viernes, 30 de mayo de 2014

Un horizonte muy lejano


Como si de un fogonazo se tratara me acordé de una película que me gustó mucho cuando era más pequeño. Recuerdo que me la hicieron ver en el colegio no sé muy bien por qué razón, pero recuerdo que me gustó. Así que me hice con ella para volver a verla. Entiendo que la vi en la asignatura de Historia, porque tiene mucho que ver con la época de los señores feudales en Europa, y de la consecución de nuevas tierras en América por parte de los ingleses.

Es una historia de lucha de clases, en la que hay un abuso de poder al que un joven muchacho reacciona, enfrentándose al que gobierna todas las tierras de Escocia. En su burdo intento acaba de camino a América, con el sueño de conquistar una tierra que sea suya, tal y como le prometió a su padre.

Después de verla creo que es una película bastante entretenida, a pesar de que leí muchas malas críticas. La puntuación que le dan en portales como Filmaffinity es más baja de lo que yo me esperaba, pero en cualquier caso a mí me gustó bastante.


jueves, 29 de mayo de 2014

Jose Mujica, un político de nota

No quiero hablar de la palabra austeridad, porque está prostituida en Europa. Abogo por una manera personal de vivir con sobriedad. Porque para vivir hay que tener libertad, y para tener libertad hay que tener tiempo. Si me preocupo mucho de los cacharros, de la casa grande, del servicio, de patatín y patatán... No tengo tiempo, me tengo que ocupar de eso. Y si tengo mucha plata para tener eso me tengo que preocupar que no me roben, entonces prefiero tener el mayor margen de tiempo disponible para hacer lo que a mí me gusta. Y eso es la libertad. Mientras tengo que trabajar para cubrir la olla no soy libre. Soy libre cuando hago con mi tiempo lo que a mí me gusta y me motiva. Entonces soy sobrio para tener tiempo, porque cuando tú compras con plata, no estás comprando con plata, estás comprando con el tiempo de tu vida que tuviste que gastar para tener esa plata. Y lo único que no se compra en La Tierra es la vida. Entonces hay que ser avaro en la forma de gastarla, y veo que la humanidad está enloquecida perdiendo tiempo: no tiene tiempo para el hijo, cuando es joven no tiene tiempo para la novia, no tiene tiempo para los hijos, y cuando te quieres acordar eres un viejo reumático, y te pasaste pagando la tarjeta...

Estas son las palabras de José Mujica, presidente del Gobierno de Uruguay. Un político atípico que demuestra que se puede ser "sencillo" y a la vez mantenerse al margen de la corrupción y de la tentación de abusar del poder para robar. Ojalá todos fueran como él, aunque evidentemente esto es una absoluta quimera. Vive en un huerto y renuncia a la mayoría de su sueldo para ayudar a los mas necesitados, y la casa presidencial la utiliza en verano para alojar a los sin techo. Parece un ser de auténtica ficción. Leeremos a Confuncio tal y como nos ha recomendado el señor Mujica.

Lo que he escrito es sólo unas frases, pero tiene muchas que merece la pena repasar. Os dejo la entrevista que le hicieron en Salvados, y alguna otra.

ENTREVISTA EN SALVADOS


miércoles, 28 de mayo de 2014

Profetas de la ciencia ficción: antes y ahora


¿No os dais cuenta de que antes teníamos una versión mucho más positiva del futuro que ahora? Hace muchos años Julio Verne escribía sobre viajes a la luna y aparatos que eran tan avanzados que sólo podían estar en la imaginación de un genio como él. Lo que el escribía en sus libros eran gracias a una humanidad próspera, tan avanzada en tecnología que era capaz de casi cualquier cosa. En 'Regreso al futuro II' observábamos coches voladores, como en tantas otras películas, y monopatines flotantes. Zapatillas que se abrochaban solas, o videoconferencias que hoy son el pan nuestro de cada día.

¿Qué ha cambiado para que aquellos que veían una humanidad creciente ahora sólo hagan producciones tan catastróficas? WallE es una de esas películas que no le auguran un buen futuro a la humanidad, pero ni a ella ni a los seres con los que conviven en La Tierra. Ya solo vemos desastres naturales provocados por la acción del hombre, nunca vemos una película en la que felizmente la tecnología haya despertado un futuro alentador para nuestro planeta.

¿Por qué este pesimismo? ¿Dónde estaba antes? ¿Cuando se perdió la ilusión por lo que era capaz de ofrecernos la tecnología? Esta claro que tendrá delito, si en un futuro que nosotros no veamos, se cumplen algunas de estas catástrofes. Es cómo el fumador que es avisado una y otra vez de que si no lo deja acabará pagando unas consecuencias irrecuperables, y aun así prosigue su camino cigarro tras cigarro. Un cigarro parece no hacer daño porque no vemos consecuencias inmediatas, pero después de días con este hábito se produce el fatal desenlace.

Estamos avisados, y no nos avisa nadie. Nos avisamos nosotros mismos, y aún así nos precipitamos hacia ese destino tan desdichado. La historia es larga y nuestra vida corta, y aunque el día tenga 24 horas las cosas siguen ocurriendo, cada cierto tiempo. Parece que se creó la constitución española hace mucho, pero si vemos la línea de tiempo de la historia de nuestro país, fue hace cuatro días. '20 años no es nada' dice la canción, y aunque en nuestras vidas nunca pase nada, las cosas PASAN, lo que ocurre es que no somos conscientes.

martes, 27 de mayo de 2014

Valorar


Entré a un bar y me pedí una cerveza. Venía de jugar un partido de fútbol con un amigo, y él y los demás se liaron a una partida al futbolín. Yo ya había tenido suficiente competición por aquel día y preferí mantenerme al margen, viendo lo que echaban por la tele del garito tranquilamente. Las camareras eran monas aunque bien distintas, una bien flaquita y la otra algo voluptuosa. De repente entró por la puerta una mujer más mayor cuya cara me resultó familiar, pero no llegué a saber quien era hasta pasado un rato.

El recuerdo de ella me venía desde hacía años, muchos años. Era la madre de alguien a quien yo conocía, alguien a quien no le faltó nunca de nada. Y no es que a mí me faltase algo, que nunca fue así, si no que él tuvo absolutamente todo lo que quiso gracias al potencial económico de su familia. Por alguna razón recordaba con desprecio a aquel muchacho, a su vida descapotable llena de caprichos y al éxito que se le presupone a aquel que tiene acceso a lo que está de moda. Me lo imaginaba como a Ken, al de la Barby, con su coche lleno de bellezas rubias, trabajando cuando le apetecía en lo que le apetecía.

Seguramente su vida nunca fue así, si no que era mi mente empanando una pequeña croqueta que se iba haciendo más grande a cada giro en el pan rallado. O quizás sí, no lo sé. En cualquier caso mi desprecio hacia él aumentó con cada pensamiento. La casualidad es muy caprichosa y me lo encontré pasados unos días en otra punta de la ciudad. Su apariencia reflejaba exactamente lo que yo imaginaba: camisa de cuadros bien planchada, pantalón vaquero corto con doble antes de la rodilla y unas zapatillas bien caras sin calcetines. Piernas depiladas y una imagen bien llevada con lo último de la moda. Fue al verlo cuando decidí cambiar mi pensamiento.

¿Qué culpa tenía él de haberlo tenido todo hecho? ¿Qué culpa tiene él de que yo lo desprecie por ello? Seguramente todos en su posición harían lo mismo, y aunque me cuesta imaginarme en esa tesitura posiblemente yo también. No voy a decir que llegara a sentir aprecio por él, pero si cierta compasión. Compasión al pensar que él no tiene culpa de no necesitar esforzarse para comprar un coche, y que tal vez jamás podrá valorar tanto las cosas como yo. Tanto como yo valoro mi furgoneta, pagada cada céntimo con el tiempo invertido en mi trabajo, sin que nadie me regale nada. Sé que es algo inerte, algo material que me cuesta mantener y que algún día se romperá y tendré que vender. Pero ahora es un pedacito de mí, de lo que significó mi esfuerzo por conseguirla.

Fue una sensación extraña y un tanto bipolar pasar del desprecio a la compasión, pero fue un buen cambio. Un cambio que me ayudó a quererme un poquito más, y a no centrar mis pensamientos en lo negativo del asunto, que por otro lado tampoco tiene tanta importancia.

lunes, 26 de mayo de 2014

Ídolos de la superación

Nunca he sido muy aficionado al baloncesto y la primera vez que vi a Larry Bird fue en un videojuego de concurso de triples. Por su cara no parecía ser de los mejores y casi nunca me lo cogía para jugar, y hasta hace poco apenas he sabido nada de lo que fue su exitosa carrera.
Las apariencias engañan mucho. Era de los mejores, y tampoco parecía que hubiera tenido una infancia tan difícil, nacido en un barrio pobre donde sus padres apenas tenían para darle de comer a él y a sus hermanos. Su padre se suicidó antes de que Larry llegara a los 18. Su única vía de escape era el baloncesto, y pasaba horas tirando a canasta y pensando como mejorar su forma de jugar. Siempre fue un ganador inconformista, pero siempre fue humilde con los suyos. Fue a la universidad gracias a su talento deportivo y no encajó muy bien con la gente de alto standing, así que buscó una universidad más acorde con su personalidad, donde acabó triunfando. Sus duelos con Magic Johnson serán recordados durante años, y los anillos que ganó y las finales que perdió.

Pero para mí lo más impactante fue que cuando dio el salto a la NBA, su hermano le reventó un dedo jugando al baseball. Ya nunca pudo tirar como lo había hecho hasta ahora, pero no se rindió. Superó sus problemas aprendiendo a tirar de otra forma, y se convirtió en el mejor tirador de la historia de la NBA. Su padre le enseñó a soportar el dolor, porque un tobillo roto no era suficiente para no ir a trabajar. Creo que es una gran historia de superación que queda un poco oculta por su brillante carrera.

Me recuerda también a otros como Garrincha, que nació zambo. Con los pies girados hacia dentro 80º, una pierna 6 centímetros mas larga que la otra y la columna torcida. Fue operado pero no quedó bien, y sorprendentemente resultó ser el mejor regateador de la historia del fútbol. Su problema se convirtió en virtud para engañar a los defensores y zafarse de ellos. Todo es creer.

Y Ronaldo, el gordito. Fue un delantero temible y veloz, imparable en velocidad durante la primera parte de su carrera. No dejó de meter goles hasta que se rompió las rodillas. Después de varias operaciones volvió a jugar, pero ya no era ese delantero espigado que entraba desde atrás. Ahora pesaba más y sus movimientos eran más costosos. Se adaptó y se convirtió en un delantero de área, especialista como ninguno en el uno contra uno, volviendo a ser uno de los mejores del mundo. Ronaldo fue dos delanteros, pero los dos buenísimos.

viernes, 23 de mayo de 2014

Apagar las luces


Una vez escuché en la radio una entrevista a Vicente Del Bosque, actual entrenador de la selección española de fútbol. Cuando el locutor lo estaba presentando intentaba resaltar su figura humilde y humana con varios ejemplos, y uno de ellos era que cuando estaba entrenando a las categorías inferiores del Real Madrid se pasaba por los vestuarios para apagar todas las luces que se quedaban encendidas en los baños.

Esta claro que Don Vicente es un ejemplo de humildad, trabajo y cercanía, pero... ¿acaso no es eso lo que deberíamos hacer todos? ¿acaso lo normal no es apagar la luz de un baño donde ves que no hay nadie? ¿insinuaba el locutor que él no lo hacía? Pues efectivamente, eso no es lo normal. De hecho parece que tampoco es normal apagar la luz del baño que has utilizado. 

A menudo en mi trabajo apago las luces de otros baños que están encendidas porque sus usuarios son incapaces de hacerlo. Después de todo ellos no pagan la luz, ¿verdad? Yo no lo hago para ahorrar costes a mi empresa, ni mucho menos. Lo hago por el medio ambiente. Porque si uno se deja la luz encendida no pasa nada: solo es uno, y nosotros somos muchos, muchísimos. Pero es que ese uno multiplicado hace mucho. Y no cuesta nada apagar una luz.

Es un gesto, porque no vamos a salvar el planeta por apagar las luces de todos los baños del mundo. Pero ese gesto es una actitud que deriva en muchas otras cosas. Y esa actitud sí es importante, es una actitud colectiva. Olvidemos la conciencia individual, que ya esta un poco pasada de moda. Sólo vivimos en la piel de una persona, pero somos todos. ¿Que ocurre cuando alguien dice que no va a hacer algo porque nadie lo hace? Alguna vez he escrito en este blog la idea de que todos somos todos. Imaginaos que en esta vida no apagáis la luz porque nadie lo hace. Cuando morís os reencarnáis en un compañero de trabajo y decís lo mismo. Y así reencarnandoos en el resto de vuestro entorno. Así nunca se conseguirá nada, y la culpa será solo nuestra.

Hay que empezar a pensar como conciencia global, y no solo humana. Porque somos una persona, pero somos un colectivo. Porque somos de una raza, pero pertenecemos a la humanidad. Porque somos humanos, pero pertenecemos a un entorno. Porque somos ese entorno. Y lo vamos a disfrutar siempre si lo cuidamos.

Último día en China

Nuestro último día en China fue duro para mí. Me había cuidado de las aguas del grifo durante toda la semana, lavándome los dientes con agua mineral incluso. Me había cuidado el día anterior de comer cucarachas, escorpiones o serpientes a la plancha. Pero al ver que los demás estaban bien, decidí lavarme los dientes con agua del grifo. Y al día siguiente fui a visitar al señor roca como unas veinte veces.

Desde primera hora sufrí intensas punzadas de dolor de tripa, y no pude comer nada hasta bien entrada la mañana. Sin embargo eso no me impidió ir a visitar la Ciudad Prohibida, una espectacular zona de plazas donde antes sólo podían entrar algunos privilegiados. Los que intentaban hacerlo sin permiso acababan siendo asesinados. Es enorme y la afluencia de turistas es muy grande. La sucesión de plazas parece interminable y muchas de ellas son tan parecidas que parece que no avanzas. Los portones entre plazas son grandiosos y tienen una decoración oriental muy recargada. Podemos encontrar dentro pequeños templos y algún que otro edificio decorado como antaño, con el mobiliario de aquella época. Pero para mí la parte más bonita es la parte del final, con pequeños árboles dando color al constante color piedra.

La siguiente parada iba a ser el Templo del Cielo. Para ello tuvimos que coger un metro, pero perdimos un tiempo precioso buscando una estación. Preguntamos a un turista que nos indicó la dirección, pero nos pasamos y llegamos a un punto en el que nadie sabía inglés. Después de 40 minutos andando, algunos nos decían que cogiéramos un bus para ir a la estación más cercana. Fue una travesía por el desierto, hasta que sin parar de caminar dimos con una, con cierta suerte.

El metro nos dejó en una de las puertas del Templo del Cielo. Se trata de un bonito parque en el que hay que pagar para entrar. Nosotros además compramos un plano pintado a mano con mucho arte, que nos indicaba donde estaban las cosas más importantes del mismo. En cada uno de estos sitios te pedían la entrada, y Hugo tuvo que comprar otra porque no sabía donde la había metido. Afortunadamente no era demasiado caro. Vimos cosas bastante curiosas: un travesti cantando y gente ofreciendo espectáculos al aier libre para llamar la atención del viandante. La verdad es que el parque es precioso, y tiene partes muy curiosas y bonitas. También había un árbol que tenía cierto significado místico. Los chinos que por allí pasaban extendían sus manos para acercarlas al tronco, como si emitiera una especie de forma invisible. Parecían los de la película Avatar, pero escupiendo en el suelo.

Al salir del parque comimos en un McDonalds en contra de la voluntad de Pablo, y como ya era algo tarde terminamos gastándonos los pocos cuartos que nos quedaban en el mercado de la seda. Es un buen sitio para terminar de gastar moneda china, porque luego en el cambio del aeropuerto te la clavan, por lo que es preferible gastarlas en algo material que puedas llevarte a casa. Y para finalizar nuestro viaje terminamos cenando de nuevo en el hotel, cerveceando aquellos cuyo estómago se lo permitió.

Al día siguiente vuelo de vuelta al punto de la mañana. Nos esperaban más de 24 horas entre vuelos, esperas, autobuses y taxis.

jueves, 22 de mayo de 2014

Vive contando primaveras

A veces nos obsesionamos con nuestros objetivos y nos dejamos llevar por la velocidad a la que nos empuja la vida. A veces nos angustiamos cuando no llegamos a lo que se supone que debemos llegar. A veces una venda nos tapa los ojos de tal forma que no somos conscientes de lo pequeños que somos.

Se nos olvida que algún día moriremos, y con nosotros todos nuestros problemas. Así que a menudo es preciso recordar lo insignificantes que somos, y que no pasa nada si vivimos "contando primaveras". Porque eso es lo único que debe preocuparnos en realidad: contarlas. Lo demás es secundario.

A veces en lo más superficial encuentras una frase que parecía no significar nada, pero puede significarlo todo: (tranquilízate, tómate un café y...)
vive contando primaveras
.

Bonus track


miércoles, 21 de mayo de 2014

La zona olímpica y los puestos de comida de bichos

Después salir de la Gran Muralla aprovechamos para ir al baño y comprar bebidas isotónicas antes de montar en el autobús. Nuestro siguiente destino sería la zona olímpica de Beijing, y en el trayecto nos quedamos dormidos todos. Despertamos ya en la ciudad en una gasolinera donde Yakuza echó combustible, y aparcamos el coche en un parking de un centro comercial.

Salimos por unas escaleras a espacio abierto, y cruzando una carretera llegamos a una gran explanada de cemento donde se veían fundamentalmente tres edificios muy marcianos: el nido, el cubito y otro a lo lejos muy alargado. El primero era el estadio de fútbol donde también se celebraban los eventos de atletismo, el segundo  la piscina para deportes acuáticos y el tercero me recordaba al último platillo volante de la película de 'Men in black'. La explanada era enorme y estaba llena de comerciantes haciendo volar cometas que luego te intentaban vender. Lo que sí nos compró Yakuza fue un polo de hielo a cada uno, ideal para las altas temperaturas del día. El sabor era parecido al coco. 

Tras un rato de paseo se nos acercó Yakuza con su flamante iPhone donde había traducido algo para nosotros. La traducción rezaba: "¿Quieren ir a la posada a descansar o quieren seguir jugando?". Malditos traductores que hacen que nos creamos que estamos en un juego de rol. El pobre nos vino a decir que si queríamos ir al hotel ya o queríamos que nos llevaran a otro lado de Beijing. Decidimos que queríamos comer algo de comida china, pero no picante. Ahí también tuvimos un problema hasta que descubrimos que el traductor traducía picante como caliente, así que nuestros pobres guías flipaban un poco al entender que queríamos comer frío. Pero con gestos todo se arregla y finalmente entendieron que no queríamos comer embutido chino.

Yo esperaba que nos llevasen a algún sitio que ellos conocieran donde se comiera bien, pero los pobres no tenían ni idea. Se limitaron a llevarnos al centro comercial donde aparcamos y nos dejaron elegir un sitio. Elegimos uno y nos recomendaron algunos platos que estaban bastante ricos. Pagaron la cuenta que ascendía a 250 Yuanes, y con la tripa llena les pedimos que nos llevasen a un último lugar: un famoso parque de Beijing. Pero al llegar al enorme parking subterráneo no encontrábamos la furgoneta. Era alquilada y por eso ni siquiera Yakuza y Tripabarro recordaban como era. Pulsaban el cierre centralizado una y otra vez para ver si sonaba la flauta y se encendía entre los demás coches. Pero fue Jose, que no sabe inglés pero en los garajes y los pequeños comercios de regateo se mueve con soltura, el que la encontró pasado un rato.

Para cuando salimos del parking eran ya las 16:30, y el parque cerraba a las 17. Así que nos dijeron que ya no llegábamos, por lo que con ironía pedimos ir a "la posada". En una media hora nos plantamos en nuestro hotel y nos despedimos de nuestros guías. El precio acordado inicialmente era de 500 Yuanes, pero solo la comida les costó 250... Así que echamos cuentas y entre el coche alquilado, las entradas, las bebidas, los parkings... No sé cómo se ofrecieron a hacerlo. Les dimos 1000 Yuanes y aun así no sé si salieron con beneficio. Quizás a ellos no les importaba perder dinero y tener una experiencia con gente del viejo continente. ¿A ese punto puede llegar la amabilidad china? Quedaron satisfechos y nos despedimos muy agradecidos por su predisposición en todo momento.

Al llegar al hotel nos comunicaron que había habido un error con las habitaciones y que solo nos habían cobrado una. Nosotros nos hicimos los locos, y al rato cogimos el dinero reservado para ello y pagamos la habitación que nos faltaba. Aprovechamos para pedirle precio para ir al aeropuerto dentro de dos días, que era la fecha de vuelta. Por 400 Yuanes nos llevaban a los 5. Era mucho mas caro que el metro, pero el horario de salida era tan temprano que el primer metro del día nos iba muy justo. Así que decidimos pagarlo sin pensar demasiado.

Para aprovechar la tarde quisimos acercarnos al templo de Lama, pero por supuesto estaba cerrado por el horario. Afortunadamente estaba en una bonita zona de hutongs, así que decidimos dar una vuelta por las calles adyacientes. Eran muy chinas y muy típicas, rezumaban un encanto especial. La gente comía en terrazas, y nosotros nos sentamos en una para tomar unas cervezas. Resultó ser un bar de importación de cerveza, así que pudimos disfrutar de unas Franziskanner en China. Tras disfrutar de ese rato, decidimos ir a cenar a los puestos de insectos que estaban en otro punto de la ciudad.

Cogimos el metro y llegamos allí. Pablo y yo buscamos un baño público y al entrar nos encontramos con que no había paredes para los baños, que no eran tazas, sino los típicos agujeros que vemos en los pueblos. En uno de ellos un chino soltaba lastre sin complejos, sin vergüenza alguna, como quien caga en el campo. Eso nos llamó mucho la atención. Le faltaba el cigarrito en esa posición de cuclillas. 

Llegamos por fin a los puestos de comida. Carne, arañas, escorpiones, serpientes, cucarachas... Todo tipo de seres dispuestos a pasar por la plancha para ser devorados por los curiosos turistas. Y es que es puro turismo porque los chinos no comen realmente esas cosas. Sólo Pablo y Gambaro se atrevieron con una serpiente, cuyo sabor era una mezcla de pollo y sepia. Un poco raro, ¿no? Los demás comimos patatas, carne o tallarines. Todo de dudosa calidad gastronómica. Buen lugar para terminar nuestro penúltimo día en China.

martes, 20 de mayo de 2014

La Gran Muralla China

Eran las 7:50 de la mañana cuando nos llamaron por el telefonillo para despertarnos. Una vez más los chinos lo habían vuelto a hacer: despertarnos media hora antes de lo previsto. Nuestro conductor nos esperaba en la puerta del hotel junto con otros dos compinches. No obstante uno no cabía en la furgoneta de siete plazas que nos habían alquilado, así que se quedó en tierra incomprensiblemente el único que sabía español. Puesto que tenían tanta prisa solo pude escuchar de boca de este un "buenos días". Buen papel para un traductor que ya no volveríamos a ver.

Hugo se día más prisa que ninguno y había comprado desayuno para todos. A mí las cervezas del día anterior me habían afectado algo y lo que menos me apetecía era meterme en un coche, pero afortunadamente había aire acondicionado, y la furgoneta era amplia y cómoda. De los dos chinos que nos acompañaron, el que conducía era espigado y de gestos chulescos, y el segundo era tripudo y con una permanente sonrisa en la cara. Nuestra predisposición a entendernos con ellos era mayúscula, y la de ellos también, pero el idioma a veces es una barrera insalvable. Ni siquiera el Google Traductor que tenían instalado en sus iPhones ayudaba, ni las app que nos instalamos en nuestros móviles para traducción on-line.

Entendimos su propósito de madrugar tanto cuando llegamos a la salida por autopista de la ciudad. Unos atascos de kilómetros hacían que en determinados tramos andar hubiera sido más rápido. Nuestros chóferes estaban acostumbrados a ello y conocían todas las normas de circulación china: parecían tener preferencia los que se incorporaban a la vía y no se circulaba apenas por la derecha. Algunos coches ni siquiera llevaban matrícula. Puesto que no sabíamos sus nombres, apodamos cariñosamente a nuestros anfitriones como Yakuza (el espigado) y Tripabarro (el gordito). En ningún momento para ofender, se portaron con nosotros realmente genial. Yo intenté dormir pero mis compañeros no paraban de hablar, además de que Tripabarro interrumpía de vez en cuando señalándonos cosas que había por el camino: instalaciones de los juegos olímpicos o templos.

Después de una hora empezamos a ver anuncios en la carretera señalando tramos de la Gran Muralla. Pasamos dos tramos y en el tercero nos metimos. Mutianyu fue la zona elegida y Yakuza pagó por entrar en el parking y bajamos del coche. De ahí nos metimos en una fila en la que no había occidentales, y es que ni en la muralla íbamos a ver apenas gente de nuestros rasgos. Pensé que quizás ese tramo era más exclusivo para turismo oriental, y que nuestros anfitriones se lo habían currado mucho. La fila terminaba en un autobús que nos llevó en 15 minutos a otra zona ambientada de comercios de souvenires preparando al turista para la entrada. Allí Yakuza nos compró una botella de acuarius a cada uno porque el sol pegaba fuerte, y en la muralla escaparse del calor no iba a ser fácil. Pasamos por el baño y Yakuza nos sacó las entradas mientras Tripabarro se quedaba con nosotros, advirtiéndonos con gestos que cuidáramos nuestros efectos personales de los ladrones que allí esperaban un descuido. Jose y Pablo aprovecharon la ocasión para adquirir una gorra con la estrella comunista, tan típica del régimen chino. Yakuza también nos pagó una audioguía en inglés, y aunque se lo agradecí, para mí las audioguías son un auténtico incordio, y más en lugares que hay que andar tanto como en la Gran Muralla.

Después de entrar se nos acercó una china y nos pidió que nos hiciéramos una foto con ella y sus padres. Hablaba un perfecto inglés y era universitaria. Nos la volvimos a encontrar un par de veces más durante el camino por la muralla, y nos dijo que éramos muy guapos. Nosotros ya lo sabíamos, pero no sabíamos que era para tanto. Y es que allí éramos como famosos: cada 30 metros nos paraba algún turista chino y nos pedía una foto, y parar era un problema porque se formaban filas de chinos que no se atrevían a pedírnoslo en frío, pero si otro lo hacía él se unía. Así pasamos casi todo el rato en la muralla, como si fuéramos famosos de hollywood. Toda una experiencia de la que algunos disfrutábamos más que otros, porque a alguno no le hacía ninguna gracia pararse como si fuera una atracción de circo. Pasamos la primera torre de la muralla y nuestros guías pararon a echarse un cigarro. Cuando les dijimos que pretendíamos ir hasta la parte más alta posible se quedaron a cuadros. Hablaron entre ellos y dijeron que ellos no iban a subir más, que se quedaban en esa primera torre esperándonos. La verdad es que había tramos de bastante inclinación, no aptos para personas sedentarias. Y es que la Gran Muralla se extiende por las montañas en un sinuoso trazado en el que no importa lo escarpada que sea la montaña que la sujeta. Tras llegar a los más alto de ese tramo de la muralla nos hicimos unas cuantas fotos con y sin chinos, y volvimos al lado de Yakuza y Tripabarro, que nos esperaban impacientes para llevarnos a algún otro lado de Beijing.

viernes, 16 de mayo de 2014

El mercado de la seda y el fin de mi HTC

En la estación
El lunes fue un día de transición porque volvimos de Shanghai a Beijing, y en esta última ciudad todos los espacios turísticos cierran a partir de las 17. El tren G16 lo teníamos a las 11 para no madrugar demasiado y accedimos al andén número 1 con un potente desayuno: una hamburguesa de KFC y un zumo de tomate. Recién sentados en el tren nos la comimos y caímos dormidos de nuevo las más de 5 horas del viaje. Esta vez estábamos en mitad del vagón, lo que nos quitó el frío de la ida. No obstante sufrimos el constante flujo del ir y venir de las azafatas ofreciendo helados, comida, revistas... Lo hacían en un chino melódico que se te grababa a fuego en la mente de tal manera que aún soy capaz de recordarlo a la perfección. No sabía si me gustaban o estaba a punto de cortarme las venas, toda una contradicción.

Mercado de la seda
Al llegar nuestro objetivo primordial fue llegar a tiempo al banco para cambiar dinero. Llegamos un poco justos porque cerraban a las 5, y como ya conocíamos el proceso fue todo mucho más rápido. Hasta Jose lo hizo sin problemas a pesar de su falta de conocimiento del inglés. El cambio había mejorado hasta 8.3 Yuanes por Euro. Al salir estaban cerrando y tuvimos que salir por otra puerta, ya que la principal ya la habían cerrado. Jose tardó un poco más y casi sale escoltado por el último segurata del banco.

Después volvimos al mismo hotel en el que estuvimos en Beijing y pagamos la cuenta. Para nuestra sorpresa fue la mitad de lo que habíamos calculado, así que ya en las habitaciones descubrimos que sólo nos habían cobrado una de las dos habitaciones que habíamos contratado. Guardamos el dinero restante para pagarlo cuando nos la reclamaran, y si no lo hacían nos pegaríamos un buen fiestón. 

Interior del mercado de la seda
Eran cerca de las 6 y lo único que había abierto era el mercado de la seda. Se trata de un gran centro comercial en el que hay innumerables pequeñas tiendas de todo tipo de cosas en las que se puede negociar por los productos. Casi todas las vendedoras eran mujeres y controlaban algo de español, lo justo para decirnos "cuanto", "amigo", "tacaño", "mas", "finito"... y poder negociar. Yo compré una mochila con ruedas bastante buena por 250 Yuanes y una bandolera por 65 Y, además de unas zapatillas adidas por 120. Todo gracias a Jose, un negociador implacable y sin escrúpulos. Ir con él era garantía de éxito porque se siente como pez en el agua en una negociación. Hasta el punto que volveríamos al otro día y muchas chinas se acordaban de él: el "tacaño". Dos horas fueron suficientes para comprar todo lo que nos vino en gana, y a las 9 volvimos al hotel.

Últimos momentos de mi móvil
Allí cenamos y birreamos bastante, a pesar de que al día siguiente madrugábamos para ir en coche a la Gran Muralla China. Como siempre en el hotel cenamos comida occidental: sandwich, nuggets y otras delicias. Hugo y Yohana se retiraron pronto como era costumbre, y nosotros tres nos quedamos con las jarras. Los camareros chinos aprovecharon que sólo estábamos nosotros y se pusieron hasta arriba de cócteles y cubatazos. Llegó el momento de recogernos y entonces mi móvil disfrutó de sus últimos segundos de vida. Al despedirnos levanté la mano con energía para decirles adiós a los simpáticos camareros, y mi HTC subió a la vez. Al llegar arriba mi mano se detuvo, pero el móvil siguió subiendo saliendo despedido con fuerza y cayendo al suelo estrepitosamente. Se abrió en unos cuantos pedazos. Lo monté pero ya nunca se encendió. Para mí fue una señora putada, pero Pablo y Jose se reían con ganas, y los chinos también. Una pena, fue un gran móvil que me ha durado 4 o 5 años. Quizá por eso tampoco le dí mucha importancia, porque ya me había hecho un gran papel. Para terminar la noche dimos una vuelta por los hutongs de los alrededores y nos echamos a dormir.

jueves, 15 de mayo de 2014

Century Park, Yuyuan Garden, otro rascacielos y la calle principal de Shaghai

Century Park es un parque muy bien cuidado y bastante grande. En un primer paseo pudimos observar como los chinos disfrutaban de una apacible tarde en las zonas verdes, donde volaban cometas o montaban tiendas de campaña. El parque tenía un enorme lago por el que circulaban barcas mediante el empuje de sirgas en lo que era un circuito definido, eso le quitaba bastante emoción a subirse. Nosotros nos decantamos por alquilar una bicicleta para 5 personas, y no nos arrepentimos en absoluto.

Por una hora pagamos 100 Yuanes, además de los 300 de fianza que nos devolvieron al final. Había muchos caminos pavimentados por los que se podía circular, y otros cuantos adoquinados. Pedaleábamos 4 de los 5 y solamente lo dirigía el conductor a pesar de que el copiloto tenía también un volante, que no funcionaba. Cogimos el cacharro con ganas y pedaleábamos con todas nuestras fuerzas, mientras Jose conducía de forma temeraria asustando al personal. La mayoría de los viandantes se reían al vernos pasar a tal velocidad gritando y riéndonos, pero otros nos miraban mal. La verdad es que sudamos como gorrinos porque nos fuimos alternando en la conducción y en las posiciones de pedaleo. A orillas del río paramos a ver un baile de un grupo de chinos con prendas de colores llamativos, y en algún portón de estilo chino. Finalmente salimos del parque en dirección al metro.

Yuyuan Garden
La siguiente parada fue Yuyuan Garden, que estaba al otro lado del río, es decir, en el mismo que nuestro hotel. Tras salir de la parada del metro seguimos al tumulto de gente para encontrarlo, y en el camino un par de tullidos ofrecían fyers de negocios varios. Yuyuan Garden es un espacio típicamente chino con tiendas por todas partes. Es francamente curioso y la decoración es preciosa. Entramos por un porche por donde había más turistas y nos encontramos con una zona que se pasaba por encima de un estanque. El agua era muy sucia y los peces tenían unas proporciones bíblicas. La gente no paraba de echarles comida, fundamentalmente lentejas, pero también otras mierdas que no atraían a los peces, como por ejemplo helado. Por eso tienen esa obesidad mórbida los pobres angelicos.

Vista desde el abrelatas
La noche empezaba a caer y llegó el momento de ir al otro rascacielos: el abrelatas. Es más alto que la perla de oriente, y tiene ese nombre por su arquitectura, en forma de abridor de botellas. Volvimos a la zona de rascacielos y pagamos 1200 Yuanes para acceder a la parte más alta del edificio. Nos costó encontrar la entrada porque está justo encima de un centro comercial, pero un segurata nos lo indicó tras enseñarle la foto del rascacielos que estaba pegada en la pared. Subimos en un ascensor ultramoderno y futurista, con colores dinámicos por todas partes. No se notaba mucho que subíamos a tal velocidad, excepto porque se nos taponaron los oídos. Ya arriba del todo las vistas eran espectaculares, pero a pesar de estar más alto que la perla de oriente no nos impresionó tanto. Y es que el suelo de cristal que tiene el anterior rascacielos es un puntazo. La forma inclinada de la parte superior del edificio hace que la perspectiva sea muy extraña, de hecho si hubiera sido un simulador hubiera pensado que estaban mal hechas las vistas. Además tiene tanto metal por todas partes que no paran de darte calambrazos por electricidad estática. Tras un rato tomando fotos bajamos hasta el bar, y bajando un poco más llegamos al centro comercial. 

El abrelatas
Como no queríamos que nos pasase lo del día anterior decidimos cenar en nuestro lado del río. Tomamos el metro y comimos algo en un Family Mark. Hacía frío y Hugo no se encontraba bien: se había enfriado con la cansina lluvia del día anterior. Así que no estuvimos parados mucho tiempo y nos dirigimos de nuevo a la vista de los rascacielos desde nuestro lado del río. Esta vez queríamos tomar fotos sin la niebla del día anterior. En ese trayecto recibí el primer ofrecimiento de masajes, y al rechazarlo me ofrecieron sexo. En esa primera ocasión fue un tío con pinta de chulo, pero todas las veces restantes iban a ser chicas de distintas edades bien arregladas. Estos ofrecimientos se sucedieron desde el río hasta bien entrados en la calle principal de Shanghai, donde buscábamos un sitio para cenar. Esta calle termina siendo peatonal y hay innumerables lugares para cenar y centros comerciales. Sin embargo los locales no tenían baño porque todos te remitían al propio centro comercial para hacer tus necesidades. Jose no pudo aguantar más y tuvimos que escoltarlo hasta un sucio callejón donde pudo soltar todo lo que llevaba dentro, que era mucho. Pablo y yo pudimos aguantar un poco más y encontramos el baño, que estaba extremadamente sucio. Estaba más limpio el callejón donde meó Jose. Ya más tranquilos cenamos comida china en un local y volvimos al hotel, que resultó estar muy cerca de la calle principal, más de lo que pensábamos.

miércoles, 14 de mayo de 2014

La perla de oriente

Amanecimos a las 8:30 de la mañana y afortunadamente las niebla había desaparecido. Eso era fundamental para poder disfrutar de las vistas desde los rascacielos de Shanghai. Teníamos pensado subir a dos de ellos, uno de día y otro de noche. Nuestra primera elección fue la perla de oriente, el rascacielos de las bolas, la torre de televisión de Shanghai y uno de los grandes símbolos de la ciudad.

Así que nos dimos prisa, desayunamos con rapidez en un Family Mark y la línea 2 del metro nos dejó en la zona de los rascacielos. La temperatura acompañaba y eso ayudaba a que hubiera bastante gente con intención de subir, además de que era domingo. Pagamos 120 Yuanes para acceder a la segunda de las bolas porque no nos compensaba el precio de subir hasta arriba del todo. Con nuestra entrada en la mano nos dirigimos al acceso a la torre, mientras Yohana nos esperaba abajo. En ese trayecto nos dimos cuenta de que había una especie de viaje del inserso chino, en el que docenas de decrépitos ancianos con gorra roja se disponían también a subir. Llevaban gorras de colores para distinguir a los distintos grupos de los viajes organizados. Fuimos astutos y aprovechamos nuestra mejor condición física para adelantarnos, pero con la habilidad que nos caracteriza nos paramos a que nos hicieran una foto de esas con fotógrafo y una pantalla verde de fondo. Lo que viene siendo un croma en el que sustituyen ese fondo verde por la imagen de la perla de oriente. En ese periodo nos adelantó todo el grupo de gorras rojas, y los tuvimos que sufrir durante la media hora que tardamos en llegar al ascensor. 

Sin embargo aún tuvimos suerte porque la infraestructura destinada a la fila era mucho mayor de lo necesario, con lo que entiendo que hay momentos en los que aquello tiene que ser infernal. Esos hierros que marcan una fila serpenteante como en Port Aventura estaban prácticamente vacíos. Por fin conseguimos subir en el ascensor a la bola y comenzaron una serie de fotos espectaculares. Dimos varias vueltas a la misma para apreciar todos los puntos panorámicos que nos ofrecía la altura. Pero lo mejor fue al bajar unas escaleras que llevaban a la parte inferior de la bola: tenía el suelo de cristal y se podía pasear por encima. La impresión era brutal, hasta tal punto que costaba al principio fiarse de que no se iba a desplomar haciéndonos caer desde unos 200 metros. Tras capturar con nuestras cámaras esa sensación, bajamos en busca de Yohana de nuevo. De camino compramos la foto con el croma, como si no tuviéramos fotógrafos entre nosotros. La verdad es que la foto tenía su gracia.

Nuestro próximo destino era Century Park, un parque que estaba en línea recta desde la perla de oriente. A mitad de camino decidimos darnos un homenaje en una cara hamburguesería de la zona, que era muy parecida al Foster's Hollywood. A pesar del precio (unos 10€ por hamburguesa) disfrutamos de la comida como enanos. Pablo calificó su hamburguesa como "la mejor que se había comido en su puta vida". Seguimos nuestro camino y comprendimos que estaba más lejos de lo que pensábamos, así que cogimos de nuevo el metro para acceder a la misma puerta del parque. 

Vistas desde la bola
El Century Park es enorme, y nosotros entramos por la puerta 7 tras pagar 10 Yuanes de entrada. En el camino desde las taquillas a la entrada se posicionaban numerosos vendedores ambulantes: desde comida hasta animales en sitios ultra reducidos (hamsters, conejos, tortugas) y también algunos donde practicar la puntería con pistolas de balines. En ese lugar también olimos una esencia parecida a la mierda. Resulta ser algo que comen los chinos en los puestos ambulantes, pero que desprende un nauseabundo olor que a nosotros nos producía una profunda repulsión. No obstante a ellos les gusta mucho, porque lo encontramos en numerosos puntos de la ciudad.

martes, 13 de mayo de 2014

Perdidos en la noche de Shanghai

Estuvimos un buen rato paseando por la rivera del río. Al otro lado teníamos la espectacular vista de los rascacielos, haciendo que prestáramos nula atención a nuestro lado del río. No paramos de hacer fotos ni de caminar, y pensamos en buscar un modo de acceder al otro lado. Según el mapa había dos puentes que nosotros no eramos capaces de ver. Dedujimos erróneamente que era porque las distancias en el mapa son tan engañosas que todavía no teníamos contacto visual con ellos. La verdad es que no eran puentes, si no túneles por donde pasaban coches y las líneas de metro.

Después de mucho andar entendimos lo que ocurría, así que nos propusimos buscar una línea de metro para llegar a donde queríamos. Nos costó mucho porque el mapa estaba a una escala tan alta que no era nada claro. Nos subimos a una pasarela para poder divisar alguna parada de metro, pero no funcionó. La noche ya había caído y la niebla no ayudaba en absoluto. Bajamos y le preguntamos a un occidental que iba sólo y tenía pinta de conocer Shanghai. Nos indicó por donde deberíamos ir para encontrarla. 

Pero el cansancio y el hambre empezaba a crecer, así que en cuanto tuvimos oportunidad entramos a un Family Mark. Se trata de una cadena de supermercados que tiene tiendas por toda la ciudad, y nos hicimos asiduos de ellas. Compramos birra y patatas, y nos las comimos fuera de la tienda a pesar del frío. Siguiendo nuestro camino entramos a una sala recreativa que estaba en una nave. La puerta estaba custodiada por figuras enormes de los transformes, y dentro unos pocos chinos se divertían jugando a las máquinas. Era una sala parecida a la que podemos encontrar en los grandes centros comerciales españoles.

Por fin alcanzamos la boca del metro y en un momento nos plantamos a los pies de los rascacielos. Allí buscamos un sitio donde cenar, y esta vez fue uno de los millones de Kentaky Fried Chicken que hay en Shanghai. Y ojo porque no son como en España: tienen muchos bocadillos picantes que nosotros no tenemos, y yo pagué la novatada comiéndome una hamburguesa de pollo que picaba como el demonio. Después volvimos a la calle y subimos a una pasarela enorme que recorría la calle principal por encima del nivel del suelo. Como les gustan a los chinos las pasarelas, y la verdad es que son prácticas para no preocuparte por el tráfico. Pasamos cerca de los dos rascacielos más famosos: La perla de oriente y el abrelatas. Al día siguiente subiríamos a los alto de los dos.

La cerveza hizo que nuestras vejigas pidieran una tregua, pero eran ya las 23 de la noche y se nos había pasado el tiempo volando. No estábamos en España, y esa hora es intempestiva en cualquier otro país. Fuimos corriendo al metro, y como nos temíamos, ya había cerrado. Que torpeza la nuestra, ahora nos tocaba volver en taxi, andando o en bus. Salimos y todos los baños estaban cerrados, así que yo busque un bonito jardín donde poder desahogarme a gusto. Descartamos el taxi porque no sabíamos cuanto podía costarnos, porque éramos 5 y necesitábamos dos. Andando era imposible porque estábamos extremadamente lejos del hotel y no sabíamos donde había puentes para pasar por el río a pie. Sólo quedaban los tristes autobuses nocturnos, que habían reducido su frecuencia de forma drástica por la noche.

La perla de oriente y una pasarela
Nos acercamos a uno y por supuesto el conductor no tenía ni idea de inglés. Allí se acercó un muchacho chino con su móvil, y con un perfecto inglés se propuso a ayudarnos. Los chinos son muy amables por lo general, y si pueden ayudarte lo harán. Miró con su tarifa de datos que autobús necesitábamos, y después de debatir con el conductor en su idioma nos comentó que necesitábamos coger dos autobuses: uno para ir a otra zona del lado del río donde estábamos, y otro para pasar al otro lado. Y luego nos tocaría andar hasta el hotel allá donde nos dejase. El conductor no parecía muy contento de tener que llevarnos, pero cuando llegó el momento de bajar nos avisó con gestos. A mí me sorprendió que lo hiciera porque me dio la sensación de que no le caímos muy bien. Bajamos e hicimos caso a las instrucciones del chico, al que le agradecimos su ayuda antes de subir al primer bus y despedirnos de él. Doblamos una esquina y tras unos 100 metros encontramos otra parada. Necesitábamos coger la línea 3, pero allí no figuraba esa línea. Otra vez las dudas, y ahora el chico no estaba.

Jose, Pablo y Hugo aprovecharon el momento para mear por donde pudieron: todos los baños públicos estaban cerrados. Sin saber que hacer, le pregunté a una chica china por el bus 3. Casualmente ella esperaba ese coche, y casualmente hablaba inglés, y casualmente se bajaba en la misma parada que nosotros: People Square. La suerte nos echó un cable. Subimos a ese bus charlando con la muchacha. La forma de pago era curiosa: mientras en el primer bus pagabas y te cogías un ticket sin supervisión de nadie, en este vino un hombre a vendérnoslo mientras estábamos en marcha. La chica era curiosa y nos preguntó cosas sobre España hasta que llegamos a nuestro destino. Allí nos despedimos de ella y tomamos la dirección opuesta en busca del canal que estaba al lado de nuestro hotel. Lo encontramos rápido y solo tuvimos que seguirlo durante 20 minutos de caminata por las oscuras y vacías calles de Shanghai a las 12:30 de la noche. Por fin llegamos a nuestro hotel, donde pudimos ducharnos y descansar.

lunes, 12 de mayo de 2014

Primer paseo por Shanghai

Ya con el estómago lleno las cosas se veían de otra manera, así que cogimos la línea 2 de metro para llegar a la estación de Nanjin Road East. En seguida vimos grandes diferencias con Beijing, empezando por el metro: en Shanghai el billete de metro cuesta más o menos en función de la distancia de tu destino, así que cuando compras un billete debes especificar a donde quieres ir. Es mucho más coñazo que en la capital, que siempre vale 2 Yuanes el billete. Por lo menos era mucho más limpio, y entre el andén y el metro había una separación de cristal con unas puertas automáticas que se abren y se cierran a la llegada y partida del metro. 

Supongo que es para evitar riesgos de caídas e incluso suicidios, pero nosotros un día estuvimos a punto de ver un chino hecho pedazos. Esas puertas no se lo piensan: cuando se tienen que cerrar se cierran, y van un poco más despacio que las puertas de los vagones. Así que un chino que intentaba llegar al metro como Indiana Jones perseguido por la bola gigante en el templo maldito estuvo a punto de quedar atrapado entre las puertas del vagón y las de cristal. Afortunadamente logró salir hacia afuera, quedándose en el andén, pero la ostia de las puertas de cristal se la llevó. Después vimos como los chinos aprovechan cualquier oportunidad para mostrar publicidad, y el metro es un lugar genial para ello. Lleno de miradas perdidas, los viajeros no solo disponen de pantallas con anuncios dentro de los vagones, sino que fuera de ellos se proyectan imágenes sobre las paredes que van pasando a gran velocidad, paralelas al convoy. Esos proyectores que están en la parte exterior de los vagones, muestran una película de anuncios entre parada y parada, como si hubiera muchas televisiones pegadas la una a la otra cuando miras por la ventana.

El canal desembocando
Por fin llegamos a Nanjin Road East Station, y según las indicaciones del hotel debíamos salir por la puerta 5 de aquella estación, que era enorme. Menos mal que nos mandaron por correo electrónico un croquis de como llegar, porque estaba algo escondido. Gracias a eso lo encontramos en seguida. Shanghai nos recibió con una fina lluvia que calaba poquito a poco, parecida al chiri-miri cántabro. Tuvimos que sacar el chubasquero los que lo llevábamos, y a otros que no lo habían previsto les dejamos algún abrigo que nos sobraba. La niebla y la lluvia nos podían estropear nuestro breve paso por Shanghai. Al llegar al hotel Shanghai Fish Inn Bund (o la posada del pescado) nos pidieron los pasaportes, 200 Yuanes de fianza, y si podíamos pagar ya las dos noches. Les preguntamos por un banco para cambiar Euros a Yuanes, pero nos dijeron que al ser sábado por la tarde estarían todos cerrados. Hasta el lunes nada, y ese día nos íbamos. Así que tuvimos que exprimir nuestras carteras y sacamos esos Yuanes de reserva que se tienen para imprevistos, con lo que pudimos pagar sin problemas.

Subimos al apartamento: salón, baño y 3 habitaciones dobles. Una de ellas se la agenció Pablo, la de las literas Jose y yo y la última para Hugo y Yohana. El wifi de ese hotel era un desastre: primero te tenían que dar de alta en el sistema los de recepción, y luego cada vez que te querías conectar acceder por el navegador del móvil a una web, escribir tu habitación y pasaporte y entrar. Y después iba más lento que el paquete Higuera delante del portero. Así que sólo Pablo, Jose y yo lo intentamos, y solo Pablo y yo lo conseguimos. 

Era aun por la tarde y nos movimos con la intención de pasear por los rascacielos de la ciudad. El hotel estaba al lado de un puente que atravesaba un canal. En un primer momento nosotros creímos que ese canal era el río de la ciudad, pero estábamos equivocados: era una acequia comparado con él. Sin embargo la niebla nos ocultaba los rascacielos y no eramos capaces de saber hacia donde estaban. Rectificamos nuestro camino hasta tres veces para llegar finalmente al río principal. 20 minutos que estuvimos perdidos bajo la lluvia. Al final llegamos a la desembocadura del canal en el río, y al otro lado de este aparecieron fantasmagóricos los rascacielos. Fue una estampa bonita porque parecían infinitos, perdiéndose entre la nubosidad tan baja, pero nos preocupaba perdernos verlos en su totalidad si el clima seguía así.

viernes, 9 de mayo de 2014

III Carrera Solidaria La Caridad

La III Carrera Solidaria La Caridad se disputó el pasado domingo en el parque del agua de Zaragoza. Era la primera carrera que yo hacía en este lugar a pesar de ser una zona que utilizo a menudo para entrenar. La temperatura era bastante fresca debido al fuerte cierzo que golpeaba Zaragoza desde hacía ya algunos días, y eso me hacía presuponer una carrera con algo más de sufrimiento de lo habitual.

Había dos modalidades: 5k y 10k. Yo me decanté por la segunda. Mi intención era empezar suave e ir, poco a poco, aumentando el ritmo. La verdad es que la estrategia me duró bien poquito porque antes del primer kilómetro ya iba a un ritmo bastante exigente para mí. El recorrido era un circuito de 5 kilómetros que se hacía dos veces, y al finalizar la primera vuelta iba bastante cansado. Fue en el kilómetro 7 cuando me dio definitivamente el bajón de ritmo, y aunque no terminé mal del todo no fue como a mí me hubiera gustado.


Pero seguiremos intentando mejorar. Además en el entorno del parque del agua tenemos dos circuitos para los que nos gusta el running, algo de lo que me enteré hace apenas unos días. Por supuesto lo comparto con vosotros para que los disfrutéis y mejoréis también vuestras marcas personales. Ahora entenderéis, como lo entiendo yo, las señales de color azul y naranja que hay en el suelo de este parque zaragozano.


De Beijing a Shanghai

Nuestro tren salía a las 9 de la mañana de la estación Beijing Nan South dirección a Shanghai Hongqiao para llegar allí a las 13:48. Ante nuestro evidente desconocimiento de las estaciones chinas nos pusimos el reloj a las 7 de la mañana. El trayecto desde nuestra ubicación hasta allí no era complicado: en metro llegábamos sin problemas. Sin embargo, y sin que nosotros se lo pidiéramos, nos llamaron por el teléfono los de recepción a las 6:20 de la mañana. Se lo agradecimos educadamente, pero tras colgar nos cagamos en sus muelas y volvimos a la cama. Pero no duramos mucho porque pensándolo fríamente ellos sabían mucho más del tema, y si nos habían despertado tan pronto podría ser por algo: tal vez fuera extremadamente difícil coger un tren en ese país.

Así que nos levantamos antes de nuestra hora prevista, revisaron las habitaciones y nos devolvieron la fianza. Sin desayunar llegamos a la estación y allí nos pusimos a buscar las puertas, que estaban escondidas tras una zona de espera. No había indicaciones de hacia donde estaban las puertas, sólo de donde estaba esa zona de espera. Ese resultó ser el lugar desde donde se accedía a las puertas para coger el tren. Ya más tranquilos pasamos por un super que estaba en la estación y compramos zumos y galletas varias para nutrirnos. Pasamos a la zona de espera tras superar un control parecido al de los aeropuertos, y nos encontramos que las puertas de embarque se dividían en dos: una para los primeros vagones del tren, otra para los últimos. Una raza superior estos chinos. Nuestro tren G1 salía de la puerta número 12, y nuestro vagón era también el 12. Desde 20 minutos antes ya se formaban filas para entrar al convoy, y todos llevaban una especie de tarjeta. Nosotros llevábamos unos tickets impresos en los que figuraba nuestro pasaporte, y nos costó darnos cuenta que nuestra fila era otra (que estaba al lado) en la que una china mal follada hacía una marca en los billetes, a modo de prueba de validez.

KungFu Fast Food
Nos tocó en los primeros asientos del vagón, lo que implicaba que podíamos estirar las piernas y estar al lado de nuestras maletas y el baño. Eso era bueno, pero no el frío que entraba por la puerta al abrirse, ni soportar el continuo tránsito de personas hacía el baño y el dispensador de agua caliente. Y es que al lado del baño había un aparato que ofrecía agua a alta temperatura para que la peña se hiciera sus tés. Antes de arrancar un revisor nos pidió el billete, y cuando lo hizo dormimos las casi 5 horas que duró el trayecto.

Por fin llegamos a la estación de Shanghai, donde nos dispusimos a comer. Ya llevábamos unas horas en China y había llegado el momento de comer algo local. La estación era un lugar seguro para hacerlo, con algunas cadenas como McDonalds pero con comida china. Elegimos una llamada KungFu, cuyo logo era el famoso Bruce Lee. Yo cogí un bol de trocitos de carne en salsa que llevaban bastante hueso, otro bol de arroz blanco que acabé combinando con el anterior, una extraña sopa de la que apenas probé tres cucharadas y una ensalada de lechuga caliente que estaba asquerosa. 

Jose y el nene
En la mesa de detrás había una familia con un niño chino de unos dos años. Era muy trasto y no paraba de mirarnos. Jose se puso a hacerle muecas y el niño lo imitaba y se partía la caja. Los padres pasaban de él y estaban encantados de que se lo distrajésemos un rato. El muy marrano se limpió las orejas en mi sudadera, aprovechando que yo estaba de espaldas. Y de pronto apareció un chino que era igual a un amigo mío. Y es que es increíble porque parece que todo el mundo tiene un clon chino. Durante todo el viaje veíamos personas a las que les encontrábamos un parecido con alguien de nuestro día a día, y es que es verídico amigos, todos tenemos una versión china. Podría haber un programa de tele basura que se dedicara a buscar a los clones que tenemos allí.

jueves, 8 de mayo de 2014

Final de nuestro primer día en Beijing

Al llegar al hotel, la recepcionista ya tenía preparados los billetes para Shanghai. Que gran gestión y que buena decisión la nuestra. El camino se había hecho más largo de lo que creíamos porque los mapas de Beijing están tan comprimidos que las distancias engañan enormemente, y eso que habíamos visto cosas que desviaban la atención de nuestro cansancio. Las tiendas de lujo contrastaban con los muchachos que limpiaban los cristales de los altos edificios, lo hacían sostenidos con una sola cuerda y un arnés que venían de la parte más alta. Cualquier inspección de prevención de riesgos laborales en España les hubiera dado pal pelo.

Mercado de la seda
Yo me fui directo a la cama y me quedé plegado en seguida, mientras Pablo planeaba echarse un café, leer y ver "El pianista" a través de su potente móvil. Esa resultó ser la película más larga de la historia, porque a pesar de ser un peliculón, cada vez que Pablo se ponía a verla se quedaba dormido. Fruto del cansancio por supuesto, la peli no es aburrida ni mucho menos, sino altamente recomendable por su carácter histórico y ser una historia basada en un hecho real. Desperté dos horas después, sobre las 18h, y Pablo yacía a mi lado completamente sobado con su móvil proyectando la película para absolutamente nadie. Percibí que el resto aún no había llegado del mercado de la seda y me empecé a preocupar: con todo el cansancio acumulado era imposible que no hubieran venido ya. ¡José se había dormido en un bordillo delante de mis pesados párpados 3 horas antes! Así que pensé que tal vez se hubieran perdido, así que les llamé al móvil. Uno tras otro los teléfonos me comentaban que estaban apagados, excepto el de Jose, que me lo cogió su hermano. El pobre flipó un poco, y yo también, porque no recordaba que Jose tenía dos móviles, y que el que dejó en España estuviera encendido me desconcertó. Además él y su hermano hablan igual, así que la pregunta de "¿dónde estás?" fue bastante impactante para su hermano.

Pero al rato aparecieron en un estado próximo al éxtasis. Habían triunfado en el mercado de la seda. Todos sabemos que Jose es un gran negociador, y que en esos ambientes se mueve como pez en el agua. Además, como no sabe inglés, charlar con los vendedores en español es un placer para él, porque si no sólo habla con nosotros. Consiguió dos polos por 29€, dos forros polares por 42€ y una camiseta de la Juventus de Turín por 7€. Yohana por su parte un pantalón de chandal por 12€. Estaban muy contentos e incluso habían comido, eso sí, sin riesgos en un McDonalds.

Pablo y yo nos desperezamos y dimos una vuelta por los alrededores del hotel, y a lo que volvimos ya eran pasadas las 18h. Pensábamos ir a la villa olímpica, pero encontramos un gran impedimento: en el hotel había hora feliz, 2x1 en jarras de birra local. Las cerveza era suave y entraba que daba gusto, así que cuando nos quisimos dar cuenta se nos hizo tarde y acabamos cenando pizza en el propio hotel. En ese momento tuvimos una visita inesperada: el conductor que nos iba a llevar a la Gran Muralla china dentro de unos días se presentó en el hotel para conocernos. Todo un detalle. Bajaron Hugo y Yohana a hablar con él y los demás no nos dejamos ver. Incluso Jose se volvió a quedar dormido. El choque de culturas quedó patente cuando Yohana fue a darle dos besos al muchacho, que es amigo de una amiga de Yohana. Él hombre, que iba con su mujer, se sintió invadido en su espacio y reculó totalmente incómodo, y es que los chinos no están acostumbrados a ese tipo de saludos. Al final quedó en una anécdota, pero es curioso como las pequeñas nimiedades de una cultura, o sus costumbres, pueden ser molestas para otra.

Para terminar el día Jose, Pablo y yo salimos a pasear por los alrededores de nuevo, pero esta vez de noche. Hugo y Yohana se fueron a descansar mientras nosotros disfrutábamos de la brisa nocturna por los hutongs de Beijing, con sus timbas de cartas y sus motos eléctricas.

miércoles, 7 de mayo de 2014

La plaza de Tian'anmen

Tuvimos que coger dos líneas de metro distintas para llegar a la puerta de la plaza de Tian'anmen. Esta plaza es un símbolo para el país y en su entrada aparece una inmensa fotografía de Mao Tse-tung (o Mao Zedong). Este hombre fue un líder que creó el partido comunista chino, que tuvo una enorme influencia en la historia de China. Esta plaza es histórica también porque es donde se produjo la matanza que lleva el nombre de la misma plaza en 1989. Algunos tal vez la recordéis por unas imágenes de un hombre plantando cara a una fila de tanques y consiguiendo que se detuvieran. Un símbolo de valentía que perdura en la memoria de los ciudadanos locales.


Nosotros salimos directamente en una de las puertas de la plaza, porque aunque es una plaza está cerrada y tiene un par de puertas de entrada en las que hay controles de seguridad. Su afluencia de turistas es constante, y como todo en Beijing la mayoría de ellos son nacionales. Y es que no hay que olvidar que China es uno de los países mas grandes del mundo, y uno de los más poblados. La mayoría de chinos no han estado nunca en su capital. La entrada estaba tan abarrotada que nosotros pensábamos que había una manifestación, y es que no veíamos turistas occidentales y la mayoría de los que guardaban fila portaban banderas del país. Ante tal panorama intentamos encontrar otro modo de entrar, porque aun pensábamos que la plaza era abierta. Sólo Yohana persistía en la idea de que esa era la entrada, pero los demás no lo vimos nada claro. Rodeando los muros no llegábamos a ninguna parte debido a la magnitud de la plaza, y el hambre y el cansancio pasaban factura. 

Pablo y yo decidimos comer algo en un puesto callejero de dudosa higiene, pero la pirámide de Maslow no atendía a razones y rozaba ya las necesidades básicas. Compramos una especie de pastel de carne, con masa de crep relleno. La verdad es que estaba muy bueno, sabía como a morcilla. Finalmente volvimos a la entrada principal, que se había despejado un poco. Al final la fila parecía dividirse en dos: una para los chinos y otra para los turistas, aunque no sé muy bien por qué. Pasamos el control por una puerta de claro estilo chino, y llegamos a la puerta con la foto. Desde ahí Mao observaba como el Gran Hermano a los miles de turistas que pretendían entrar por la puerta que su imagen custodiaba, pasando por un pequeño puente en el que a los lados había soldados, unos vestidos de uniforme y otros vestidos de calle. Antes de pasar por ella nos sentamos en un bordillo a descansar. Estábamos extenuados, yo especialmente. Se nos acercaron guías turísticos, que eran una plaga por allí, y nosotros llevábamos en la frente un letrero que ponía que éramos "turistas".

Al final le seguimos el rollo a una de ellas. Su táctica fue buena, haciendo todo tipo de preguntas curiosas, como si sólo tuviera curiosidad por nuestra naturaleza occidental. Después nos contó que tenía una galería de arte y que quería que la viéramos, gratis, por amor al propio arte. Sólo Pablo y Hugo se interesaron y se fueron con ella a verla. Jose, Yohana y yo les esperamos sentados en ese bordillo, mandando a hacer gárgaras los continuos ofrecimientos de guías. Estábamos tan cansados que Jose se quedo dormido. Aparecieron Pablo y Hugo, indignados porque la presunta artista había intentado venderles hasta sus riñones. Sin más, entramos a la plaza.

Para ser un recinto con entrada controlada, la plaza era bastante atípica: chiringuitos donde se podían comprar bebidas, la mitad del aforo eran guías ofreciendo flyers con sus servicios y su teléfono y un par de canchas de baloncesto. Al fondo, la ciudad prohibida, pero a eso entraríamos el último día. ¿Canchas de baloncesto? Sí. Cuanto daño a hecho Yao Ming señores. Su cara está estampada en innumerables carteles por la ciudad, y sobre todo en el metro. Y ya era difícil que cupiera con el tamaño que tiene el amigo, pero ahora es mucho más. Ahora Yao Ming parece el amigo gordo de Yao Ming. No sé por qué circunstancia para su papada ha redondeado su cara hasta el punto de costar reconocerle. Menos mal que los memes han conseguido que no podamos quitarnos de la cabeza su pícara sonrisa, y pensamos en él como si fuera un colega más de la cuadrilla.

Llegué a un punto en la plaza que tuve que comprarme una coca-cola para espabilarme. Un pedacito de capitalismo en la capital del comunismo. Mis rodillas flaqueban y se doblaban solas en el esfuerzo, así que les dije que me volvía al hotel. Eran las 15h y pretendía echarme un par de horas a dormir. Pablo estuvo de acuerdo conmigo y se unió, pero los demás querían aprovechar el tiempo y se dirigieron al mercado de la seda, que es un centro comercial con pequeñas tiendas donde se puede negociar el precio. A la salida de la plaza pasamos por el canal de agua que la rodea, ya fuera de los controles. Allí se acumulan muchos vendedores ambulantes con cientos de pijadas de esas que en España también venden los chinos: perritos de mentira que ladran, o cosas luminosas que se lanzan al cielo y caen despacio moviendo sus hélices. Pensaba que en china no estarían, pero están. Chinos vendiendo a chinos. Algunos de los vendedores estaban sentados en la acera y tenían amputados algunos miembros, e incluso vimos a una pobre mujer con claros síntomas de lepra. Tal vez sean resquicios de aquellos tiempos en los que a los ladrones se les cortaban las manos, o quizás me esté haciendo una paja mental.

Mirando el mapa buscando el metro nos dimos cuenta Pablo y yo de que estábamos más cerca del hotel de lo que parecía, así que decidimos caminar hasta allí. Nos despedimos del resto y nos fuimos para el hotel. En el camino vimos la otra cara de Beijing: tiendas de Gucci, Masserattis, y la limusina más grande que he visto en mi vida. Pobreza y lujuria de la mano a unos pocos metros en una ciudad tan enorme como Beijing.

martes, 6 de mayo de 2014

Comprar el billete a Shanghai y más sobre el hotel Xiao Yuan

Siguiendo con los servicios del hotel Xiao Yuan, nos pidieron 200 Yuanes de fianza. En realidad creo que esto es la tónica general en todos los hoteles, porque en Shanghai también nos pidieron la misma cantidad. Pero como fuimos buenos nos devolvieron la cantidad integra en ambos. Cierto es que dejan botellas de agua de litro y medio en las mesas de las habitaciones, así como chocolatinas y algún aperitivo bastante tentador. A mitad de noche puede apetecer un buen trago de agua mineral, y eso que se lleva el hotel, que luego te lo descuenta de la fianza. Los precios no son muy abusivos, pero saben que los turistas vamos advertidos de la baja calidad del agua del grifo que hay en China. 



Yo fui muy precavido y me compré todas las noches una botella pequeña de agua para beber, pero también para lavarme los dientes. Y es que no se recomienda ni hacer eso con agua del grifo. Pablo y Jose pasaron de la recomendación sin consecuencias, y yo solo lo hice a los 5 o 6 días, al ver que ellos no pasaban a menudo por el señor roca. Sin embargo el día siguiente para mí fue un día de carreras en busca de retretes. Mi estómago es todo un señorito. Luego están las trampas al comprar agua: vas a comprar el líquido básico y puedes acabar comprando botellas con un líquido parecido al aquarius, o incluso agua con gas. Hay que estar ojo avizor para no equivocarte.

Largas colas para comprar billetes
Pero volviendo al hotel, nos hicieron un gran favor ese día, aunque pagamos 60 yuanes extra por persona. Teníamos solo una semana de viaje, y acabábamos de llegar pero al día siguiente ya teníamos la intención de ir en tren a Shanghai. Los impedimentos para comprar un billete de tren chino por Internet son numerosos: que si dirección china, que si cuenta corriente china, que si correo electrónico chino. Y además sólo se puede con 14 días de antelación, así que durante la planificación del viaje decidimos comprarlo durante nuestra estancia allí. Llevábamos impresos los listados de trenes que salían ese día de Beijing a Shanghai, y los de vuelta de dos días más tarde. Teníamos señalados los trenes que queríamos tomar, y se lo hicimos saber a la guapa chinita de recepción. Nos cobró unos 142€ por cabeza, y ella se encargó de todas las gestiones. No perderíamos tiempo en la estación buscando la taquilla, ni guardando cola, ni buscando algún taquillero que entendiese nuestro inglés del Pinseque bajo.

Por fin entramos en las habitaciones, de las que ya hablé en algún post interior. Una era para Hugo y Yohana, y la otra para Jose, Pablo y yo. Jose cogió la cama individual y yo compartí la de matrimonio con Pablo. Realmente me habían advertido de la dureza de los colchones chinos, que tuviera cuidado y no me lanzase a la cama como un animal porque peligraban mis riñones. Pero no era para tanto, quizás es que como con la comida, no soy muy exigente tampoco con los hoteles. La habitación no tenía divisiones, la única era para acceder al pequeño baño. Pequeño pero bien aprovechado, porque el lavamanos estaba dentro de la propia ducha, separados ambos por una mampara del retrete. 

Y sin más preámbulos (ya han sido unos cuantos), y sin haber dormido durante tantas horas, nos adentramos por fin a conocer Beijing. Nuestra primera parada sería la Plaza de Tian'anmen.

viernes, 2 de mayo de 2014

El hotel y el cambio de moneda

Nos sorprendió nuestro primer contacto con la ciudad. No era tan diferente a cualquier ciudad occidental. Tal vez estaba un poco mas sucia, pero también hay en Europa ciudades poco aseadas. Había muchas letras chinas, sí, pero también bastantes con idioma inglés. La calle principal por donde avanzábamos era tremendamente ancha, una gran avenida en cuyos cruces con otras se podía pasar andando por encima de la carretera, gracias a pasarelas peatonales en forma de equis.

Habitación del hotel
En uno de estos cruces giramos a la izquierda y en pocos minutos entramos en una zona de 'hutongs'. Los hutongs son callejuelas más estrechas con mucho encanto. Esto sí que era ya algo más chino, algo más típico y local. En ellas se puede caminar por en medio del asfalto, aunque se corre el peligro de ser arrollado por las muchas motos eléctricas que hay en la ciudad. Son rápidas y silenciosas, algo que multiplica el peligro exponencialmente porque no las oyes llegar. Eso nos sorprendió mucho: la cantidad de vehículos eléctricos. Y que los motoristas no llevan casco, eso es impensable en Europa occidental. El hotel Xiao Yuan Alley Courtyard estaba en un sitio perfecto: en una zona de hutongs, pero a dos minutos de las grandes avenidas y a unos quince de la parada de metro más cercana. En las calles que rodeaban el hotel las casas eran bajas, de dos o tres pisos como mucho, mientras que en las avenidas encontrábamos edificios de más de diez pisos. Era un contraste brutal. Era como pasar de una gran ciudad a un pueblo. 

Puerta del hotel
Antes de dormir nos dábamos paseos por estos hutongs. Nosotros no vimos peligro alguno a pesar de ser ya de noche, al contrario, se veían gentes llevando su vida. Timbas de cartas sobre mesas improvisadas que agrupaban a curiosos chinos, o aquel extraño juego de mesa con fichas parecidas a las damas pero más grandes. Niños jugando, vendedores a pie de calle con locales abiertos, pequeños templos, construcciones cuyos andamios estaban formados por cañas. Los paseos eran muy agradables, sobre todo porque de noche no pasan tantas motos.

Y el hotel lo gestiona una familia. Hablan todos un perfecto inglés y son muy amables. Nosotros llegamos muy pronto y nuestras habitaciones todavía no estaban listas, pero nos guardaron las maletas mientras nosotros volvíamos al banco de China para cambiar Euros por Yuanes a un precio razonable. En el hotel no cambiaban dinero en contra de lo que nosotros esperábamos. La relación calidad/precio nos pareció muy bien, las habitaciones eran muy limpias y con decoración muy oriental. Nos dejaron palillos chinos como regalo, y el hotel contaba con un bar en el que cada día había una oferta: de 16 a 18h siempre había dos por uno en cerveza local (15 Yuanes la jarra, estaba rica, era muy suave y entraba como el agua), y unos días 50% de descuento en pizza, otros en sandwiches, otros en hamburguesa. Había comida occidental como podéis apreciar, y aunque estaba buena no había mucho donde elegir. Conste que yo con la comida soy fácil de contentar y no muy exigente. Además había un patio justo debajo del bar con unos sofás que daban a puertas de otras habitaciones, muy rústico y recomendable.
Partidica en un Hutong

Pero volviendo al banco de China, llegamos cuando quedaban dos minutos para su apertura, y en eso son muy serios. A veces hasta se pasan de puntuales llegando con demasiada antelación, eso nos ocurrió con el guía que nos llevó a la muralla, de lo que hablaré en artículos posteriores. Llegadas las 11 abrieron y entramos en el banco. A la derecha había como una pequeña recepción y nos dirigimos allí para expresar nuestra intención de cambiar Euros. Nos pidieron nuestros pasaportes y nos hicieron rellenar un formulario con nuestros datos, entre los que incluía la dirección de nuestro hotel. El cambio era bueno: 8.3 Yuanes por Euro, y sin comisión. Muy cerca de los 8.5 que ponía en Internet. Tras rellenar el formulario nos dieron una copia y nos hicieron esperar a que nos llamaran desde una de las taquillas que estaban al fondo. Allí repasaron nuestros pasaportes de nuevo, nos hicieron rellenar otros datos (como nuestro móvil) y comprobaron la validez de nuestros billetes de Euro como 5 o 6 veces. Miraban la foto de nuestro pasaporte y nos miraban a nosotros algo desconfiados. Tras unos 10 minutos de comprobaciones empezaban a contar el dinero que nos iban a dar, y tras este tedioso y pesado proceso por fin nos daban el cambio. Para terminar nos pedían que valorásemos el trabajo de la funcionaria, que eran mujeres en su gran mayoría.
Mucha burocracia, pero lo habíamos conseguido: teníamos Yuanes. El que peor lo pasó fue Jose, que como no sabía nada de inglés y el proceso era individual, entenderse con su interlocutora china fue misión casi imposible. Desde mi taquilla lo veía gesticular y jurar en Español del norte la falta de comprensión entre él y los empleados del banco. Le costó un poco más, pero el lenguaje universal de los gestos terminó por ayudarle.


Volvimos al hotel, donde por fin tendrían preparadas nuestras habitaciones.

Post Relacionados:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger…