viernes, 23 de mayo de 2014

Último día en China

Nuestro último día en China fue duro para mí. Me había cuidado de las aguas del grifo durante toda la semana, lavándome los dientes con agua mineral incluso. Me había cuidado el día anterior de comer cucarachas, escorpiones o serpientes a la plancha. Pero al ver que los demás estaban bien, decidí lavarme los dientes con agua del grifo. Y al día siguiente fui a visitar al señor roca como unas veinte veces.

Desde primera hora sufrí intensas punzadas de dolor de tripa, y no pude comer nada hasta bien entrada la mañana. Sin embargo eso no me impidió ir a visitar la Ciudad Prohibida, una espectacular zona de plazas donde antes sólo podían entrar algunos privilegiados. Los que intentaban hacerlo sin permiso acababan siendo asesinados. Es enorme y la afluencia de turistas es muy grande. La sucesión de plazas parece interminable y muchas de ellas son tan parecidas que parece que no avanzas. Los portones entre plazas son grandiosos y tienen una decoración oriental muy recargada. Podemos encontrar dentro pequeños templos y algún que otro edificio decorado como antaño, con el mobiliario de aquella época. Pero para mí la parte más bonita es la parte del final, con pequeños árboles dando color al constante color piedra.

La siguiente parada iba a ser el Templo del Cielo. Para ello tuvimos que coger un metro, pero perdimos un tiempo precioso buscando una estación. Preguntamos a un turista que nos indicó la dirección, pero nos pasamos y llegamos a un punto en el que nadie sabía inglés. Después de 40 minutos andando, algunos nos decían que cogiéramos un bus para ir a la estación más cercana. Fue una travesía por el desierto, hasta que sin parar de caminar dimos con una, con cierta suerte.

El metro nos dejó en una de las puertas del Templo del Cielo. Se trata de un bonito parque en el que hay que pagar para entrar. Nosotros además compramos un plano pintado a mano con mucho arte, que nos indicaba donde estaban las cosas más importantes del mismo. En cada uno de estos sitios te pedían la entrada, y Hugo tuvo que comprar otra porque no sabía donde la había metido. Afortunadamente no era demasiado caro. Vimos cosas bastante curiosas: un travesti cantando y gente ofreciendo espectáculos al aier libre para llamar la atención del viandante. La verdad es que el parque es precioso, y tiene partes muy curiosas y bonitas. También había un árbol que tenía cierto significado místico. Los chinos que por allí pasaban extendían sus manos para acercarlas al tronco, como si emitiera una especie de forma invisible. Parecían los de la película Avatar, pero escupiendo en el suelo.

Al salir del parque comimos en un McDonalds en contra de la voluntad de Pablo, y como ya era algo tarde terminamos gastándonos los pocos cuartos que nos quedaban en el mercado de la seda. Es un buen sitio para terminar de gastar moneda china, porque luego en el cambio del aeropuerto te la clavan, por lo que es preferible gastarlas en algo material que puedas llevarte a casa. Y para finalizar nuestro viaje terminamos cenando de nuevo en el hotel, cerveceando aquellos cuyo estómago se lo permitió.

Al día siguiente vuelo de vuelta al punto de la mañana. Nos esperaban más de 24 horas entre vuelos, esperas, autobuses y taxis.

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