viernes, 20 de diciembre de 2013

Subida a la Peña Oroel

Después de intentarlo un par de veces conseguí montar una ruta para subir a la peña Oroel. No es que sea complicado terminarla, pero por determinadas circunstancias nunca encontraba el momento para ascender a este peñón. Fuimos cuatro aprovechando que pasamos el puente en Jaca, y nos pareció una buena idea caminar un rato por la naturaleza para quemar los excesos.

Había nieve en la carretera, y por eso no me atreví a llegar al parador de Oroel, que es desde donde surge el sendero para llegar a lo alto. Como muchos otros conductores dejé mi auto en el arcén, y comenzamos a andar desde más de un kilómetro antes. Nos vino bien para calentar un poco nuestras oxidadas piernas. Cuando por fin apareció el parador nos hicimos unas fotos porque ya había buenas vistas, y el hecho de que todo estuviera nevado le daba un encanto genial.

Nos adentramos entonces en el sendero. Desde abajo ya podíamos divisar la cima, donde una pequeña cruz se elevaba, y se distinguían las personas como puntos asomados contemplando el paisaje. El camino es fácil y sin complicación. Es un paseo hasta en invierno. Hacía un poco de frío porque el sol calentaba la parte contraria de la montaña, pero subiendo se entra en calor rápido y en seguida te sobran las prendas. Es prácticamente imposible perderse, y en menos de dos horas nos plantamos en el collado. Habíamos atravesado un precioso bosque que nos ocultaba el paisaje final. En el collado estaba todo completamente nevado. Las vistas desde la peña Oroel son espectaculares a pesar de no ser demasiado alta, pero como lo de alrededor es mucho más bajo la sensación es brutal. Caminando por el collado nos hicimos fotos y llegamos a la cruz que vimos desde abajo. Jaca se muestra completa y se distingue todos sus edificios importantes, y al otro lado de la montaña juraría que a lo lejos vi el Moncayo todo nevado. Comimos allí a pesar de la brisa helada, y finalmente bajamos livianos hasta el parador. Allí comimos algo y volvimos al coche.

No me torcí el tobillo, pero un dolor nervioso una vez que se me enfrió el pie hizo que la vuelta del parador al coche fuera tortuosa. Parecía un zombie torpe de cualquier película gore. Pero bueno, como conclusión diré que la subida a la Peña Oroel tiene la combinación perfecta de dureza con espectacularidad. No se puede dar más por menos, y es apta hasta para los niños.



jueves, 19 de diciembre de 2013

Los límites son temporales


Simone Moro afronta una nueva aventura en el alpinismo. El italiano no es una persona convencional, y lejos de acumular ochomiles como muchos montañeros se marca objetivos más ambiciosos. Por eso escribo hoy de él, porque creo que es una fuente de inspiración importante. Él sabe que si completa todos los ochomiles del planeta será uno de los pocos privilegiados que lo han hecho en la historia, pero para él no es suficiente. Simone Moro quiere ser único, quiere ser el primero y ser recordado por hacer cosas que nunca nadie hizo antes.

Por eso se enfrenta al Nanga Parbat, una temible montaña que tiene una tasa de mortalidad más alta que el K2. De hecho lo va a hacer cuando nadie ha sido capaz de hacerlo: en invierno. Su objetivo roza la inconsciencia, y es insultante porque no tiene sentido acercarse a la muerte sin necesidad. A sus 46 años se va a volver a poner al límite en una expedición con muchas posibilidades de fracaso.

Y de su humildad también se puede rescatar una enseñanza. Puede resultar contradictorio retar a una montaña para ser el primero en escalarla en invierno, y a la vez intentar mostrar humildad. Pero como él mismo sabe no es el mejor escalador del mundo, pero cree en si mismo. 

Hay escaladores mejores que yo. Sólo soy un tipo con fuerte personalidad, me gusta ser auténtico y respetuoso con mis sueños.

Tiene otras perlas que han conseguido que le dedicase este artículo por encima del reto que va a intentar conseguir. Os las dejo a continuación. Estaré atento a sus evoluciones por el Nanga Parbat. Ojalá lo consiga porque de esa forma demostrará, como se ha demostrado tantas veces a lo largo de la historia, que sólo cuando un hombre imaginó conseguir algo inalcanzable y puso todo lo que tenía dentro en su propósito, aquello resultó que no era tan imposible.

Odio lo débil que se han vuelto las personas en las últimas décadas. Se precisa una mente fuerte para resistir el frío, mucho más que buena ropa y calzado.
Los límites son temporales en ciencia, medicina, deporte, tecnología... Tenemos que creer siempre que el ser humano puede descubrir algo nuevo y mejor. La exploración y la aventura están en todas partes, no solo en el Nanga Parbat.

Forza Simone Moro.

sábado, 7 de diciembre de 2013

En Jaca


En Jaca la muerte no se presenta hasta el día siguiente, pero ese día queda tan lejos que nos volvemos eternos. No importa quienes somos porque en Jaca somos inmortales, y poco importa que con la altitud se pueda volar más bajo. Las reglas se rompen y olvidamos nuestras vidas, somos jovenes para siempre. El reloj se para y nos regala algo alejado de lo que en verdad es la realidad. Somos como dioses del gozo, intocables y lujuriosos. Volamos todo el dia y por la noche, y en ningún momento recordamos que somos mortales.

Y al día siguiente la muerte nos trae el periódico, que lleva un titular donde se puede leer que la sangre corre por nuestras venas. La muerte se sienta con nosotros y desayuna. No ha venido a por nadie, solo ha venido a avisarnos. No amenaza pero su presencia ya es un aviso. Nuestras pieles se arrugan para recuperar el tiempo en el que no hemos envejecido. Pero no pasa nada porque al medio día la muerte se larga y volvemos a parar el tiempo. No se deja la guadaña, pero sabemos por unos minutos que mañana volvera. No nos importa. Volvemos a la vida eterna hasta el día siguiente. Jaca forma parte de nuestras vidas, pero la estancia allí es una vida aparte.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

No quiero morir sin tener cicatrices


Ayer se rompió mi rutina diaria a la hora de comer. A veces es bueno cambiar la dinámica de los acontecimientos que se suceden día tras día de la misma forma y en el mismo orden, pero no fue la mejor de las maneras. 

Cuando llegué a mi furgoneta abrí la puerta corrediza lateral para coger los protectores solares que iba a poner detrás de las lunas delanteras. Estos elementos son muy importantes, porque además de aislar de la temperatura exterior evitan que los demás me vean mientras duermo mi tan preciada siesta. Lancé los protectores a la parte delantera del vehículo y cerré con todas mis fuerzas para después abrir la puerta delante y colocarlos. Esa era la intención, pero no ocurrió porque el dedo índice de mi mano izquierda detuvo la puerta, que volvió levemente hacia atrás en su recorrido después del golpe.

Entonces dejé de ser un ser consciente y mi instinto tomó el control. Miré en una décima de segundo mi maltrecho dedo y vi horrorizado que en la parte interior del dedo la carne había sido desplazada un par de centímetros. Y un par de centímetros en un dedo es mucho. En su lugar se podía ver una superficie interna de color blanquecino, y me temí que era el hueso. Sin dudarlo volví a abrir la puerta con la mano derecha y entré en la furgoneta, abrí uno de los cajones superiores y sustraje la última de las servilletas del rollo superabsorvente que siempre guardo. Mientras lo hacía vi como empezaba a brotar la sangre, acumulándose en crecientes gotas a ambos lados de la herida. Amenazaban con juntarse y antes de que lo hicieran me enrollé la servilleta en el dedo, salí de la furgoneta y la cerré dejando todo allí. Sin pensar. 

Había aparcado a unos 200 metros de mi trabajo, y no había otra alternativa que volver para saber qué hacer. Era lo más lógico porque allí tenemos una Facultad de Ciencias de la Salud, y si no me querían atender habría algún botiquín, o alguien sabría que hacer. Mientras caminaba la servilleta empezaba a dar síntomas de asfixia, tiñendo de rojo intenso los motivos florales de la misma. Cuando llegué todos los de la Facultad estaban comiendo, imposibles de localizar. Antonio, mi compañero y amigo, salió para llevarme a urgencias del pueblo más cercano. Mientras había estado esperando la herida había dejado de sangrar, y la carne desplazada había vuelto un poco a su lugar. El color rojo de la herida hacía que no se viera ese alarmante color blanco, y me tranquilicé un poco. Los que me vieron entrar me contaron después que el tono de mi piel era casi como la pared, pálido extremo. No sé si del susto o del golpe.

En el camino estuve más tranquilo y me permití hacer unas cuantas bromas a pesar del dolor. Llegamos y me atendieron rápido, en un despacho de pediatría una mujer de unos cincuenta me limpió la herida y descubrimos que había otra más pequeña en la otra parte del dedo. Esa no la había visto pero era mucho más superficial. Entró una chica joven que tomó la iniciativa, y comprobamos que no llevaba nada roto porque a pesar de lo aparatoso de la herida podía hacer el movimiento completo con el dedo.

Empezaron a debatir entre ellas cuantos puntos me iban a dar. Entre uno y tres, pero al final fueron dos. Me dijeron que me tumbase por si me mareaba, y me preguntaron si quería anestesia. La herida era justo por donde se dobla el dedo, lo que hace que la piel sea más sensible. Me dijo que con anestesia me iba a pinchar dos veces, además de los dos pinchazos a la hora de coser. Sin anestesia serían solo dos pinchazos, así que le di luz verde para empezar a coser directamente. Tumbado, dudaba si quería mirar, pero tenía también la inquietud de saber si me resultaría muy chocante verlo. Apreté los dientes, y con mi otro antebrazo tapándome los ojos se produjo el primero de los pinchazos. Un dolor bastante horrible me hizo gritar levemente, aunque no soy mucho de expresarme. Me dijo que mi piel era muy dura, y eso hacía bastante peor el dolor. Tras un rato de agonía finalizó el proceso. El segundo punto sí que vi como lo hacía, pero no me resultó demasiado duro. Me puso una tira de aproximación en la herida superficial, y me lo vendó con gasas.

No lo pude doblar en todo el día, y hoy tampoco. Hasta dentro de 6 días no me quitan los puntos, así que supongo que hasta entonces estaré sin doblarlo, y veremos si más días. No lo puedo mojar, así que tengo que usar guantes de goma para ducharme, y no puedo ir al gimnasio sino hago pierna o aeróbico.

Al final, un cambio de rutina nada deseable, pero una experiencia más. Las prisas no son buenas, y hacer las cosas mecánicamente tiene sus riesgos. Pero como dijo Tyler: "no quiero morir sin tener cicatrices". No me parecía de buen gusto poner la foto directamente, así que si queréis ver mi dedo justo antes de que me pusieran los puntos pinchad en el enlace:

Foto del dedo antes de los puntos

PD: Cuando volví a la furgoneta comí rápido y volví al trabajo. Es curioso porque no fue hasta por la noche cuando me di cuenta de que el cajón de las servilletas seguía abierto, de que una botella de plástico vacía había caído al suelo desde ese cajón. Era un escenario donde me moví impulsado por mi instinto, lejos del ser extremadamente reflexivo que soy. Lo raro fue que me imaginé de nuevo la escena, como si no fuera yo el que la protagonizaba. Sentí una especie de pena al verme en esa tesitura, pero lo raro es que era pena por mí. Una sensación extraña que terminó cerrando el cajón, metiendo en él la botella de nuevo.

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