viernes, 6 de septiembre de 2013

El miedo es la madre del suceso


Jonás tenía 12 años se había ido demasiado lejos de su casa para jugar un partido de fútbol con unos amigos. La ciudad era grande y nunca le hubieran dejado irse tan lejos sin la compañía de un adulto, pero había desobedecido las órdenes de su madre. Solía hacerlo de vez en cuando, pero esta vez era diferente porque se le había pasado la hora. El partido había estado emocionante hasta el final, y cada vez que se le pasaba por la cabeza que había llegado la hora de irse pensaba en sólo jugar la siguiente jugada. Cuando terminó el partido era tarde porque el último autobús del día que iba hacia su casa ya había pasado. 

No tenía dinero, solo un bonobús que ahora le servía de poco. Sus amigos se fueron a sus casas poco a poco despidiéndose de él por su apodo: 'tartajas'. Y es que Jonás era tartamudo desde que le alcanzaba su memoria. Cada vez que tenía que decir algo le costaba arrancar y ya hacía un par de años que casi ningún chaval le conocía por su nombre. Él no lo llevaba nada bien y sus padres lo habían llevado al médico y al especialista, que le había comentado a su padre que era el caso de tartamudez más grave que había visto en toda su carrera.

Le quedaba un buen rato caminando hasta su casa, y después aguantar la bronca de sus padres por llegar tan tarde. Así que se le pasó una idea por la mente cuando vio una hilera de taxis aparcados a la espera de clientes. Los taxistas estaban ocupados contándose sus batallas, así que se metió en el asiento de atrás de uno sin que nadie se diera cuenta. Su plan era que entrara un cliente y que se sentara en el asiento de delante, daba igual el destino porque estaba en la otra punta de la ciudad, así que cualquier sitio estaba más cerca de su casa que ese. Después de unos diez minutos de espera el taxista abrió su puerta y se colocó en el sitio del conductor, al mismo tiempo que un cliente abría el taxi por donde había entrado el 'tartajas'. El plan había salido mal, y cuando el cliente preguntó acerca de quien era ese niño el taxista se volvió con cara de enfado. Jonás no sabía que hacer, así que se le ocurrió que tal vez su defecto en el habla le diera algo de pena al conductor, o despertase algún tipo de simpatía en él. Pero cuando se dispuso a tartamudear no lo consiguió, su voz era fluida y su tono constante, algo que nunca le había pasado. Por más que lo intentaba no tartamudeaba, y al hacerlo artificialmente quedaba falso.

Jonás descubrió aquel día que su problema residía en su propio interior, que él mismo se metía tanta presión por la presencia de los demás que era incapaz de hablar en condiciones. Si quería hablar bien no lo conseguía, y si quería tartamudear tampoco. Desde entonces cuando Jonás tartamudea intenta tartamudear más, cuando se pone nervioso intenta ponerse más nervioso aún, y cuando no puede dormir intenta mantenerse despierto. Jonás aprendió que "el deseo es el padre del pensamiento" y que "el miedo es la madre del suceso", porque cuando deseas piensas que quieres conseguir algo, y cuando temes no conseguirlo al final no lo consigues.

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