domingo, 16 de febrero de 2014

Subida invernal nocturna al Moncayo

La noche del día de San Valentín llevaba varias semanas marcada en el calendario. Esa noche íbamos a intentar subir a la cima del Moncayo aprovechando la luz de la luna llena. Sabíamos que ella se presentaba seguro a la cita para iluminarnos desde el cielo, pero necesitábamos que se cumplieran otra serie de condiciones para poder ascender sin problemas: una noche clara, sin nubes, y preferiblemente buena temperatura.

Yo aproveché la ocasión para mejorar mi modesto equipo de montaña y hice las siguientes adquisiciones:

  1. Un polar, abrigo de plumas, calcetines gruesos y guantes por 107€ en Izas Outdoor
  2. Una linterna frontal por 27€ en Decathlon
  3. Alquiler por una noche de crampones y piolet por 9€ en Límite
Cualquiera de las cosas de la lista resultaron imprescindibles en la aventura y completaron el equipo que ya tenía: camiseta térmica, chaqueta soft-shell, chubasquero, botas gore-tex, pantalón de trekking, bufanda y mi gorro de sherpa. 

Conforme nos íbamos acercando al Moncayo íbamos siendo conscientes de que era muy posible que no llegáramos hasta arriba: una gran nube ocupaba toda la cima de la montaña, ocultándola por completo y haciendo imposible identificar en que parte acababa la nube y comenzaba la nieve. Sin embargo decidimos afrontar la llegada hasta el circo, que era un tramo sencillo, y una vez allí decidir. La temperatura era hasta agradable y no encontramos nieve en ninguna parte de la carretera hasta la llegada al santuario. Antes de eso paramos una vez porque me mareé con las curvas, minutos después de que una gran familia de jabalíes adultos nos dieran la bienvenida desde la cuneta de la carretera.

Llegados al final del trayecto en carretera, salimos del coche para prepararnos. El viento ya era frío y bastante intenso, pero estábamos preparados. Iniciamos el ascenso adentrándonos en el bosque, alternando tramos de nieve, hielo y barro. Tras una media hora a un buen ritmo, la luz de nuestros frontales ya no nos dejaba mirar tan lejos porque nos habíamos metido de lleno en la nube, y nos iluminaba todas las partículas acuosas. Mi inexperiencia me jugó una mala pasada al no ser consciente de que la nube empapa, a pesar de que no parece llover, así que no me puse el chubasquero entonces. El viento arreciaba por momento y nos metió unas cuantas dudas en la cabeza. Había momentos en los que una ráfaga nos golpeaba de tal forma que parábamos para clavar el piolet y esperar a que dejara de empujarnos. Descartamos la subida por el cucharón por razones evidentes, y tras ponernos los crampones avanzamos por el camino normal.

Huellas
Unas huellas nos indicaban el camino en tramos de nieve. Parecían ser bastante recientes, pensamos que eran de final de la tarde. Después de apenas 50 metros del circo perdimos las huellas. No encontrábamos el camino y empezamos a subir por tramos no indicados, por zonas de rocas sueltas que no eran la zona de subida habitual. Seguíamos avanzando sin saber muy bien si encontraríamos el camino. Llegado el momento paramos para quitarnos los crampones, que eran un problema en una zona sin apenas nieve ni roca. En ese momento descubrí que tenía el abrigo empapado, así que también me puse el chubasquero. Seguimos ascendiendo algo desconcertados, y Diego sacó el móvil para descubrir lo mucho que nos habíamos alejado del camino. Afortunadamente en el Moncayo hay mucha cobertura, y Google Maps nos hizo un gran favor. 

Yo, aún sin el chubasquero
Teníamos que andar hacía la izquierda, sin ascender. La pendiente era muy pronunciada y había mucha roca suelta, así que era algo peligroso. El Moncayo es una montaña pequeña, pero en esas condiciones se vuelve traicionera. Yo, que mentalmente era el más débil de los tres, empecé a pensar que no encontraríamos el camino y tendríamos que volver por el mismo sitio de nuevo. Cada diez minutos parábamos para consultar el móvil de Diego que iba abriendo camino, después iba yo, en medio para no perderme por ser el más lento y menos experimentado, y detrás Alberto con infinita paciencia. A veces perdía de vista a Diego porque la nube era más densa cada vez, y llevaba un buen ritmo. Sólo cuando se volvía y me enfocaba con su frontal yo era capaz de saber hacia donde debía avanzar. Al final encontramos de nuevo el camino. 

La nieve empezó a poblar el recorrido otra vez y nosotros volvimos a nuestros crampones. Las huellas de la persona que lo subió por la tarde volvieron a aparecer devolviéndome de nuevo la seguridad, y seguimos ascendiendo. Era el último tramo, el más duro, el más peligroso por inclinación, el más cercano a la cumbre. La nieve del suelo ayudaba porque los crampones y el piolet se clavaban con ganas, y cuando peor lo estaba pasando Diego se volvió hacia a mí y observó mi cara. En ella se leía preocupación, y él intentó calmarme con la frase de la noche: "Estoy tranquilo porque sé que los tres tenemos físico para aguantar toda la noche". No estaba equivocado, pero esa frase no me tranquilizó. La ascensión no terminaba nunca y el viento era más intenso que nunca anunciando la proximidad a la cima. Yo estaba tan ofuscado que empecé a pensar si  no estábamos en un ocho mil. 

Arriba!
Y cuando ya valoraba decirles a mi compañeros de volvernos, Diego gritó de júbilo al vernos en la ante cima. Yo sentí alivio: primero porque ya empezaríamos a bajar, y segundo por haber conseguido algo y no irme con el rabo entre las piernas. Allí nos tumbamos y nos hicimos fotos. No era el mejor lugar porque apenas se veía a 5 metros, hacía un viento que te tiraba al suelo y la sensación térmica era bajísima. Por eso descartamos la llegada hasta arriba, que apenas estaba a 10 minutos. 

Los tres en la cima

Y sin más empezamos la bajada. Yo tenía el pantalón empapado, si apretaba la mano caía un chorro de agua de mi guante, no sentía los dedos, y el meter el pie en nieve profunda había hecho que entrara en la bota mojando los calcetines. La bajada fue espectacularmente rápida y sencilla. Las huellas nos hacían ver por donde ir y ya no nos separamos del camino. Pero antes de llegar al circo salimos de la nube, que había subido un poco. El problema es que ahora estaba nevando con intensidad, y el viento hacía que los copos golpearan nuestras caras con fuerza. Así que aligeramos aun más el paso hasta llegar al circo, donde se me salió un crampón. Me quite el otro par y los llevé en la mano. Seguimos corriendo por el bosque, lo que me hizo caer torpemente dos veces por culpa del hielo. Y finalmente llegamos al coche, donde nos cambiamos.

Mi mochila estaba completamente empapada y mi ropa de cambio también. Mi movil funcionaba milagrosamente y en mi cartera los billetes estaban pegados entre ellos. La aventura había terminado y estábamos muy contentos con el resultado. Habíamos llegado lo más alto posible en esas condiciones tan adversas. Unos cuantos ciervos nos despidieron del Moncayo cruzando la carretera, y nosotros empezamos a pensar ya en la próxima aventura.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por comentar!!

Post Relacionados:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger…