domingo, 7 de abril de 2013

Zaragoza hasta el aeropuerto de New Delhi

Nos íbamos el jueves, y el domingo anterior me levanté casi sin poder respirar. El viernes anterior había ido al médico porque tenía un leve dolor de garganta y no quería que fuese a más, pero fue imposible detenerlo. Estuve todo el domingo tirado entre el sofá y la cama, con un malestar que me impedía hacer nada. Todavía quedaban cuatro días para partir, y tenía que cuidarme al máximo para ir en las mejores condiciones.

Ibuprofeno y Acetilcisteína, cosas calientes, mucha miel... Todo cuidado era poco. El jueves, en el autobús que nos llevaba al Aeropuerto Internacional Madrid Barajas, todavía tenía dolor de garganta y algo de mocos. Pero lo peor era la preocupación, porque en La India debía evitar ir a hospitales en la medida de lo posible. Además la pastilla contra la malaria era muy fuerte. Nos dió dolor de cabeza los primeros días, y un poco de malestar, pero era necesario tomarla.

Tras 4 horas llegamos al aeropuerto, 3 horas de antelación se sumaron a la espera y partimos hacia Dubai en un vuelo sin complicaciones que duró unas 7 horas. Allí teníamos otras 3 horas de espera para coger el vuelo a Delhi. En Dubai ya acumulábamos una buena cantidad y el sueño empezó a hacer mella. Los aviones de Fly Emirates eran confortables y ofrecían una gran cantidad de entretenimiento: cada pasajero disponía de una pantalla interactiva en la que podía ver películas, series, jugar a juegos o ver noticias. Apenas toqué mi iPod. 

En el aeropuerto de Dubai la diversidad era la nota predominante. Personas de todas las razas y naturalezas en medio de unas instalaciones casi inmejorables. La organización también era muy buena. Tras los cristales se divisaban los rascacielos de la ciudad, esas imágenes tan famosas de los hoteles de los Emiratos. Pero eso lo visitaríamos a la vuelta. Aquí empezamos a ver en los baños unas mangueras que disparan agua a presión. Parece ser que los musulmanes prefieren limpiarse el culo con agua que con papel higiénico, aunque esta opción también estaba. Y en Delhi serían así todos los baños también.

Finalmente el tiempo pasó y embarcamos hacia la capital india, en un vuelo de otras 3 horas. El vuelo era en un avión algo inferior, y se hizo ameno porque en el asiento de al lado viajaba John Langridge, un británico de mediana edad muy simpático. Hablaba español perfectamente porque vivía en España desde hacía años, y le encantaba pescar. Solía viajar a la India y nos contó muchas cosas útiles, consejos y recomendaciones. Escucharle daba ganas de vivir porque desprendía entusiasmo por los cuatro costados. Iba al norte a pescar un par de especies en concreto, estaría allí por unas tres semanas, aunque volveríamos a coincidir con él en la vuelta: las lluvias cortaron su proyecto de pesca, aunque ya había conseguido las especies que quería. Me enseñó fotos de las mismas, y de un impresionante tigre que se cruzó en su camino. Conste que lo que pesca lo fotografía y lo vuelve a tirar al agua vivo. Como habréis podido comprobar tiene un programa en CANAL +. Nos ayudó con el formulario de inmigración que teníamos que rellenar para entrar en el país. Era muy amable.

Pero volviendo al viaje, aterrizamos en el aeropuerto algo desorientados. Nuestra maleta tardó en salir, y teníamos que darnos prisa porque nos esperaba el taxista que habíamos contratado. Pasamos por inmigración, cambiamos dinero y compramos agua mineral: no sabíamos cuando ya podríamos hacerlo. Al salir del aeropuerto no nos dió tiempo a buscar el taxista con el cartel, porque allí estaba Diego. Con unas prominentes barbas nos dió una sorpresa bárbara (nunca mejor dicho). Toda una alegría verle ahí, porque nos dijo que tenía que trabajar y no vendría, que quedaríamos más tarde. El ambiente no parecía tan malo como nos lo habían retratado, pero Diego ya nos confirmó que eso no era valorable, que todavía no habíamos entrado en Delhi, que no nos confiásemos. Gran consejo. 

Como si fueramos Paco Martinez Soria, unos de nosotros no cerró la maleta, y al cogerla todo lo que había cayó por el suelo. Cualquier indio que nos hubiera visto se hubiera acercado al vernos tan verdes, buscando alguno de sus timos a los "blanquitos", pero con Diego eso no pasaba. Llevaba meses viviendo en Delhi y sabía como defenderse ante los lugareños. Sin más, montamos en el taxi que nos llevaría al hotel Krishna, nuestro hotel en New Delhi.

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