lunes, 8 de abril de 2013

Llegada al hotel Krishna

Vista desde el hotel Krishna
La llegada al hotel Krishna no fue menos caótica. Paramos en la puerta del hotel con el taxi y salimos en busca de nuestras maletas. Salieron del hotel varios indios y empezaron a coger las mochilas de una forma rápida y efectiva mientras yo buscaba dinero para pagar el transporte. Cuando me quise dar cuenta hasta mi bolso pequeño había volado, donde guardaba toda la documentación. Sólo quedó en mi mano mi cartera y una carpeta donde tenía impresas todas las reservas.

Ante este desbarajuste decidí darle 1.000 rupias al conductor, cuando el precio era de 800. Hizo ademán de buscar cambios, pero yo no estaba para esperar y le hice un gesto de que se quedara las 200 restantes. Su cara fue de incredulidad total. Parecía que le había regalado 200 euros, pero no llegaban a 4. Me acordaré de ese detalle siempre.

Con premura me dirigí al hotel para comprobar que todas nuestras maletas estaban allí (Diego cogió mi bolso), que los del hotel las habían cogido con rapidez para ganarse una propina que en esta ocasión no recibirían. Recuperando la calma rellenamos uno de esos enormes libros de visitas que tienen los hoteles indios, en los que todavía no ha llegado el registro por ordenador. Nombre, dirección, ciudad de donde vienes, a donde irás después, firma... Y comprobamos que los indios no destacan por hacer las cosas precisamente rápido. Se toman las cosas con cierta calma, poniendo a prueba la paciencia de los que pertenecemos a otra cultura.

Vista desde el hotel Krishna
Nos dieron una habitación en planta calle, justo al lado de recepción. Diego subió a comer al restaurante mientras yo me daba una ducha. Al entrar en la habitación empezaron reflexiones bastante negativas del rollo "¿dónde nos hemos metido?". Pero eran con cierto afán de aventura, no del todo catastrofistas. La habitación parecía de buena calidad. Las dos camas dobles eran cómodas y todo estaba muy limpio. La ducha no era como las que vemos en España. Era un nivel de suelo unos 3 centímetros más bajo para impedir que el agua se esparciera por todo, y con unos cubos de plástico vacíos para no sé que fin. Por lo demás era igual que en España.

Me duché rápido y subí a por Diego, que estaba terminando de comer con los sudores que da una buena comida picante hindú. Llevaríamos la cuarta maleta a su hotel para que nos la guardase mientras nos movíamos por el país, y volveríamos para recoger a Hugo y a Jose, que ya habrían terminado de ducharse.

Así lo hicimos, y entonces empecé a comprobar que nada era tan terrible. A pesar de las calles sucias, el tráfico loco, las aglomeraciones en todos y cada uno de los puntos... comprobé que los indios son de naturaleza respetuosa. El camino de ida me hizo sudar mucho porque la maleta pesaba y porque a pesar de una temperatura de unos 35º llevaba mi cazadora por miedo a los mosquitos: otro miedo que se esfumaría en los próximos días. Sin incidencias volvimos al hotel y recogimos a los dos que faltaban. 

Sería el momento de ir a Old Delhi.

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