martes, 27 de mayo de 2014

Valorar


Entré a un bar y me pedí una cerveza. Venía de jugar un partido de fútbol con un amigo, y él y los demás se liaron a una partida al futbolín. Yo ya había tenido suficiente competición por aquel día y preferí mantenerme al margen, viendo lo que echaban por la tele del garito tranquilamente. Las camareras eran monas aunque bien distintas, una bien flaquita y la otra algo voluptuosa. De repente entró por la puerta una mujer más mayor cuya cara me resultó familiar, pero no llegué a saber quien era hasta pasado un rato.

El recuerdo de ella me venía desde hacía años, muchos años. Era la madre de alguien a quien yo conocía, alguien a quien no le faltó nunca de nada. Y no es que a mí me faltase algo, que nunca fue así, si no que él tuvo absolutamente todo lo que quiso gracias al potencial económico de su familia. Por alguna razón recordaba con desprecio a aquel muchacho, a su vida descapotable llena de caprichos y al éxito que se le presupone a aquel que tiene acceso a lo que está de moda. Me lo imaginaba como a Ken, al de la Barby, con su coche lleno de bellezas rubias, trabajando cuando le apetecía en lo que le apetecía.

Seguramente su vida nunca fue así, si no que era mi mente empanando una pequeña croqueta que se iba haciendo más grande a cada giro en el pan rallado. O quizás sí, no lo sé. En cualquier caso mi desprecio hacia él aumentó con cada pensamiento. La casualidad es muy caprichosa y me lo encontré pasados unos días en otra punta de la ciudad. Su apariencia reflejaba exactamente lo que yo imaginaba: camisa de cuadros bien planchada, pantalón vaquero corto con doble antes de la rodilla y unas zapatillas bien caras sin calcetines. Piernas depiladas y una imagen bien llevada con lo último de la moda. Fue al verlo cuando decidí cambiar mi pensamiento.

¿Qué culpa tenía él de haberlo tenido todo hecho? ¿Qué culpa tiene él de que yo lo desprecie por ello? Seguramente todos en su posición harían lo mismo, y aunque me cuesta imaginarme en esa tesitura posiblemente yo también. No voy a decir que llegara a sentir aprecio por él, pero si cierta compasión. Compasión al pensar que él no tiene culpa de no necesitar esforzarse para comprar un coche, y que tal vez jamás podrá valorar tanto las cosas como yo. Tanto como yo valoro mi furgoneta, pagada cada céntimo con el tiempo invertido en mi trabajo, sin que nadie me regale nada. Sé que es algo inerte, algo material que me cuesta mantener y que algún día se romperá y tendré que vender. Pero ahora es un pedacito de mí, de lo que significó mi esfuerzo por conseguirla.

Fue una sensación extraña y un tanto bipolar pasar del desprecio a la compasión, pero fue un buen cambio. Un cambio que me ayudó a quererme un poquito más, y a no centrar mis pensamientos en lo negativo del asunto, que por otro lado tampoco tiene tanta importancia.

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