miércoles, 21 de mayo de 2014

La zona olímpica y los puestos de comida de bichos

Después salir de la Gran Muralla aprovechamos para ir al baño y comprar bebidas isotónicas antes de montar en el autobús. Nuestro siguiente destino sería la zona olímpica de Beijing, y en el trayecto nos quedamos dormidos todos. Despertamos ya en la ciudad en una gasolinera donde Yakuza echó combustible, y aparcamos el coche en un parking de un centro comercial.

Salimos por unas escaleras a espacio abierto, y cruzando una carretera llegamos a una gran explanada de cemento donde se veían fundamentalmente tres edificios muy marcianos: el nido, el cubito y otro a lo lejos muy alargado. El primero era el estadio de fútbol donde también se celebraban los eventos de atletismo, el segundo  la piscina para deportes acuáticos y el tercero me recordaba al último platillo volante de la película de 'Men in black'. La explanada era enorme y estaba llena de comerciantes haciendo volar cometas que luego te intentaban vender. Lo que sí nos compró Yakuza fue un polo de hielo a cada uno, ideal para las altas temperaturas del día. El sabor era parecido al coco. 

Tras un rato de paseo se nos acercó Yakuza con su flamante iPhone donde había traducido algo para nosotros. La traducción rezaba: "¿Quieren ir a la posada a descansar o quieren seguir jugando?". Malditos traductores que hacen que nos creamos que estamos en un juego de rol. El pobre nos vino a decir que si queríamos ir al hotel ya o queríamos que nos llevaran a otro lado de Beijing. Decidimos que queríamos comer algo de comida china, pero no picante. Ahí también tuvimos un problema hasta que descubrimos que el traductor traducía picante como caliente, así que nuestros pobres guías flipaban un poco al entender que queríamos comer frío. Pero con gestos todo se arregla y finalmente entendieron que no queríamos comer embutido chino.

Yo esperaba que nos llevasen a algún sitio que ellos conocieran donde se comiera bien, pero los pobres no tenían ni idea. Se limitaron a llevarnos al centro comercial donde aparcamos y nos dejaron elegir un sitio. Elegimos uno y nos recomendaron algunos platos que estaban bastante ricos. Pagaron la cuenta que ascendía a 250 Yuanes, y con la tripa llena les pedimos que nos llevasen a un último lugar: un famoso parque de Beijing. Pero al llegar al enorme parking subterráneo no encontrábamos la furgoneta. Era alquilada y por eso ni siquiera Yakuza y Tripabarro recordaban como era. Pulsaban el cierre centralizado una y otra vez para ver si sonaba la flauta y se encendía entre los demás coches. Pero fue Jose, que no sabe inglés pero en los garajes y los pequeños comercios de regateo se mueve con soltura, el que la encontró pasado un rato.

Para cuando salimos del parking eran ya las 16:30, y el parque cerraba a las 17. Así que nos dijeron que ya no llegábamos, por lo que con ironía pedimos ir a "la posada". En una media hora nos plantamos en nuestro hotel y nos despedimos de nuestros guías. El precio acordado inicialmente era de 500 Yuanes, pero solo la comida les costó 250... Así que echamos cuentas y entre el coche alquilado, las entradas, las bebidas, los parkings... No sé cómo se ofrecieron a hacerlo. Les dimos 1000 Yuanes y aun así no sé si salieron con beneficio. Quizás a ellos no les importaba perder dinero y tener una experiencia con gente del viejo continente. ¿A ese punto puede llegar la amabilidad china? Quedaron satisfechos y nos despedimos muy agradecidos por su predisposición en todo momento.

Al llegar al hotel nos comunicaron que había habido un error con las habitaciones y que solo nos habían cobrado una. Nosotros nos hicimos los locos, y al rato cogimos el dinero reservado para ello y pagamos la habitación que nos faltaba. Aprovechamos para pedirle precio para ir al aeropuerto dentro de dos días, que era la fecha de vuelta. Por 400 Yuanes nos llevaban a los 5. Era mucho mas caro que el metro, pero el horario de salida era tan temprano que el primer metro del día nos iba muy justo. Así que decidimos pagarlo sin pensar demasiado.

Para aprovechar la tarde quisimos acercarnos al templo de Lama, pero por supuesto estaba cerrado por el horario. Afortunadamente estaba en una bonita zona de hutongs, así que decidimos dar una vuelta por las calles adyacientes. Eran muy chinas y muy típicas, rezumaban un encanto especial. La gente comía en terrazas, y nosotros nos sentamos en una para tomar unas cervezas. Resultó ser un bar de importación de cerveza, así que pudimos disfrutar de unas Franziskanner en China. Tras disfrutar de ese rato, decidimos ir a cenar a los puestos de insectos que estaban en otro punto de la ciudad.

Cogimos el metro y llegamos allí. Pablo y yo buscamos un baño público y al entrar nos encontramos con que no había paredes para los baños, que no eran tazas, sino los típicos agujeros que vemos en los pueblos. En uno de ellos un chino soltaba lastre sin complejos, sin vergüenza alguna, como quien caga en el campo. Eso nos llamó mucho la atención. Le faltaba el cigarrito en esa posición de cuclillas. 

Llegamos por fin a los puestos de comida. Carne, arañas, escorpiones, serpientes, cucarachas... Todo tipo de seres dispuestos a pasar por la plancha para ser devorados por los curiosos turistas. Y es que es puro turismo porque los chinos no comen realmente esas cosas. Sólo Pablo y Gambaro se atrevieron con una serpiente, cuyo sabor era una mezcla de pollo y sepia. Un poco raro, ¿no? Los demás comimos patatas, carne o tallarines. Todo de dudosa calidad gastronómica. Buen lugar para terminar nuestro penúltimo día en China.

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