lunes, 5 de agosto de 2013

El drama de Iker

yalosabes.com
El pequeño Iker tiene sólo 5 años pero empieza a darse cuenta de cómo funcionan las cosas. A su corta edad empieza a ser consciente de que todo empieza y todo acaba. Sus preguntas son las que nos hacemos todos, pero acompañadas del dramatismo que surge recibir las respuestas por primera vez: nada es para siempre.

Iker le pregunta a su padre si los deseos se cumplen. Su padre le acaricia su pequeña cabeza mientras le dice que no siempre ocurre. En la cara del pequeño no hay cambio de mueca porque se imaginaba la respuesta. Sin saber que hacer se abraza a su padre con todas sus fuerzas, como si la muerte los fuera a separar de un momento a otro. Su padre sabe que eso pasará dentro de muchos años si todo va como debería ir, pero Iker no encuentra consuelo en esa afirmación. Su pequeña cabeza da vueltas sin parar, sin explicarse cómo se puede vivir con semejante incertidumbre. No es consciente de que crecerá y que todo cambiará, no es consciente de que se adaptará a esa circunstancia y conseguirá vivir como si fuera a vivir para siempre. Como todos lo hacemos, dejando de lado la realidad de las cosas y olvidando lo frágiles que somos.

Su angustia me transporta a la mía. El miedo que sentía cuando era pequeño y pensaba en la muerte. Hoy ya no tengo ese miedo, pero nada externo ha cambiado y todo sigue siendo igual que entonces. Mi cabeza sí lo ha hecho porque he madurado, aunque me pregunto si es porque no reparo en la cuestión y la aparto, o porque realmente lo he superado. Hay quien dice que todos nuestros miedos son el fiel reflejo de miedo a la muerte, aunque a otra escala. Según esa premisa aquel que no tenga miedo a la muerte no tendrá miedo a nada. 

Son días duros para Iker porque se está dando de bruces con la realidad. Una realidad en la que un día faltarán sus padres, esos que ahora son los que le mantienen y le garantizan una vida sana, su principal punto de apoyo en este cruel mundo. Él no podrá cambiar eso, pero sí puede aceptarlo y seguir adelante. En un estado profundamente filosófico en el que se lo plantea todo tendrá que elegir en pensar en otra cosa o aceptar la realidad y dejarse llevar, sin resistir a aquello contra lo que no se puede luchar.

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