martes, 4 de febrero de 2014

Madrid

Sol
Aunque podría haber formado un mapa del metro de Madrid solo con las paradas que conocía gracias a las canciones, solamente había estado allí una vez. En aquella ocasión fue para ver en directo al que era mi músico favorito, Andrés Calamaro. El comandante "porrito" volvía a los escenarios con fuerza, grabando un disco en directo en el que recuperaba canciones de su mejor etapa en "Los Rodríguez". Nuestro viaje fue prácticamente de ida y vuelta: llegar en autobús a Avenida América, en metro hasta el Palacio de los Deportes, luego unas cuantas copas por una zona que no logro recordar, y vuelta de madrugada en autobús.

Sólo recuerdo de aquel lejano sábado 19 de Noviembre de 2005 nuestro paso por La Cibeles, el paso por el famoso barrio de Chueca y nuestro frustrado intento de ir al Bernabeu. Y digo frustrado porque cuando nos dirigíamos hacia el coliseo madridista, un viandante nos recomendó que diéramos la vuelta. Era ya la madrugada del 20 de noviembre, y los ultra sur más violentos celebraban ese día partiendo algunas cabezas. También recuerdo el Palacio de los Deportes, donde Andrés nos dedicó una buena actuación de regreso. Pero todo lo que vimos lo vimos de noche y bajo una temperatura demasiado fría para poder disfrutarlo.

El miércoles pasado volví a Madrid para gestionar los visados de mi viaje a China, y fue una excusa perfecta para conocer mejor la capital de España. Por fin iba a saber de lo que hablan los Pereza en sus canciones, o conocer los rincones más oscuros de algunas de las canciones de Joaquín Sabina: Tirso de Molina, La Latina, Atocha... Me monté en el bus a las 3:34 de la madrugada para despertar antes que el día en Madrid. A las 7:20 amanecí en la Avenida América para desayunar rápidamente y coger el metro hasta Chamartín. Allí estaba el centro donde iba a gestionar lo del visado, y cuando salí la noche parecía caer del cielo sumida en frías gotas de intensa lluvia. Encontré antes de lo previsto el lugar donde realizar las gestiones, y por fin salí de allí sobre las 10, observando por primera vez la luz del sol. Todo el día por delante para conocerte.

Dejé Chamartín junto a las cuatro enormes torres construidas por Florentino, y me dirigí a la Plaza de España. Me detuve en la enorme fuente que la gobierna, y directamente entré en la Rosaleda de Madrid: un parque del que no conocía el nombre y por el que se pueden ver muchos famosos haciendo footing. Con mi mochila a cuestas entré en el Templo de Debod para aprender algo más de la cultura egipcia, y después avancé hasta el Palacio Real por los jardines de Sabatini. Sin entrar pasé de largo tras unos minutos, ya que había una exhibición de los soldados a lomos de sus caballos. Entré en la Catedral de la Almudena bajo la promesa de unas vistas espectaculares de Madrid, que al final no fueron para tanto. 

Tras saciar mi hambre en un Burger King, me fui a dormir unas horas al hostal La Estrella, y tras recuperarme volví a las andadas. Salí del metro para reencontrarme con la diosa Cibeles, esta vez de día, y caminé hasta la puerta de Alcalá. Enorme. Me adentré en el retiro y observé a las parejas sobre el lago en sus barcazas, y continué andando por esta enorme zona verde. El palacio de cristal y la estatua al Ángel caído quedaron atrás, y yo me perdí en busca del Museo Reina Sofía. Atocha respiraba a mi lado cuando una simpática mujer me recondujo hasta mi destino. Tras varios minutos observando arte moderno de lo más llamativo, decidí ir al grano, y es que ese museo es descomunalmente grande. El Guernika, custodiado por vigilantes que evitaban la toma de fotografías, ocupaba prácticamente toda una pared. Sus trazos imponían tanto que en ningún momento la masa de gente disminuía. Cansado, salí del Reina Sofía en dirección a la plaza de Santo Domingo, donde cenaría unas tapas para después volver al hostal a dormir.

El día siguiente conocí más parte de la Gran Vía, la calle Preciados, la plaza Mayor repleta de artistas, Callao y la Puerta del Sol. Allí me acerqué a una manifestación para ver sobre que era, y mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que se protestaba por los despidos que había hecho Coca-cola, mientras yo, atónito, sujetaba una lata de esa bebida en un giro inesperado. Para despedirme de Madrid, volví al Retiro parando antes por el jardín botánico y por la puerta del Museo del Prado. Y como última parada, esta vez sí, el Santiago Bernabeu. La galaxia madridista gira entorno a este estadio, y yo a pesar de no gustarme mucho sus colores estaba dispuesto a hacer el tour por los vestuarios y la sala de trofeos. Para mí 20€ fueron demasiado y dejé pasar la oportunidad.

Al final, dos días intensos conociendo la ciudad, que me ha gustado bastante más de lo que esperaba.

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