lunes, 8 de abril de 2013

Trayecto hasta el hotel

Rickshaw, pequeña moto con carrocería que funciona con gas
El trayecto hacia la ciudad fue bastante destacable. Nosotros, a pesar del cansancio del viaje, teníamos los cinco sentidos en lo que empezábamos a ver. Conforme nos íbamos adentrando las infraestructuras se iban degradando, veíamos cada vez más basura en las calles, más gente tirada en los suelos y jardines, y el tráfico se masificaba de una forma exponencial.

Mientras Diego nos iba contando cosas sobre Delhi nosotros teníamos los ojos como platos. Muchas cosas nos habían recomendado sobre los pobres: que no les miráramos a los ojos o que no les diéramos propinas. Las razones eran que al hacer eso luego no te los puedes quitar de encima, y que si lo ven otros pobres acudirán a ti. Y además con una limosna no solucionas nada, porque la ayuda sería enseñarles a pescar, no darles pescado. 

Metidos de lleno ya en Delhi los atascos eran constantes. El tráfico era de locos y no había reglas. Entre pitidos constantes se mezclaban peatones, rickshaws (ver la primera foto), coches y ciclistas sin ningún orden ni concierto. Era increible que no hubiera ningún accidente porque nadie repetaba los carriles, ni si quiera los de dirección opuesta, que eran invadidos en repetidas ocasiones. Los multiples pitidos que se oyen por segundo no cabrean a nadie, porque así como en España pitar con el coche significa cabreo, allí es simplemente una especie de: "Ojo, que estoy aquí". 

Cuando le dije a Diego que me parecía increíble que no hubiera apenas accidentes, me contó que unos días antes había visto uno. Una moto pasó por un cruce sin percatarse de que venía un coche en la otra dirección. El coche se lo llevó por delante, haciendo que los dos ocupantes de la moto (sin casco) salieran disparados. A uno no le pasó apenas nada, pero el otro golpeó su cabeza con un bordillo, abriéndosela. Murió en el acto. A los minutos apareció un coche de policía, que metió el cadaver en el maletero de su coche, lo cerró y se fueron, volviendo todo a la normalidad. Y es que en Delhi se puede hablar por el movil conduciendo, se puede ir sin casco, y los peatones no pasan por los pasos de cebra: cuando quieren pasar detienen el tráfico con la mano carril por carril hasta que llegan a la otra acera.

Al parar en un semáforo, algunos indios miraban nuestra cara pálida y nos etiquetaban como posible limosna, así que se acercaban haciendose un gesto al que nos acostumbraríamos muy pronto: el típico de llevarse algo a la boca y luego poner la mano para recibir limosna. Niños, mujeres con niños, algún lisiado... aparecían de vez en cuando golpeando con suavidad las ventanas, de forma nada agresiva. Pero eso no evitaba que nos pusieramos algo tensos.

Transcurridos unos minutos llegamos a nuestro hotel.

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