viernes, 9 de mayo de 2014

De Beijing a Shanghai

Nuestro tren salía a las 9 de la mañana de la estación Beijing Nan South dirección a Shanghai Hongqiao para llegar allí a las 13:48. Ante nuestro evidente desconocimiento de las estaciones chinas nos pusimos el reloj a las 7 de la mañana. El trayecto desde nuestra ubicación hasta allí no era complicado: en metro llegábamos sin problemas. Sin embargo, y sin que nosotros se lo pidiéramos, nos llamaron por el teléfono los de recepción a las 6:20 de la mañana. Se lo agradecimos educadamente, pero tras colgar nos cagamos en sus muelas y volvimos a la cama. Pero no duramos mucho porque pensándolo fríamente ellos sabían mucho más del tema, y si nos habían despertado tan pronto podría ser por algo: tal vez fuera extremadamente difícil coger un tren en ese país.

Así que nos levantamos antes de nuestra hora prevista, revisaron las habitaciones y nos devolvieron la fianza. Sin desayunar llegamos a la estación y allí nos pusimos a buscar las puertas, que estaban escondidas tras una zona de espera. No había indicaciones de hacia donde estaban las puertas, sólo de donde estaba esa zona de espera. Ese resultó ser el lugar desde donde se accedía a las puertas para coger el tren. Ya más tranquilos pasamos por un super que estaba en la estación y compramos zumos y galletas varias para nutrirnos. Pasamos a la zona de espera tras superar un control parecido al de los aeropuertos, y nos encontramos que las puertas de embarque se dividían en dos: una para los primeros vagones del tren, otra para los últimos. Una raza superior estos chinos. Nuestro tren G1 salía de la puerta número 12, y nuestro vagón era también el 12. Desde 20 minutos antes ya se formaban filas para entrar al convoy, y todos llevaban una especie de tarjeta. Nosotros llevábamos unos tickets impresos en los que figuraba nuestro pasaporte, y nos costó darnos cuenta que nuestra fila era otra (que estaba al lado) en la que una china mal follada hacía una marca en los billetes, a modo de prueba de validez.

KungFu Fast Food
Nos tocó en los primeros asientos del vagón, lo que implicaba que podíamos estirar las piernas y estar al lado de nuestras maletas y el baño. Eso era bueno, pero no el frío que entraba por la puerta al abrirse, ni soportar el continuo tránsito de personas hacía el baño y el dispensador de agua caliente. Y es que al lado del baño había un aparato que ofrecía agua a alta temperatura para que la peña se hiciera sus tés. Antes de arrancar un revisor nos pidió el billete, y cuando lo hizo dormimos las casi 5 horas que duró el trayecto.

Por fin llegamos a la estación de Shanghai, donde nos dispusimos a comer. Ya llevábamos unas horas en China y había llegado el momento de comer algo local. La estación era un lugar seguro para hacerlo, con algunas cadenas como McDonalds pero con comida china. Elegimos una llamada KungFu, cuyo logo era el famoso Bruce Lee. Yo cogí un bol de trocitos de carne en salsa que llevaban bastante hueso, otro bol de arroz blanco que acabé combinando con el anterior, una extraña sopa de la que apenas probé tres cucharadas y una ensalada de lechuga caliente que estaba asquerosa. 

Jose y el nene
En la mesa de detrás había una familia con un niño chino de unos dos años. Era muy trasto y no paraba de mirarnos. Jose se puso a hacerle muecas y el niño lo imitaba y se partía la caja. Los padres pasaban de él y estaban encantados de que se lo distrajésemos un rato. El muy marrano se limpió las orejas en mi sudadera, aprovechando que yo estaba de espaldas. Y de pronto apareció un chino que era igual a un amigo mío. Y es que es increíble porque parece que todo el mundo tiene un clon chino. Durante todo el viaje veíamos personas a las que les encontrábamos un parecido con alguien de nuestro día a día, y es que es verídico amigos, todos tenemos una versión china. Podría haber un programa de tele basura que se dedicara a buscar a los clones que tenemos allí.

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