lunes, 20 de enero de 2014

El miedo es el mejor entrenador


Ayer salí a correr bien entrada la tarde, cuando la noche ya había caído completamente sobre Zaragoza. Estoy empezando a retomar la buena costumbre de salir a hacer unos kilómetros sin nada más que mis piernas, y elegí una ruta que he hecho ya unas cuantas veces: cruzo el Ebro por el puente de Santiago y giro a la derecha para llegar a la plaza de Europa, después avanzo por la Química y corro por la margen derecha del río hasta el puente de la autopista, donde vuelvo a pasar por encima del Ebro y vuelvo a casa por Ranillas hasta el puente de la Almozara, que no atravieso. Al final salen unos 45 minutos a trote, a veces por ciudad y otras por camino.

Pero ayer hubo una circunstancia en la que no caí, y es que siempre había hecho esa ruta de día y no reparé en que desde el Parque Deportivo Ebro hasta el puente de la autopista no hay iluminación artificial. Así que esa idea me empezó a rondar por la cabeza cuando me puse en paralelo al río, y se fue convirtiendo en certeza cuando los árboles de la rivera empezaron a dejarme ver ese oscuro tramo. Mi ritmo era bastante asequible y no forcé en ningún momento, pero en cuanto entré en la penumbra empecé a acelerar como si hubiera roto un envase escondido de energía, las reservas del 'por si acaso'. Me quité los cascos y empecé a escuchar los sonidos del entorno, intentando percibir alguna amenaza en la oscuridad. Mis pupilas se adaptaron y cada vez podía ver un poco más allá del camino. Las dudas ya no eran posibles porque estaba ya metido de lleno, y lo había hecho sin decidirlo, simplemente dejando que mis piernas dieran un paso tras otro mientras mi cabeza dudaba. 

Al fondo empecé a ver una figura más alta que yo, pero también más lenta. Mi atención solo estaba puesta en ella. La iba alcanzando cada vez más, y percibí un movimiento extraño en ella. No podía ser nada raro, y cuando por fin me acerqué lo suficiente vi que era un hombre andando, con la música a tope en sus cascos, levantando y bajando los brazos a cada paso que daba. Realmente era más alto que yo sólo cuando sus brazos se elevaban. Lo dejé atrás, y entonces aceleré aún más pensando que podía echar a correr para darme alcance. Su sombra alargada seguía levantando los brazos al mismo ritmo en la pared que yo tenía a mi izquierda, y con esa perspectiva me aseguré que no empezara a correr.

Después no me crucé con nadie, excepto con un ciclista, pero eso ya fue a unos metros del puente. Durante ese periodo en el que corrí sólo en la oscuridad, con la inmensidad del río a mi derecha, mi ritmo fue frenético, impropio de mi estado de forma. Era como correr delante de fantasmas que no existían, que me arengaban y me obligaban a ponerme al límite de mis fuerzas. Esa lucha se convirtió luego en disfrute personal al verme en ese entorno, con nadie alrededor, de noche, con mis pisadas rompiendo el silencio de los alrededores. El frescor de una noche de enero me ayudaba a avanzar, y ese día descubrí que el miedo es el mejor entrenador y que la supervivencia (aunque no sea real) consigue sacar energía de donde parece no haberla.

Sé que soy un cagón, pero... ¿acaso no nos hemos acostumbrado a la comodidad de no percibir peligro a nuestro alrededor?

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