miércoles, 4 de diciembre de 2013

No quiero morir sin tener cicatrices


Ayer se rompió mi rutina diaria a la hora de comer. A veces es bueno cambiar la dinámica de los acontecimientos que se suceden día tras día de la misma forma y en el mismo orden, pero no fue la mejor de las maneras. 

Cuando llegué a mi furgoneta abrí la puerta corrediza lateral para coger los protectores solares que iba a poner detrás de las lunas delanteras. Estos elementos son muy importantes, porque además de aislar de la temperatura exterior evitan que los demás me vean mientras duermo mi tan preciada siesta. Lancé los protectores a la parte delantera del vehículo y cerré con todas mis fuerzas para después abrir la puerta delante y colocarlos. Esa era la intención, pero no ocurrió porque el dedo índice de mi mano izquierda detuvo la puerta, que volvió levemente hacia atrás en su recorrido después del golpe.

Entonces dejé de ser un ser consciente y mi instinto tomó el control. Miré en una décima de segundo mi maltrecho dedo y vi horrorizado que en la parte interior del dedo la carne había sido desplazada un par de centímetros. Y un par de centímetros en un dedo es mucho. En su lugar se podía ver una superficie interna de color blanquecino, y me temí que era el hueso. Sin dudarlo volví a abrir la puerta con la mano derecha y entré en la furgoneta, abrí uno de los cajones superiores y sustraje la última de las servilletas del rollo superabsorvente que siempre guardo. Mientras lo hacía vi como empezaba a brotar la sangre, acumulándose en crecientes gotas a ambos lados de la herida. Amenazaban con juntarse y antes de que lo hicieran me enrollé la servilleta en el dedo, salí de la furgoneta y la cerré dejando todo allí. Sin pensar. 

Había aparcado a unos 200 metros de mi trabajo, y no había otra alternativa que volver para saber qué hacer. Era lo más lógico porque allí tenemos una Facultad de Ciencias de la Salud, y si no me querían atender habría algún botiquín, o alguien sabría que hacer. Mientras caminaba la servilleta empezaba a dar síntomas de asfixia, tiñendo de rojo intenso los motivos florales de la misma. Cuando llegué todos los de la Facultad estaban comiendo, imposibles de localizar. Antonio, mi compañero y amigo, salió para llevarme a urgencias del pueblo más cercano. Mientras había estado esperando la herida había dejado de sangrar, y la carne desplazada había vuelto un poco a su lugar. El color rojo de la herida hacía que no se viera ese alarmante color blanco, y me tranquilicé un poco. Los que me vieron entrar me contaron después que el tono de mi piel era casi como la pared, pálido extremo. No sé si del susto o del golpe.

En el camino estuve más tranquilo y me permití hacer unas cuantas bromas a pesar del dolor. Llegamos y me atendieron rápido, en un despacho de pediatría una mujer de unos cincuenta me limpió la herida y descubrimos que había otra más pequeña en la otra parte del dedo. Esa no la había visto pero era mucho más superficial. Entró una chica joven que tomó la iniciativa, y comprobamos que no llevaba nada roto porque a pesar de lo aparatoso de la herida podía hacer el movimiento completo con el dedo.

Empezaron a debatir entre ellas cuantos puntos me iban a dar. Entre uno y tres, pero al final fueron dos. Me dijeron que me tumbase por si me mareaba, y me preguntaron si quería anestesia. La herida era justo por donde se dobla el dedo, lo que hace que la piel sea más sensible. Me dijo que con anestesia me iba a pinchar dos veces, además de los dos pinchazos a la hora de coser. Sin anestesia serían solo dos pinchazos, así que le di luz verde para empezar a coser directamente. Tumbado, dudaba si quería mirar, pero tenía también la inquietud de saber si me resultaría muy chocante verlo. Apreté los dientes, y con mi otro antebrazo tapándome los ojos se produjo el primero de los pinchazos. Un dolor bastante horrible me hizo gritar levemente, aunque no soy mucho de expresarme. Me dijo que mi piel era muy dura, y eso hacía bastante peor el dolor. Tras un rato de agonía finalizó el proceso. El segundo punto sí que vi como lo hacía, pero no me resultó demasiado duro. Me puso una tira de aproximación en la herida superficial, y me lo vendó con gasas.

No lo pude doblar en todo el día, y hoy tampoco. Hasta dentro de 6 días no me quitan los puntos, así que supongo que hasta entonces estaré sin doblarlo, y veremos si más días. No lo puedo mojar, así que tengo que usar guantes de goma para ducharme, y no puedo ir al gimnasio sino hago pierna o aeróbico.

Al final, un cambio de rutina nada deseable, pero una experiencia más. Las prisas no son buenas, y hacer las cosas mecánicamente tiene sus riesgos. Pero como dijo Tyler: "no quiero morir sin tener cicatrices". No me parecía de buen gusto poner la foto directamente, así que si queréis ver mi dedo justo antes de que me pusieran los puntos pinchad en el enlace:

Foto del dedo antes de los puntos

PD: Cuando volví a la furgoneta comí rápido y volví al trabajo. Es curioso porque no fue hasta por la noche cuando me di cuenta de que el cajón de las servilletas seguía abierto, de que una botella de plástico vacía había caído al suelo desde ese cajón. Era un escenario donde me moví impulsado por mi instinto, lejos del ser extremadamente reflexivo que soy. Lo raro fue que me imaginé de nuevo la escena, como si no fuera yo el que la protagonizaba. Sentí una especie de pena al verme en esa tesitura, pero lo raro es que era pena por mí. Una sensación extraña que terminó cerrando el cajón, metiendo en él la botella de nuevo.

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