siempre para evitar el daño, nunca para infringirlo. Manjuka vivía libre en la pequeña charca que había en los límites interiores de Richton, campaba a sus anchas y sabía que era el mejor lugar del mundo, ya que todos sus congéneres vivían atrapados en celdas en Rejdemton. Su propio poder hacía que los habitantes de Richton lo protegieran y evitarán que se lo llevasen, era una relación de ayuda mutua. Manjuka conseguía con su poder que Richton no fuese conquistado, y ese mismo poder daba fuerzas a sus habitantes para impedir que el centauro fuese raptado por Rejdemton. Con el tiempo el poderoso poblado dejó de intentar la conquista de Richton y llevarse a Manjuka. Sus numerosos ejércitos no podían ante las acometidas de aldeanos poseídos por una fuerza propia de dioses, siendo humillados docenas de veces.

Pero con Alessia todo iba a cambiar. Richton tenía cosechas que les permitían subsistir, pero no podían crecer. Sus campos no daban más de sí y obligaban a un control de la población bastante rígido. En general sus gentes eran felices con lo que tenían, que era poco, pero eran considerados alegres. Se conocían todos y reinaba la dicha y la armonía. Pero Hamt, su jefe supremo, nos encomendó la difícil misión que habíamos completado: traer a Alessia. Con ella todo iba a cambiar porque las cosechas traerían sobreproducción de comida para aumentar la población, y su descendencia con Manjuka traería más seres con poderes: pequeños centauros con poder de defensa y con poder de abundancia. Con estos pequeños la protección sería más grande, pudiendo adquirir más terreno en los alrededores para expandir Richton. Hamt tenía el sueño de equipararse algún día a Rejdemton con esta estrategia. 

Manjuka, a pesar de ser un ser con poderes bélicos, era un ser apacible y tranquilo que nunca perdía la calma. La charca donde vivía era poco profunda y pequeña, pero él era feliz allí. Los habitantes de Richton le colocaron un espejo de dimensiones bíblicas para reflejar la charca, de forma que pareciese el doble de grande. Una masa de rocas enorme se levantaba sobre el fluir del agua, unas apiladas encima de otras para formar una colina. Un poco más allá este agua traída por el río era engullida tierra a dentro formando un peligroso sifón. Era tan espectacular como arriesgado acercarse, por eso nadie lo hacía, ni si quiera el centauro.

Estábamos llegando a la charca de Richton y a Alessia se le veía cada vez más emocionada. Nos daba las gracias una y mil veces por haberla liberado, y ya se visualizaba libre por la charca. Hamt nos esperaba nervioso y casi se le saltaban las lágrimas cuando vio aparecer a la centaura. Se la presentamos y la soltamos cerca de la charca, al otro lado de la colina de piedras. En el lado más cercano al pueblo esperaban todas sus gentes para ver aparecer, subiendo la colina de rocas y emergiendo de la nada, al ser que iba a cambiar el devenir del futuro. Hamt subió al vehículo y nos incorporamos a la masa de gente que esperaba. 

Fue entonces cuando apareció, majestuosa sobre la cima de la colina, Alessia. El sonido de la masa fue espectacular, todos emocionadísimos, algunos lloraban y reían a la vez, otros saltaban. Los niños imitaban a sus mayores sin saber lo que realmente significaba la llegada de la centaura. Alessia miró hacia abajo y vio una charca enorme engañada por sus ansias y por el reflejo del espejo. Saltó desde lo alto de la colina confundiendo la profundidad de la charca y se fracturó una pata. La muchedumbre empezó gritó a lo lejos, pero lo peor aun estaba por llegar. Alessia se incorporó dolorida y percibió tres centauros más, pero su alegría se tornó en decepción al ver que era su reflejo y el de Manjuka, que apareció por sorpresa. Pero no era el Manjuka que todos conocían. Sus ojos estaban sedientos y su cara desencajada, estaba fuera de sí. Durante más de mil años no había visto otro ser mitológico y ahora, de repente, una preciosa centaura aparecía. Sangre caliente corría por sus venas, impulsos sexuales olvidados para él le hacían convertirse en un auténtico animal sediento de sexo. Sin ser consciente empezó a avanzar con violencia hacia Alessia, quien asustada por su semblante y por el dolor de su pata rota corrió torpemente en la primera dirección que se le ocurrió. Se dirigía, mirando hacia atrás sin percibir lo que tenía delante, al sifón que se tragaba el agua hacia el centro de la tierra. La gente, ante tal panorama, corrió despavorida en dirección a ella, pero estaban muy lejos. La persecución duró segundos, los que tardó Alessia en ser engullida, y después un poseído Manjuka. Varios habitantes fueron también engullidos por el sifón. Aquel fue el principio del fin de Richton.

El futuro se volvió negro. Con la muerte de Manjuka no había protección ante Rejdemton, y aunque tardaron siete meses en darse cuenta en el masivo pueblo vecino, la vida en ese periodo no fue nada fácil. Sus habitantes vivían atenazados y su alegría se había perdido. Sabían que el final llegaría tarde o temprano, y a nosotros no nos quedaban recursos para intentar la captura de otro centauro. Esos meses no fueron fáciles y decidimos irnos de Richton. Vagaríamos por la selva y el desierto o volveríamos a nuestro mundo, pero no podíamos hacer nada más por Hamt y su gente. Nos fuimos de allí y nos llevamos a Lensa, una niña que quedó huérfana en el accidente de los centauros. Nos enteramos al tiempo de que el ataque de Rejdemton fue especialmente sanguinario. Enrabietados por el robo de Alessia y por tantos años de resistencia. Hamt quedó allí hasta el último momento y murió con dignidad. Fue un gran líder que luchó por los suyos, pero sólo nosotros lo recordaremos así, porque de su gente ya sólo queda Lensa y nosotros, que también pertenecemos un poco a Richton.

La ambición hizo que Hamt quisiese más a pesar de tener todo lo necesario y esa ambición mató a su pueblo. Alessia aprendió un poco tarde que no es oro todo lo que reluce.

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