viernes, 2 de mayo de 2014

El metro en Beijing

Una vez en la estación de metro nos dirigimos a una ventanilla donde una inexpresiva empleada nos vendió los billetes a 2 Yuanes cada uno. Es decir, que cada billete de metro en Beijing nos costó unos 23 céntimos de Euro. Así sí se puede viajar bajo el suelo. Había máquinas expendedoras de billetes, pero todavía no teníamos la confianza suficiente para usarlas, preferíamos el trato humano. 

Nos dirigimos hacia la entrada de seguridad de las líneas, donde dos policías se aseguraban de que las grandes bolsas, maletas y mochilas pasasen por el detector y por el control de seguridad. Otro policía miraba detenidamente la pantalla donde las maletas iban pasando atravesadas por los rayos X. Su cara era como la de una vaca hindú (que diría Tyler Durden), totalmente carente de expresión. Tanto era así que parecía estar viendo un partido entre Osasuna y Levante. En España diríamos que a toda esta gente le hace falta un buen polvazo, o que están mal follados. No hizo falta pasar por el control los pequeños bolsos, sólo las maletas grandes. 

Hora punta
Una vez dentro del 'subway' fuimos a buscar la línea 2, que es circular, algo que no había visto en ninguna ciudad. El centro de este circulo es el centro de la ciudad, donde está la Ciudad Prohibida entre otras cosas. Hay leyes no escritas en la mayoría de los metros. Una por ejemplo es que en las escaleras mecánicas los que no quieren andar se echan a la derecha para favorecer el paso de los que tienen prisa por la izquierda. Eso es algo que se hace en muchos sitios, aunque en España nos guste tanto hacer barricadas humanas para cortar el paso, como si fueramos los cabezudos haciéndo una emboscada. Otra ley es que cuando un vagón de metro para, primero hay que dejar salir para poder entrar. El metro de Beijing es multitudinario, y por eso hay líneas en el suelo que te obligan a echarte a un lado para dejar salir a la gente del vagón. Hay guardas de seguridad que se dedican a vigilar que se cumpla esto, y nosotros fuimos corregidos en esa primera ocasión. Uno de estos guardas nos regaló una de las imágenes más sorprendentes del viaje. Llevan un pinganillo con un micrófono que les permite hablar a través de los altavoces de la estación. En un momento se puso a hablar en chino para hacer una pequeña pausa en mitad de una frase y soltar un sonoro eructo que rebotó por todas las paredes del lugar. Hasta los morros le temblaron al amigo, al más puro estilo Homer Simpson. Un segundo después prosiguió con su charla, pero lo más sorprendente de todo es que ninguno de los chinos del lugar parecía sorprendido, sólo nosotros, que nos mirábamos unos a otros sin llegar a creérnoslo del todo. Y es que los chinos ante todo son naturales: les encanta escupir, pero sobre todo les encanta rascarse la garganta hasta sacar la mayor flema posible antes de hacerlo. Un día, en una tienda de regalos, estaba Hugo mirando una figurita de Buda para comprarla, y la dependienta, en un acto de feminidad sin precedentes, se rascó bien la garganta llegando al paladar para sacar una buena flema, alejarse dos metros de nuestro lado, y escupirla por encima del mostrador camino de la calle. Si hubiéramos llevado carteles de puntuación le hubiéramos dado un 10 en la ejecución.

BONUS: ¿Por qué escupen tanto los chinos?

En dos paradas llegamos a Chaoyangmen, la parada de metro más cercana a nuestro hotel. Tenía varias salidas y eso nos descolocó un  poco. A nosotros y a dos andaluces que también acababan de llegar a la capital china. Gracias a ellos encontramos el banco de China, que estaba en una de las salidas, y que es la mejor opción para cambiar dinero. Era muy pronto y estaba cerrado, porque en China los bancos trabajan menos que los bancos españoles (de 11 a 17), pero las peluquerías abren hasta pasadas las 23 horas. Y es que los chinos son muy coquetos, y podemos encontrar casi tantas peluquerías como Kentaky Fried Chicken, con su cilindro de colores girando sin parar. Gracias al mapa ubicado fuera de la estación de metro pudimos saber en que dirección estaba nuestro hotel, que estaba un poco escondido. Las letras de los mapas estaban en chino, pero la forma de pie que tenía la calle encajaba en los dos mapas, así que nos despedimos de los andaluces (que hoy estarán volviendo a su casa). Llevaban un GPS que les iba a llevar a la puerta misma de su hotel. Nosotros eramos un poco más clásicos y tirábamos de mapas impresos de Google Maps. En 15 minutos llegaríamos a nuestro hotel.

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