miércoles, 19 de junio de 2013

El peligro de la sabana

Amanecía otro día que prometía ser tan caluroso como los anteriores en la sabana africana. Nosotros resistíamos en nuestras pequeñas tiendas de campaña el frío de la noche, y sufríamos el ímpetu del sol sobre todo a medio día. Nos las apañábamos bien porque montábamos una cerca de alambre alrededor del campamento que impedía a los animales salvajes adentrarse en nuestro territorio, protección que montábamos con la ayuda de nuestro todo-terreno. Ya llevábamos dos días con este proceder y nos iba bastante bien: así podíamos salir del vehículo y descansar en nuestras tiendas con las piernas estiradas, sin el miedo de ser devorados por un animal salvaje.

Desayunaba un par de plátanos en el borde de la alambrada mientras el resto aún descansaba. Masticando observaba la manada de búfalos que buscaban algo que llevarse a la boca entre tanto matorral seco. Un fugaz pensamiento pasó por mi mente en un afán de aventura: quizás podría pasar unos minutos al otro lado de la alambrada. La idea daba miedo, pero el morbo del peligro era demasiado atractivo. Me las ingenié para atravesar la valla con cuidado, haciendo un difícil escorzo para evitar los puntiagudos alambres por debajo de la última de las hileras de pinchos. Ya estaba al otro lado y la sensación de libertad y peligro era maravillosa. Apenas avancé unos metros, lo justo para advertir que estaba corriendo demasiado riesgo. Ningún búfalo se percató de mi presencia, pero no estaba dispuesto a poner en peligro mi vida por un impulso irracional, así que volví sobre mis pasos y atravesé de nuevo la protección del campamento. 

Al incorporarme de nuevo me di cuenta de que Rob ya se había despertado y había estado mirándome desde la distancia. Sus ojos estaban bien abiertos, como si hubiera descubierto un juego prohibido al que también quería jugar. Balbuceó algo que no pude entender, pero sabía lo que significaba: era como si intentara describir lo que yo acababa de hacer. En ese momento supe que él también iba a hacer lo mismo, aunque intenté de mil formas convencerle de que no era buena idea. 

Le acompañé hasta el borde de la verja, que evitó con mayor soltura que yo por su tamaño más liviano. Yo me sentía responsable de haberle descubierto la posibilidad, así que también la atravesé. Su cara era de auténtica excitación, sabía que no debíamos estar allí. Nos acercamos hasta la posición a la que llegué yo, pero el no se detuvo. Intenté agarrarle de la manga, pero se me escapó por centímetros. Me detuve observando como poco a poco Rob se alejaba sin ningún tipo de sigilo hacia la posición de la manada de búfalos. Yo me desesperé pero no quería hacer ruido que alertase a los animales. Avanzaba unos metros y volvía a retroceder, completamente inseguro sobre lo que debía hacer. 

A apenas veinte metros de los animales, Rob seguía avanzando. Fue entonces cuando uno de los búfalos levantó su pesada cabeza del suelo para fijar su mirada en él. Se puso de pie y, sintiéndose amenazado, comenzó a trotar en dirección al campamento. Los búfalos que le rodeaban imitaron su actitud, levantándose rápidamente. Rob se paró y se dio la vuelta, emprendiendo la huida al sprint. Yo hice lo propio, aunque la velocidad que adquirían por inercia los búfalos era mucho mayor que la nuestra. Mi ventaja fue sufiente, y me dio tiempo a pasar de nuevo por debajo de la alambrada. El ruido ensordecedor de las pezuñas de los búfalos sobre el duro y seco suelo le pisaba los talones a Rob. Llegó cerca del borde del campamento, pero sin tiempo para entrar con holgura, así que decidió que saltarla era su única posibilidad. Yo instintivamente me dirigía a las tiendas de campaña, donde asomaban las caras de asombro de los demás. De asombro y de pánico. Rob saltó, pero la verja era demasiado alta y su bota derecha tropezó con el alambre más alto, haciendo que su cuerpo pasara al otro lado con la cabeza por delante y arrastrando la valla, que se vino abajo con él. Calló de cabeza al suelo, sin tiempo para poner las manos, dejando el campamento sin protección porque cayeron tres estacas que mantenían el alambrado en pie. La manada pasó por encima de Rob y se dirigió hacia las tiendas. Yo ya estaba en una, y en un estúpido gesto instintivo de supervivencia cerré la cremallera del habitáculo, como si fuera a servir de mucho. Me tumbé junto a un compañero en el suelo, en posición fetal agarrando el saco con todas mis fuerzas. No podía hacer mucho más.

El sonido era insoportable y parecía que llegaba el final cuando las sobras de los animales empezaron a ocultar el sol que pegaba en la tienda. Un halo de esperanza apareció cuando el sonido de los búfalos se empezó a escuchar por detrás de la tienda. Levanté la cabeza, aún con el miedo de que se desviara uno que nos pasase por encima, pero eso no ocurrió. La furia de la manada atravesó el alambrado por el lado que aún estaba de pie, y abandonó el campamento entre una nube de arena. Pasó el sonido y nos levantamos rápido, abrimos la tienda y miramos a ambos lados. Estábamos indefensos, pero vivos. 

Nos aproximamos al lugar donde reposaba Rob después de advertir que no había amenaza aparente. Su cuerpo inerte reposaba sobre un charco de sangre que se se fundía con el suave marrón de la arena de la sabana. Pagó su error con su vida, y yo entendí que arriesgar la mía innecesariamente era algo que nunca volvería a hacer.

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