viernes, 6 de junio de 2014

El día que...


Antes de vivir en Zaragoza capital vivía en un barrio rural situado a las afueras de la ciudad. En realidad me gustaba mucho vivir allí porque era muy tranquilo y podía salir a la calle con solo abrir una puerta, pero tenía el inconveniente de que cuando salía a tomar unas cervezas por Zaragoza no tenía mi cama a mano. Fue así cuando decidí montar una pequeña estructura en mi furgoneta que me permitiera dormir las noches de salir hasta que se me pasara la tontería, para después coger el coche y volver a casa.


Esto lo hice infinidad de veces sin percance alguno, pero un día todo cambió. Era verano y había ido a una cena de trabajo que se había prolongado hasta casi las 5 de la mañana. A esa hora llegué a mi furgoneta donde ya tenía preparada la cama, que básicamente era un colchón hinchable en el maletero aprovechando el espacio que dejaban los asientos traseros plegados. Afortunadamente yo soy pequeñito y quepo sin mayor dificultad, de hecho si me coloco en tumbado posición diagonal desde el respaldo del asiento del conductor hasta la esquina opuesta del maletero me puedo estirar completamente. Así que me quité los pantalones, cerré la furgoneta con el mando desde dentro y me tumbe a dormir la mona. 

Fue a las 8 de la mañana cuando me desperté con unas tremendas ganas de mear. Aparcaba siempre en el mismo, que era un descampado sin asfaltar donde los coches estacionaban sin orden ni concierto. Me levanté y salí por la puerta del maletero. Como había tantos coches alrededor y solo iba a ser un momento no me puse los pantalones ni las zapatillas. Cerré la puerta y terminé la tarea rápido. Cuando fui a abrir de nuevo el maletero me di cuenta de mi error. La furgoneta estaba cerrada, las llaves dentro con el móvil y mi cartera, yo en calzoncillos, calcetines y una camiseta de color rosa. ¡De color ROSA! No me lo podía creer, pero en el fondo lo sabía: la furgoneta no se iba a abrir porque si abres la puerta del maletero no salta el cierre centralizado. Con cualquier otra puerta sí, y si hubiera salido por alguna lateral la furgoneta estaría abierta. Pero no era así. Dí dos vueltas al vehículo comprobando cada una de las puertas que encontraba en el rodeo. No podía ser. Miraba a través de los cristales tintados para observar con nostalgia las llaves y el móvil. Vaya putada.

Empecé a pensar en alternativas. Ya había luz diurna y cualquiera que me viera allí con esas pintas podía pensar que era un ladrón o un yonki. Pensé en quedarme debajo de la furgoneta un rato, encima del suelo de tierra hasta que se me ocurriese algo lógico que hacer. Pero estaba nervioso y no me quería manchar. Pensé que podría entrar a algún bar a que me dejaran usar el teléfono después de explicarles mi situación. Y entonces pensé en mis tíos. Mis tíos vivía a 15 minutos andando de aquel terraplén. Si fuera corriendo estaría allí en pocos minutos. Pero ellos tienen dos hijos pequeños que juegan al fútbol todos los sábados, y siempre van a llevarlos y a ver sus partidos. Era sábado y eran las 8 de la mañana. Con un poco de suerte no jugarían muy temprano y estarían en su casa, y desde allí llamaría a mi padre para que me trajera la otra llave de mi furgoneta. Si no estuvieran mi tíos podría ir a casa de mi abuela, que estaba mucho más lejos, o podría hacer lo del bar...

Empecé a correr con todas mis fuerzas y afortunadamente había muy poca gente por la calle. Sólo unos cuantos jardineros presenciaron la carrera de un tío de camiseta rosa en calzoncillos. Recuerdo uno montado en un cortacésped que se me quedó mirando, deteniendo incluso el aparato. Para que os imaginéis el ritmo, llegué al portal de la casa de mis tíos con los calcetines rotos. Allí recé todo lo que sabía al pulsar el botón del portero automático y... tuve suerte. Estaban en casa. Subí y cuando mi tía abrió y me observó me preguntó si me habían robado. Y le dije que no, que peor. Les conté todo lo sucedido y entonces me relajé y nos reímos todos. Me dejaron unas zapatillas y unos pantalones, e incluso me dieron de desayunar. Me sentí como un auténtico indigente. Mi padre se presentó al rato con la otra llave y recuperé el timón de mi vida.

A los días volví a casa de mis tíos para devolverles la ropa, y al pulsar el botón del portero automático me abrió mi tía. Escuché a mi primo pequeño como le preguntaba a ella: "¿Que le ha pasado ahora?"

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