jueves, 2 de mayo de 2013

Los estrechos de Albalate

Inicio de la ruta

Ayer me decidí a hacer otra ruta senderista por Teruel, cerca de la última que hice en las Parras de Martín. Esta vez paramos antes, en los alrrededores de Albalate del Arzobispo. Elegimos esta ruta porque las lluvias amenazaban el pirineo y Zaragoza, pero respetaba esta zona. Fue una grata sorpresa la frondosidad que nos encontramos, la naturaleza y los cañones que rodean al río Martín.

Primavera en el sendero
Grabados medievales
La dificultad era mayor que en la última ruta, pero la hicimos sin problemas en casi 7 horas, sumando las paradas para descansar y comer. Andando calculamos que fueron unas 5. El tiempo acompañó en su versión más perfecta: nublado evitando el sol, buena temperatura y apenas unas gotas refrescantes que no nos hicieron ni parar. La época también fue la mejor: la primavera, cuando más verde está todo, haciendo que la ruta se pusiera la mejor de sus galas. 

Cueva abandonada
Puente sobre el río
No disponíamos de dos coches, así que llegados al final volvimos por donde habíamos venido para alcanzar el origen. Comenzamos en el puente del Batán, que pasa por encima del río y dispone de espacio para aparcar un puñado de vehículos. A pesar de llegar sobre las 12 fuimos los primeros. Este puente está en la carretera N-1401, en el tramo que discurre entre Albalate y Ariño. Tras aparcar emprendimos el camino hacia la izquierda, que ya nos enseñó gran colorido en flores al empezar. Era estrecho y con alguna confusa bifurcación, pero siguiendo los postes indicativos llegamos a unos grabados medievales en 20 minutos. Subíamos y bajábamos con el río a nuestra derecha cuando ya empezamos a ver algunas sirgas sujetas con postes que nos protegían de una posible caída, así como nos ayudaban a subir tirando de ellas. Tras una intensa subida llegamos a las primeras pinturas rupestres, denominadas "chaparros". Las vistas eran espectaculares y paramos para disfrutarlas. Estábamos en una curva que recorría la ladera alta de la montaña, y la peligrosidad iba en aumento. Se veían cavidades en la roca, sin duda guarida de buitres, cabras montesas o águilas, a las que veíamos volar bastante cerca. Pasado este tramo doblamos la esquina de la montaña para llegar a otras pinturas de tiempos ancestrales, demasiado castigadas por el paso de los siglos.

Vista del río desde el camino
Entonces comenzamos a bajar hasta un merendero que fue testigo de como acabamos con nuestro primer bocadillo. Llevábamos 1 hora y 20 minutos de camino. Seguimos bajando hasta el río, pero en el camino nos metimos en unas curiosas cuevas abandonadas, anteriormente destinadas para el ganado. Cruzamos el río por un peligroso paso en el que no había lugar para las manos, tras los agujeros del metal se apreciaba la fuerza con la que el río movía sus aguas, generándonos inseguridad. Seguimos hacia la izquierda por la orilla del río Martín  cada vez más acompañado por intensos verdes. En un punto se dividían los caminos: uno iba hacia arriba y el otro hacia abajo. Cogimos el primero, aunque ambos coinciden de nuevo más adelante. Comenzamos a subir por peligrosos caminos ayudados por escaleras y sirgas, mientras caían gotas de la roca, no del cielo. Esas aguas naturales nos golpeaban ocasionalmente en la cabeza, refrescándonos. El camino subía bastante, regalándonos instantáneas preciosas del verde cauce. Un canal de agua artificial hecho por el hombre hace lustros iba y venía, dejándose ver a veces, escondiéndose bajo la montaña otras. 
Llegamos a una mesa de interpretación mediante la cual intentamos ver unas pinturas rupestres en una pared al otro lado del río, pero eran difícilmente perceptibles.

Precioso paisaje primaveral

Escaleras en la central
Cascada desde la cueva
Siguiendo el camino llegamos a la llanura que presidía la cima de nuestro lado del barranco, haciéndolo menos peligroso. 

Este ensanchamiento permitía ya la circulación de vehículos. Avanzando un poco vimos a la izquierda una central hidroeléctrica antigua, que aprovechaba la caída del agua del canal al río para generar electricidad. Nos adentramos en ella, era espectacular por estar en el barranco. Un paso metálico encima de una tubería permitía pasar al otro lado del río, y debajo se entraba a una cueva donde se veía la caída de la cascada artificial al nivel del río. Muy recomendable. 

En ese punto volvimos tras nuestros pasos. La vuelta fue más rápida y se hizo más corta, completando en casi 7 horas la excursión. Si vais recordad ir con precaución y con atención, ya que hay algún camino que os puede confundir.

Hoja de ruta

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