viernes, 16 de mayo de 2014

El mercado de la seda y el fin de mi HTC

En la estación
El lunes fue un día de transición porque volvimos de Shanghai a Beijing, y en esta última ciudad todos los espacios turísticos cierran a partir de las 17. El tren G16 lo teníamos a las 11 para no madrugar demasiado y accedimos al andén número 1 con un potente desayuno: una hamburguesa de KFC y un zumo de tomate. Recién sentados en el tren nos la comimos y caímos dormidos de nuevo las más de 5 horas del viaje. Esta vez estábamos en mitad del vagón, lo que nos quitó el frío de la ida. No obstante sufrimos el constante flujo del ir y venir de las azafatas ofreciendo helados, comida, revistas... Lo hacían en un chino melódico que se te grababa a fuego en la mente de tal manera que aún soy capaz de recordarlo a la perfección. No sabía si me gustaban o estaba a punto de cortarme las venas, toda una contradicción.

Mercado de la seda
Al llegar nuestro objetivo primordial fue llegar a tiempo al banco para cambiar dinero. Llegamos un poco justos porque cerraban a las 5, y como ya conocíamos el proceso fue todo mucho más rápido. Hasta Jose lo hizo sin problemas a pesar de su falta de conocimiento del inglés. El cambio había mejorado hasta 8.3 Yuanes por Euro. Al salir estaban cerrando y tuvimos que salir por otra puerta, ya que la principal ya la habían cerrado. Jose tardó un poco más y casi sale escoltado por el último segurata del banco.

Después volvimos al mismo hotel en el que estuvimos en Beijing y pagamos la cuenta. Para nuestra sorpresa fue la mitad de lo que habíamos calculado, así que ya en las habitaciones descubrimos que sólo nos habían cobrado una de las dos habitaciones que habíamos contratado. Guardamos el dinero restante para pagarlo cuando nos la reclamaran, y si no lo hacían nos pegaríamos un buen fiestón. 

Interior del mercado de la seda
Eran cerca de las 6 y lo único que había abierto era el mercado de la seda. Se trata de un gran centro comercial en el que hay innumerables pequeñas tiendas de todo tipo de cosas en las que se puede negociar por los productos. Casi todas las vendedoras eran mujeres y controlaban algo de español, lo justo para decirnos "cuanto", "amigo", "tacaño", "mas", "finito"... y poder negociar. Yo compré una mochila con ruedas bastante buena por 250 Yuanes y una bandolera por 65 Y, además de unas zapatillas adidas por 120. Todo gracias a Jose, un negociador implacable y sin escrúpulos. Ir con él era garantía de éxito porque se siente como pez en el agua en una negociación. Hasta el punto que volveríamos al otro día y muchas chinas se acordaban de él: el "tacaño". Dos horas fueron suficientes para comprar todo lo que nos vino en gana, y a las 9 volvimos al hotel.

Últimos momentos de mi móvil
Allí cenamos y birreamos bastante, a pesar de que al día siguiente madrugábamos para ir en coche a la Gran Muralla China. Como siempre en el hotel cenamos comida occidental: sandwich, nuggets y otras delicias. Hugo y Yohana se retiraron pronto como era costumbre, y nosotros tres nos quedamos con las jarras. Los camareros chinos aprovecharon que sólo estábamos nosotros y se pusieron hasta arriba de cócteles y cubatazos. Llegó el momento de recogernos y entonces mi móvil disfrutó de sus últimos segundos de vida. Al despedirnos levanté la mano con energía para decirles adiós a los simpáticos camareros, y mi HTC subió a la vez. Al llegar arriba mi mano se detuvo, pero el móvil siguió subiendo saliendo despedido con fuerza y cayendo al suelo estrepitosamente. Se abrió en unos cuantos pedazos. Lo monté pero ya nunca se encendió. Para mí fue una señora putada, pero Pablo y Jose se reían con ganas, y los chinos también. Una pena, fue un gran móvil que me ha durado 4 o 5 años. Quizá por eso tampoco le dí mucha importancia, porque ya me había hecho un gran papel. Para terminar la noche dimos una vuelta por los hutongs de los alrededores y nos echamos a dormir.

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