martes, 21 de octubre de 2014

Yo salvé a un caracol

El lugar donde lo dejé
Hacía ya tres días que mis zapatillas descansaban en la terraza de mi casa. Aquel día una tromba de agua inesperada me pilló por sorpresa empapándome por completo. Al llegar a mi casa lo primero que hice fue descalzarme e ir directo a la terraza, zapatillas y calcetines en mano, para dejarlo secar al aire libre.

Había pasado el tiempo suficiente para que aquellas zapatillas secaran bien, así que salí al balcón para ponérmelas de nuevo. Primero cogí la zapatilla izquierda y me la puse sin problemas, pero la oposición llegó al meter mi pie derecho en la zapatilla sobrante. Algo obstaculizaba mi dedo gordo y no dejaba que aquello encajase. Era bastante grande lo que había dentro, y aunque al principio pensé que podía ser una piedra me resultó extraño... ¿de donde había caído un cuerpo semejante? Había una mesa encima de las zapatillas, así que era improbable que hubiera caído allí fortuitamente. 

Antes de agitar y ver si caía algo, coloqué la zapatilla a la altura de mis ojos. Descubrí que descansaba allí un enorme caracol, que había encontrado en el asiento de mi dedo gordo su lugar de descanso. Podía haberlo cogido y tirarlo a la basura. Podía haberlo sacado de allí y lanzarlo al vacío para que su cáscara se rompiera en mil pedazos. Pero no lo hice. En cambio desarrollé una especie de cariño paternal hacia aquel pobre ser. Si me hubiera entendido le hubiera comentado mis planes para él. 

Lo saqué de ahí y me puse la zapatilla donde dormía. Salí de la terraza y atravesé la cocina para salir de casa. Bajé las escaleras y me planté con él en la calle. Crucé la carretera y llegué a un pequeño espacio arbolado con algo de césped sobre la tierra. Miré al suelo, intentando adivinar cual era el mejor sitio para mi pequeño invertebrado. Cuando lo decidí lo dejé allí, entre la hierba.

Sin más volví a mi casa. Yo salvé a aquel caracol, que seguramente no se enteró de nada. Es posible que yo le diera una nueva oportunidad de vivir sin que él fuera consciente, pero él también me dio cosas. Me ofreció la sensación de que fui importante para él. Me ofreció el pensamiento de que en un mundo donde no hay tiempo para nada, invertí unos minutos en ayudar a un molusco sin nombre. Me ofreció saber que un gesto que no pasará a la historia me puede reconfortar de una forma especial, haciéndome sentir libre e importante.

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