martes, 13 de mayo de 2014

Perdidos en la noche de Shanghai

Estuvimos un buen rato paseando por la rivera del río. Al otro lado teníamos la espectacular vista de los rascacielos, haciendo que prestáramos nula atención a nuestro lado del río. No paramos de hacer fotos ni de caminar, y pensamos en buscar un modo de acceder al otro lado. Según el mapa había dos puentes que nosotros no eramos capaces de ver. Dedujimos erróneamente que era porque las distancias en el mapa son tan engañosas que todavía no teníamos contacto visual con ellos. La verdad es que no eran puentes, si no túneles por donde pasaban coches y las líneas de metro.

Después de mucho andar entendimos lo que ocurría, así que nos propusimos buscar una línea de metro para llegar a donde queríamos. Nos costó mucho porque el mapa estaba a una escala tan alta que no era nada claro. Nos subimos a una pasarela para poder divisar alguna parada de metro, pero no funcionó. La noche ya había caído y la niebla no ayudaba en absoluto. Bajamos y le preguntamos a un occidental que iba sólo y tenía pinta de conocer Shanghai. Nos indicó por donde deberíamos ir para encontrarla. 

Pero el cansancio y el hambre empezaba a crecer, así que en cuanto tuvimos oportunidad entramos a un Family Mark. Se trata de una cadena de supermercados que tiene tiendas por toda la ciudad, y nos hicimos asiduos de ellas. Compramos birra y patatas, y nos las comimos fuera de la tienda a pesar del frío. Siguiendo nuestro camino entramos a una sala recreativa que estaba en una nave. La puerta estaba custodiada por figuras enormes de los transformes, y dentro unos pocos chinos se divertían jugando a las máquinas. Era una sala parecida a la que podemos encontrar en los grandes centros comerciales españoles.

Por fin alcanzamos la boca del metro y en un momento nos plantamos a los pies de los rascacielos. Allí buscamos un sitio donde cenar, y esta vez fue uno de los millones de Kentaky Fried Chicken que hay en Shanghai. Y ojo porque no son como en España: tienen muchos bocadillos picantes que nosotros no tenemos, y yo pagué la novatada comiéndome una hamburguesa de pollo que picaba como el demonio. Después volvimos a la calle y subimos a una pasarela enorme que recorría la calle principal por encima del nivel del suelo. Como les gustan a los chinos las pasarelas, y la verdad es que son prácticas para no preocuparte por el tráfico. Pasamos cerca de los dos rascacielos más famosos: La perla de oriente y el abrelatas. Al día siguiente subiríamos a los alto de los dos.

La cerveza hizo que nuestras vejigas pidieran una tregua, pero eran ya las 23 de la noche y se nos había pasado el tiempo volando. No estábamos en España, y esa hora es intempestiva en cualquier otro país. Fuimos corriendo al metro, y como nos temíamos, ya había cerrado. Que torpeza la nuestra, ahora nos tocaba volver en taxi, andando o en bus. Salimos y todos los baños estaban cerrados, así que yo busque un bonito jardín donde poder desahogarme a gusto. Descartamos el taxi porque no sabíamos cuanto podía costarnos, porque éramos 5 y necesitábamos dos. Andando era imposible porque estábamos extremadamente lejos del hotel y no sabíamos donde había puentes para pasar por el río a pie. Sólo quedaban los tristes autobuses nocturnos, que habían reducido su frecuencia de forma drástica por la noche.

La perla de oriente y una pasarela
Nos acercamos a uno y por supuesto el conductor no tenía ni idea de inglés. Allí se acercó un muchacho chino con su móvil, y con un perfecto inglés se propuso a ayudarnos. Los chinos son muy amables por lo general, y si pueden ayudarte lo harán. Miró con su tarifa de datos que autobús necesitábamos, y después de debatir con el conductor en su idioma nos comentó que necesitábamos coger dos autobuses: uno para ir a otra zona del lado del río donde estábamos, y otro para pasar al otro lado. Y luego nos tocaría andar hasta el hotel allá donde nos dejase. El conductor no parecía muy contento de tener que llevarnos, pero cuando llegó el momento de bajar nos avisó con gestos. A mí me sorprendió que lo hiciera porque me dio la sensación de que no le caímos muy bien. Bajamos e hicimos caso a las instrucciones del chico, al que le agradecimos su ayuda antes de subir al primer bus y despedirnos de él. Doblamos una esquina y tras unos 100 metros encontramos otra parada. Necesitábamos coger la línea 3, pero allí no figuraba esa línea. Otra vez las dudas, y ahora el chico no estaba.

Jose, Pablo y Hugo aprovecharon el momento para mear por donde pudieron: todos los baños públicos estaban cerrados. Sin saber que hacer, le pregunté a una chica china por el bus 3. Casualmente ella esperaba ese coche, y casualmente hablaba inglés, y casualmente se bajaba en la misma parada que nosotros: People Square. La suerte nos echó un cable. Subimos a ese bus charlando con la muchacha. La forma de pago era curiosa: mientras en el primer bus pagabas y te cogías un ticket sin supervisión de nadie, en este vino un hombre a vendérnoslo mientras estábamos en marcha. La chica era curiosa y nos preguntó cosas sobre España hasta que llegamos a nuestro destino. Allí nos despedimos de ella y tomamos la dirección opuesta en busca del canal que estaba al lado de nuestro hotel. Lo encontramos rápido y solo tuvimos que seguirlo durante 20 minutos de caminata por las oscuras y vacías calles de Shanghai a las 12:30 de la noche. Por fin llegamos a nuestro hotel, donde pudimos ducharnos y descansar.

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