lunes, 28 de abril de 2014

Zaragoza to Beijing


Coger un autobús a las 3:34 de la mañana escapa a toda lógica. Primero por la extraña cifra exacta, como si el ser humano quisiera escapar de su condición de imperfecto, y segundo por el horario intempestivo. Afortunadamente contamos con gente a la que no hay que pedirle el favor de que nos acerquen a esa hora a la estación Delicias, aunque tengan que trabajar al día siguiente. Y es que hasta tres coches se acercaron, y eso que sólo necesitábamos dos.

Ya que nos ponemos quisquillosos con la exactitud, llegamos a las 3:12 allí, pero entre las despedidas y el encuentro con Jose, que ya estaba allí, el rato pasó en un suspiro. El autobús salió a la hora indicada en el billete y las cuatro horas pasaron volando, porque hablamos durante unos minutos para después caer todos rendidos a la nocturnidad. El bus era cómodo. Los supra siempre te dan ese plus, pero a veces se pasan con el aire acondicionado y eso fue lo único que me hizo despertar un poco.

Llegamos antes de las 7 a la terminal 4 de Barajas. El vuelo salía a las 10:10, así que aun tuvimos tiempo para pasarnos la parada del autobús que va entre terminales, saltándonos la terminal 2, que era de nuestro vuelo Air France. Nos despistó la resaca de la final de copa del día anterior, sobre la que debatíamos con ganas. El Real Madrid le ganó al Barcelona 2-1 en un partido que parecía de solteros contra casados. Fin de ciclo. Fue sencillo volver a la terminal 2, afortunadamente el transporte entre terminales está genial en el aeropuerto de Madrid. Al llegar miramos las pantallas y nos fuimos directos a los stands para hacer el check-in. Una amable empleada de Air France nos ayudó con la máquina que nos imprimió las tarjetas de embarque con dirección a París, pero también la del segundo vuelo a Pekín. O Beijing, que es como allí le llaman. Facturamos un par de maletas y desayunamos lo que habíamos traído: galletas, los míticos croasanes con chocolate de Pablo y batidos. No estábamos dispuestos a que nos saquearan en el aeropuerto, para eso quedaba mucho viaje todavía.
En el segundo avión



Quedaba hora y media para despegar. Dormimos, leímos y charlamos. La puerta E74 fue testigo de todo aquello. Apurábamos los últimos momentos de 3G de nuestros móviles. Para el mío iba a ser la última vez, ya que no volvería de oriente con pulso. Subimos al vuelo a las 9:31 y nos colocaron lejos los unos de los otros, excepto a Hugo y a mí, que nos situaron juntos aunque nos separaba el pasillo. Estábamos en la última fila y a mitad de vuelo la fila para el baño no nos dejaba leer, ni dibujar, ni hablar. Por lo menos la guapa azafata francesa nos dio un zumo y un pan de pipas con el que nos entretuvimos un rato.

Nos costó bajar al estar al final del avión. El siguiente avión salía de la terminal 2E, y nosotros habíamos bajado en la 2F. Pensábamos que se podía ir andando, pero al final tuvimos que ir mediante un autobús lanzadera. Estaba muy bien organizado, el aeropuerto Charles de Gaulle parecía el aeropuerto del futuro. PlayStation 3, películas en HD y divertimentos varios para el viajero. ¡Incluso parques infantiles! Una pena que nuestro avión partiese de inmediato y no pudiéramos disfrutarlo. Esta vez el avión era mucho más grande: dos pasillos con tres hileras de asientos. Nos pusieron en la misma fila esta vez separados por un pasillo. Mucho mejor, esperaban casi 10 horas de vuelo. A mi lado Hugo, al otro una callada china que me intentó ayudar sin suerte a rellenar el formulario de entrada en el país. Ni siquiera las azafatas tenían claro como rellenarlo. La pantalla colocada en el cabecero del pasajero de delante mio me mostró un par de películas: Gravity y Turbo. El idioma español era sudamericano, y me costaba engancharme. También jugué a los videojuegos que ofrecía el dispositivo, aunque dejaban mucho que desear. Se hizo eterno, y finalmente, llegamos al aeropuerto de Beijing.

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