lunes, 12 de mayo de 2014

Primer paseo por Shanghai

Ya con el estómago lleno las cosas se veían de otra manera, así que cogimos la línea 2 de metro para llegar a la estación de Nanjin Road East. En seguida vimos grandes diferencias con Beijing, empezando por el metro: en Shanghai el billete de metro cuesta más o menos en función de la distancia de tu destino, así que cuando compras un billete debes especificar a donde quieres ir. Es mucho más coñazo que en la capital, que siempre vale 2 Yuanes el billete. Por lo menos era mucho más limpio, y entre el andén y el metro había una separación de cristal con unas puertas automáticas que se abren y se cierran a la llegada y partida del metro. 

Supongo que es para evitar riesgos de caídas e incluso suicidios, pero nosotros un día estuvimos a punto de ver un chino hecho pedazos. Esas puertas no se lo piensan: cuando se tienen que cerrar se cierran, y van un poco más despacio que las puertas de los vagones. Así que un chino que intentaba llegar al metro como Indiana Jones perseguido por la bola gigante en el templo maldito estuvo a punto de quedar atrapado entre las puertas del vagón y las de cristal. Afortunadamente logró salir hacia afuera, quedándose en el andén, pero la ostia de las puertas de cristal se la llevó. Después vimos como los chinos aprovechan cualquier oportunidad para mostrar publicidad, y el metro es un lugar genial para ello. Lleno de miradas perdidas, los viajeros no solo disponen de pantallas con anuncios dentro de los vagones, sino que fuera de ellos se proyectan imágenes sobre las paredes que van pasando a gran velocidad, paralelas al convoy. Esos proyectores que están en la parte exterior de los vagones, muestran una película de anuncios entre parada y parada, como si hubiera muchas televisiones pegadas la una a la otra cuando miras por la ventana.

El canal desembocando
Por fin llegamos a Nanjin Road East Station, y según las indicaciones del hotel debíamos salir por la puerta 5 de aquella estación, que era enorme. Menos mal que nos mandaron por correo electrónico un croquis de como llegar, porque estaba algo escondido. Gracias a eso lo encontramos en seguida. Shanghai nos recibió con una fina lluvia que calaba poquito a poco, parecida al chiri-miri cántabro. Tuvimos que sacar el chubasquero los que lo llevábamos, y a otros que no lo habían previsto les dejamos algún abrigo que nos sobraba. La niebla y la lluvia nos podían estropear nuestro breve paso por Shanghai. Al llegar al hotel Shanghai Fish Inn Bund (o la posada del pescado) nos pidieron los pasaportes, 200 Yuanes de fianza, y si podíamos pagar ya las dos noches. Les preguntamos por un banco para cambiar Euros a Yuanes, pero nos dijeron que al ser sábado por la tarde estarían todos cerrados. Hasta el lunes nada, y ese día nos íbamos. Así que tuvimos que exprimir nuestras carteras y sacamos esos Yuanes de reserva que se tienen para imprevistos, con lo que pudimos pagar sin problemas.

Subimos al apartamento: salón, baño y 3 habitaciones dobles. Una de ellas se la agenció Pablo, la de las literas Jose y yo y la última para Hugo y Yohana. El wifi de ese hotel era un desastre: primero te tenían que dar de alta en el sistema los de recepción, y luego cada vez que te querías conectar acceder por el navegador del móvil a una web, escribir tu habitación y pasaporte y entrar. Y después iba más lento que el paquete Higuera delante del portero. Así que sólo Pablo, Jose y yo lo intentamos, y solo Pablo y yo lo conseguimos. 

Era aun por la tarde y nos movimos con la intención de pasear por los rascacielos de la ciudad. El hotel estaba al lado de un puente que atravesaba un canal. En un primer momento nosotros creímos que ese canal era el río de la ciudad, pero estábamos equivocados: era una acequia comparado con él. Sin embargo la niebla nos ocultaba los rascacielos y no eramos capaces de saber hacia donde estaban. Rectificamos nuestro camino hasta tres veces para llegar finalmente al río principal. 20 minutos que estuvimos perdidos bajo la lluvia. Al final llegamos a la desembocadura del canal en el río, y al otro lado de este aparecieron fantasmagóricos los rascacielos. Fue una estampa bonita porque parecían infinitos, perdiéndose entre la nubosidad tan baja, pero nos preocupaba perdernos verlos en su totalidad si el clima seguía así.

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