miércoles, 7 de mayo de 2014

La plaza de Tian'anmen

Tuvimos que coger dos líneas de metro distintas para llegar a la puerta de la plaza de Tian'anmen. Esta plaza es un símbolo para el país y en su entrada aparece una inmensa fotografía de Mao Tse-tung (o Mao Zedong). Este hombre fue un líder que creó el partido comunista chino, que tuvo una enorme influencia en la historia de China. Esta plaza es histórica también porque es donde se produjo la matanza que lleva el nombre de la misma plaza en 1989. Algunos tal vez la recordéis por unas imágenes de un hombre plantando cara a una fila de tanques y consiguiendo que se detuvieran. Un símbolo de valentía que perdura en la memoria de los ciudadanos locales.


Nosotros salimos directamente en una de las puertas de la plaza, porque aunque es una plaza está cerrada y tiene un par de puertas de entrada en las que hay controles de seguridad. Su afluencia de turistas es constante, y como todo en Beijing la mayoría de ellos son nacionales. Y es que no hay que olvidar que China es uno de los países mas grandes del mundo, y uno de los más poblados. La mayoría de chinos no han estado nunca en su capital. La entrada estaba tan abarrotada que nosotros pensábamos que había una manifestación, y es que no veíamos turistas occidentales y la mayoría de los que guardaban fila portaban banderas del país. Ante tal panorama intentamos encontrar otro modo de entrar, porque aun pensábamos que la plaza era abierta. Sólo Yohana persistía en la idea de que esa era la entrada, pero los demás no lo vimos nada claro. Rodeando los muros no llegábamos a ninguna parte debido a la magnitud de la plaza, y el hambre y el cansancio pasaban factura. 

Pablo y yo decidimos comer algo en un puesto callejero de dudosa higiene, pero la pirámide de Maslow no atendía a razones y rozaba ya las necesidades básicas. Compramos una especie de pastel de carne, con masa de crep relleno. La verdad es que estaba muy bueno, sabía como a morcilla. Finalmente volvimos a la entrada principal, que se había despejado un poco. Al final la fila parecía dividirse en dos: una para los chinos y otra para los turistas, aunque no sé muy bien por qué. Pasamos el control por una puerta de claro estilo chino, y llegamos a la puerta con la foto. Desde ahí Mao observaba como el Gran Hermano a los miles de turistas que pretendían entrar por la puerta que su imagen custodiaba, pasando por un pequeño puente en el que a los lados había soldados, unos vestidos de uniforme y otros vestidos de calle. Antes de pasar por ella nos sentamos en un bordillo a descansar. Estábamos extenuados, yo especialmente. Se nos acercaron guías turísticos, que eran una plaga por allí, y nosotros llevábamos en la frente un letrero que ponía que éramos "turistas".

Al final le seguimos el rollo a una de ellas. Su táctica fue buena, haciendo todo tipo de preguntas curiosas, como si sólo tuviera curiosidad por nuestra naturaleza occidental. Después nos contó que tenía una galería de arte y que quería que la viéramos, gratis, por amor al propio arte. Sólo Pablo y Hugo se interesaron y se fueron con ella a verla. Jose, Yohana y yo les esperamos sentados en ese bordillo, mandando a hacer gárgaras los continuos ofrecimientos de guías. Estábamos tan cansados que Jose se quedo dormido. Aparecieron Pablo y Hugo, indignados porque la presunta artista había intentado venderles hasta sus riñones. Sin más, entramos a la plaza.

Para ser un recinto con entrada controlada, la plaza era bastante atípica: chiringuitos donde se podían comprar bebidas, la mitad del aforo eran guías ofreciendo flyers con sus servicios y su teléfono y un par de canchas de baloncesto. Al fondo, la ciudad prohibida, pero a eso entraríamos el último día. ¿Canchas de baloncesto? Sí. Cuanto daño a hecho Yao Ming señores. Su cara está estampada en innumerables carteles por la ciudad, y sobre todo en el metro. Y ya era difícil que cupiera con el tamaño que tiene el amigo, pero ahora es mucho más. Ahora Yao Ming parece el amigo gordo de Yao Ming. No sé por qué circunstancia para su papada ha redondeado su cara hasta el punto de costar reconocerle. Menos mal que los memes han conseguido que no podamos quitarnos de la cabeza su pícara sonrisa, y pensamos en él como si fuera un colega más de la cuadrilla.

Llegué a un punto en la plaza que tuve que comprarme una coca-cola para espabilarme. Un pedacito de capitalismo en la capital del comunismo. Mis rodillas flaqueban y se doblaban solas en el esfuerzo, así que les dije que me volvía al hotel. Eran las 15h y pretendía echarme un par de horas a dormir. Pablo estuvo de acuerdo conmigo y se unió, pero los demás querían aprovechar el tiempo y se dirigieron al mercado de la seda, que es un centro comercial con pequeñas tiendas donde se puede negociar el precio. A la salida de la plaza pasamos por el canal de agua que la rodea, ya fuera de los controles. Allí se acumulan muchos vendedores ambulantes con cientos de pijadas de esas que en España también venden los chinos: perritos de mentira que ladran, o cosas luminosas que se lanzan al cielo y caen despacio moviendo sus hélices. Pensaba que en china no estarían, pero están. Chinos vendiendo a chinos. Algunos de los vendedores estaban sentados en la acera y tenían amputados algunos miembros, e incluso vimos a una pobre mujer con claros síntomas de lepra. Tal vez sean resquicios de aquellos tiempos en los que a los ladrones se les cortaban las manos, o quizás me esté haciendo una paja mental.

Mirando el mapa buscando el metro nos dimos cuenta Pablo y yo de que estábamos más cerca del hotel de lo que parecía, así que decidimos caminar hasta allí. Nos despedimos del resto y nos fuimos para el hotel. En el camino vimos la otra cara de Beijing: tiendas de Gucci, Masserattis, y la limusina más grande que he visto en mi vida. Pobreza y lujuria de la mano a unos pocos metros en una ciudad tan enorme como Beijing.

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