lunes, 15 de abril de 2013

Visita al Amber Fort

A los pies del Amber Fort
Las 7 de la mañana era una buena hora para acercarse al fuerte Amber. Se trata de una fortificación en lo alto de un cerro, a unos 10 kilómetros de Jaipur en dirección a Delhi. Lo teníamos resaltado en amarillo en nuestro itinerario y a decir verdad fue una de las construcciones que más me gustó del viaje. 

Tras salir del hotel, Jattu nos recogió y paramos primeramente a orillas del lago que está a sus pies. Esa parada fue para tomar unas instantáneas, mientras un indio con una cobra montaba el chiringuito de propio para nosotros, pero eso ya no nos llamaba la atención, y al darse cuenta lo volvió a recoger todo rápidamente para proseguir su camino.

Turistas subiendo en elefante
Al fuerte Amber se puede subir en coche o rickshaw, a pie o en elefante. A pesar de haber madrugado las filas para subir en este pesado animal eran exageradas, pero tampoco teníamos intención de guardarlas por razones morales. En ese país que tanto presumen del trato respetuoso con los animales, los elefantes sufrían una explotación desproporcionada. Horas y horas subiendo y bajando personas por las empinadas cuestas hasta el fuerte, sin tiempo ni para hacer sus necesidades (las hacían andando y sin poder parar), con un sol de justicia. Pintadas sus caras de mil colores y con cuerdas sujetos los asientos para los turistas, el cuello y el rabo hacían las veces de soporte. Daba pena ver semejante explotación.

Elefante pintado en Amber Fort
Pocos o ninguno eran los rickshaws que se atrevían a subir hasta arriba, de hecho los coches eran casi todos todoterreno. Al llegar, Jattu nos dijo que nos esperaba en el parking, que todavía no se había llenado. Al entrar se nos acercaron varios timadores, incluido uno que se hizo pasar por cobrador de impuestos. Me enseñó su placa falsificada y me dijo que debíamos pagar un impuesto por entrar. Yo le iba a empezar a preguntar, pero entonces llego Hugo que, pensando que era un guía, le dijo que sólo queríamos guías en español. El tío se quedó descolocado y esa duda delató su propia mentira, así que entramos directamente. Pagamos la entrada que era de unas 200 rupias, pero con mi carnet de estudiante me costó la mitad. 

Una de las puertas del Amber Fort
El fuerte era enorme y las vistas maravillosas. Las primeras luces del día y la leve bruma entre montañas daba un aspecto épico a las afueras de Jaipur. Se veían varias murallas por otras montañas, y un fuerte abandonado en lo alto de otro cerro que tenía pinta de ser, por lo menos, igual de espectacular que el Amber Fort. Por dentro, un laberinto de pasillos y habitaciones que de ven en cuando sorprendían con grandes estancias al aire libre, con jardines o fuentes interesantes. En el pasillo de salida había unos baños de pago en los que seguro que entraría mucha gente debido a la ausencia de baños en el resto del monumento. era un buen negocio a pesar de que a 50 metros había otros libres de pago, pero la mayoría de los turistas no se enteran hasta que llegan allí y los ven. En ese mismo pasillo encontramos una galería de arte moderno dirigida por un occidental, con cuadros de vivos colores, con ese sin sentido que tienen a veces esos cuadros.

Vistas desde el Amber Fort
Sin más salimos del fuerte Amber para reencontrarnos con nuestro conductor, que estaba fuera del coche esperando nuestra llegada. Lo hizo así porque el parking estaba hasta arriba de jeeps, en una especie de puzzle en el que si se mueve uno los demás tienen que hacer mil maniobras. Por esa razón nos costó unos 20 minutos salir totalmente del parking del fuerte y reemprender nuestro camino hacia Delhi.

Nuestra última parada con Jattu fue en uno de los lugares de carretera más andrajosos que estuvimos. Todo lleno de moscas, en los aledaños la gente se lavaba en un abrevadero que en España estaría destinado para los animales. En el bar muchos indios comían sus salsas con pan de pita, sentados con las piernas cruzadas observando la tele con mirada perdida. Fuera había un montón de camiones, con los que Jose quiso hacerse una foto, ya que él es transportista en España. 

Hombre lavándose en un abrevadero
Jattu se tomó su café con nosotros, cambiando su dinámica habitual en la que prefería hacerlo en soledad. Quizás ya se sentía más a gusto con nosotros, o quizás fue porque era la última parada de nuestro viaje con él. Estuvo hablador y simpático. Cuando volvimos a arrancar comenzaríamos el debate entre nosotros sobre que propina darle, era curioso hablarlo delante de sus narices aprovechando su desconocimiento del español.

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