martes, 9 de abril de 2013

Cenando en Hauz Khas Village

Pintura en el restaurante
Llegamos a esta zona de la ciudad que era como una burbuja ajena a toda la realidad de Delhi. Era sólo una calle custodiada por una barrera que evitaba la entrada de coches, excepto a los que el guarda permitía el paso. Al lado había un parking lleno de coches. Dentro sólo se veían coches de alta gama y contados con los dedos de una mano. Lo gracioso era que la barrera la subía el guarda manualmente, y cuando digo manualmente quiero decir que con la mano empujaba hacia abajo el contrapeso de la barrera. Al pasar por debajo había que tener cuidado de que el guarda no se despistara.

Cena
En primer lugar entramos a un pub con varios pisos. En uno de los intermedios había un escenario que parecía estar preparado para música en directo, pero subimos hasta arriba del todo. Allí esperaban dos amigas andaluzas de Diego, con las que tomamos una cerveza y compartimos historias. Nuestra primera cerveza india fue una budweisser. Después nos fuimos los 6 a cenar a un restaurante típico hindú (Naivedyam), donde comprobamos que la comida india goza de fama picante por alguna razón: aunque pedimos la comida sin especias era como si el mismísimo infierno estuviera en nuestra boca. Aun así la comida estaba buena y nos quedamos saciados por menos de 3 euros por cabeza.

Al salir del restaurante las chicas se fueron y nosotros fuimos a otro pub (OTB) a tomar algo antes de dormir. Era caro, con precios como en España, pero el ambiente era muy bueno. Se notaba que la gente era pudiente y se podían permitir esos precios. También subimos a la terraza de arriba, que era enorme y prometía unas excelentes vistas, pero la noche no nos permitió disfrutarlas. Pedimos unos refrescos con hielo por un despiste, pero al ser un sitio de buena calidad los cubitos eran de agua mineral. Como sabéis, nuestros estómagos occidentales no están preparados para el agua del grifo de Delhi, y ese despiste pudo costarnos unas buenas diarreas.
Terraza del OTB

Tras esto nos retiramos a nuestro hotel en rickshaw. Eran las 12 de la noche y apenas había tráfico, así que el conductor era aun más temerario de lo normal: iba en dirección contraria, cogía rotondas al revés, e incluso dejó a Diego conducir el aparato unos cientos de metros. Ya estábamos más que insensibilizados y aquello nos generaba risas.

Sin más, nos despedimos de Diego. Acababa el viernes y hasta el lunes no lo volveríamos a ver, ya que el fin de semana lo teníamos reservado para ver las ciudades de Agra y Jaipur.

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