martes, 20 de mayo de 2014

La Gran Muralla China

Eran las 7:50 de la mañana cuando nos llamaron por el telefonillo para despertarnos. Una vez más los chinos lo habían vuelto a hacer: despertarnos media hora antes de lo previsto. Nuestro conductor nos esperaba en la puerta del hotel junto con otros dos compinches. No obstante uno no cabía en la furgoneta de siete plazas que nos habían alquilado, así que se quedó en tierra incomprensiblemente el único que sabía español. Puesto que tenían tanta prisa solo pude escuchar de boca de este un "buenos días". Buen papel para un traductor que ya no volveríamos a ver.

Hugo se día más prisa que ninguno y había comprado desayuno para todos. A mí las cervezas del día anterior me habían afectado algo y lo que menos me apetecía era meterme en un coche, pero afortunadamente había aire acondicionado, y la furgoneta era amplia y cómoda. De los dos chinos que nos acompañaron, el que conducía era espigado y de gestos chulescos, y el segundo era tripudo y con una permanente sonrisa en la cara. Nuestra predisposición a entendernos con ellos era mayúscula, y la de ellos también, pero el idioma a veces es una barrera insalvable. Ni siquiera el Google Traductor que tenían instalado en sus iPhones ayudaba, ni las app que nos instalamos en nuestros móviles para traducción on-line.

Entendimos su propósito de madrugar tanto cuando llegamos a la salida por autopista de la ciudad. Unos atascos de kilómetros hacían que en determinados tramos andar hubiera sido más rápido. Nuestros chóferes estaban acostumbrados a ello y conocían todas las normas de circulación china: parecían tener preferencia los que se incorporaban a la vía y no se circulaba apenas por la derecha. Algunos coches ni siquiera llevaban matrícula. Puesto que no sabíamos sus nombres, apodamos cariñosamente a nuestros anfitriones como Yakuza (el espigado) y Tripabarro (el gordito). En ningún momento para ofender, se portaron con nosotros realmente genial. Yo intenté dormir pero mis compañeros no paraban de hablar, además de que Tripabarro interrumpía de vez en cuando señalándonos cosas que había por el camino: instalaciones de los juegos olímpicos o templos.

Después de una hora empezamos a ver anuncios en la carretera señalando tramos de la Gran Muralla. Pasamos dos tramos y en el tercero nos metimos. Mutianyu fue la zona elegida y Yakuza pagó por entrar en el parking y bajamos del coche. De ahí nos metimos en una fila en la que no había occidentales, y es que ni en la muralla íbamos a ver apenas gente de nuestros rasgos. Pensé que quizás ese tramo era más exclusivo para turismo oriental, y que nuestros anfitriones se lo habían currado mucho. La fila terminaba en un autobús que nos llevó en 15 minutos a otra zona ambientada de comercios de souvenires preparando al turista para la entrada. Allí Yakuza nos compró una botella de acuarius a cada uno porque el sol pegaba fuerte, y en la muralla escaparse del calor no iba a ser fácil. Pasamos por el baño y Yakuza nos sacó las entradas mientras Tripabarro se quedaba con nosotros, advirtiéndonos con gestos que cuidáramos nuestros efectos personales de los ladrones que allí esperaban un descuido. Jose y Pablo aprovecharon la ocasión para adquirir una gorra con la estrella comunista, tan típica del régimen chino. Yakuza también nos pagó una audioguía en inglés, y aunque se lo agradecí, para mí las audioguías son un auténtico incordio, y más en lugares que hay que andar tanto como en la Gran Muralla.

Después de entrar se nos acercó una china y nos pidió que nos hiciéramos una foto con ella y sus padres. Hablaba un perfecto inglés y era universitaria. Nos la volvimos a encontrar un par de veces más durante el camino por la muralla, y nos dijo que éramos muy guapos. Nosotros ya lo sabíamos, pero no sabíamos que era para tanto. Y es que allí éramos como famosos: cada 30 metros nos paraba algún turista chino y nos pedía una foto, y parar era un problema porque se formaban filas de chinos que no se atrevían a pedírnoslo en frío, pero si otro lo hacía él se unía. Así pasamos casi todo el rato en la muralla, como si fuéramos famosos de hollywood. Toda una experiencia de la que algunos disfrutábamos más que otros, porque a alguno no le hacía ninguna gracia pararse como si fuera una atracción de circo. Pasamos la primera torre de la muralla y nuestros guías pararon a echarse un cigarro. Cuando les dijimos que pretendíamos ir hasta la parte más alta posible se quedaron a cuadros. Hablaron entre ellos y dijeron que ellos no iban a subir más, que se quedaban en esa primera torre esperándonos. La verdad es que había tramos de bastante inclinación, no aptos para personas sedentarias. Y es que la Gran Muralla se extiende por las montañas en un sinuoso trazado en el que no importa lo escarpada que sea la montaña que la sujeta. Tras llegar a los más alto de ese tramo de la muralla nos hicimos unas cuantas fotos con y sin chinos, y volvimos al lado de Yakuza y Tripabarro, que nos esperaban impacientes para llevarnos a algún otro lado de Beijing.

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