martes, 24 de septiembre de 2013

Un día en Essaouira

El puerto
Caminar por la medina de Essaouira no tiene precio una vez que te has ubicado. Realmente no es muy grande, pero tiene muchas callejuelas y si no sabes donde estás una vez dentro puede ser complicado ubicarse. Comimos en la plaza próxima al puerto por un precio irrisorio unas pizzas y una hamburguesa, aunque era un poco molesto ser molestado cada 3 minutos por gatos hambrientos y malnutridos, por artistas que tocaban sus instrumentos musicales de origen árabe, por pobres pidiendo limosna, o por vendedores de gafas de sol o relojes. Después nos dirigimos hacia el puerto dejando atrás la plaza donde jugaban unos chavales al fútbol y los puestos de pescado fresco. Estos puestos exponen el pescado crudo y tu les dices qué quieres comer, y te lo hacen a la brasa en un momento. La verdad es que tenían una pinta excelente.

Playa de Essaouira
El pequeño puerto estaba rodeado de gaviotas, casi parecía una plaga. Desde el mismo se podía ver como las olas golpeaban suavemente las rocas que están a los pies de la medina amurallada del pueblo. Era un poco sucio y no olía demasiado bien. Continuamos hacia abajo, donde comenzaba la playa en la que los turistas y lugareños disfrutaban del esplendido día que había salido. La arena era fina pero dura, fruto de la marea baja. Las mujeres marroquíes se bañaban vestidas, contrastando enormemente con las turistas europeas que lucían sus cuerpos con bikinis. Nosotros aprovechamos y nos dimos un baño en el Atlántico, en un agua demasiado tranquila para surfear (y es que Essaouira tiene mucha fama de surfeo) y un poco fresca al principio, pero te aclimatabas en seguida. La playa era ideal para practicar deporte por su extensión tanto a lo largo como a lo ancho, y su piso duro de arena fina. Los marroquíes se mezclaban con los turistas jugando al fútbol playa, con camisetas de postes de unas porterías improvisadas. Las turistas flipaban con los moros que practicaban breakdance, volteretas y mil piruetas. Eran fibrosos y parecía mentira que con tan poco músculo pudieran mantenerse en equilibrio sobre una sola mano tanto rato. No había demasiada gente pero decidimos bañarnos de dos en dos, dejando siempre a alguien en las cosas de valor por si acaso.

Medina de Essaouira
Tras el baño volvimos a ducharnos al Riad, donde se nos agotó el agua caliente en seguida. Volvimos a la calle y nos ofrecieron porros por enésima vez. Los marroquíes llegan a ser muy pesados con este tema, y es que hacen un gran negocio vendiendo su mercancía a pesar de que en su país también está prohibido. No se cortan un pelo, y sobre todo los que venden pasteles en bandejas caminando por la calle, que ofrecen pasteles de la risa. No sé que son, pero me lo puedo imaginar. Caminamos por las interminables calles de la medina, mirando puffs, ropa, artesanía, cuero... Se puede comprar de todo también en Essaouira. 

Antes de cenar nos acompañó un niño durante casi una hora. No tendría más de 7 años, pero nos siguió pidiendo dirhams por todos los rincones de la medina, incluso por fuera. Nosotros no le dimos nada, y es que recomiendan no dar a los niños dinero, ya que no solucionas nada y puede que te vengan más niños al ver que das limosna, ¿por qué darle a uno y no a los otros? Es un tema complejo, se trata de enseñar a pescar y no de dar pescado. Si les dieras a todos no acabarías nunca.

Finalmente cenamos por 40 Dirhams un menú de ensalada marroquí, sardinas a la brasa y un yogurt de canela. Estuvo muy bien la cena, y tras bajarla con un paseo volvimos al Riad. En el ático descansamos un poco antes de dormir, viendo las estrellas y una tormenta de relámpagos que se cernía sobre el desierto, a lo lejos.

Al día siguiente desayunamos en el Riad, porque teníamos el desayuno incluido. Creps con mantequilla y mermelada, té verde de menta, pan, zumo y fruta hicieron que fuese completísimo. Los dueños del Riad nos guardaron las maletas hasta la hora de partida (15:00) y así pudimos ver un poco más de Essaouira. Salimos a ver el fuerte donde hay una serie de cañones antiguos apuntando al mar, y caminamos por la medina de nuevo.

La casa de Essaouira de Álex
Nos encontramos a un donostiarra que se nos acercó interesándose por nosotros. Álex, que así se llamaba, llevaba viviendo en Essaouira 6 meses y decía haber encontrado su sitio. Era muy amable y nos invitó a su casa donde tomamos algo con él. Nos presentó a su perrita, que disfrutaba de la libertad que le daba su dueño (la soltaba y la dejaba quedarse en la calle cuando subía a su piso), a su camaleón, que mantenía limpia la casa de moscas y mosquitos, y a su tortuga, que vivía en su terraza de la lechuga que encontraba Álex tirada en la medina. Todo un bohemio que tenía su casa a las afueras de la medina. Alquilaba una habitación a turistas por 100 dirhams por cabeza y noche, y nos contaba que intentaba que los que se alojaban en su casa disfrutaran al máximo del pueblo, contándoles sitios para ir, donde comer barato y de fiar, los acompañaba a playas cercanas y les comentaba pequeños trucos para hacer compras geniales. Ya sabemos donde nos alojaremos si volvemos a Essaouira. Si os interesa aquí tenéis su página de Facebook:



Sin más, comimos y tomamos el autobús de vuelta a Marrakesh. En el camino nos sorprendería que se habían desbordado algunos ríos que llenaban de agua tramos de carretera, algo insólito en terrenos tan desérticos, y es que la tromba de agua que debió caer el día anterior debió ser de órdago.


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