martes, 4 de noviembre de 2014

Los nervios


Los nervios son esos compañeros que nos siguen allá donde vamos para recordarnos lo que nos estamos jugando. Cuando no nos jugamos nada desaparecen y nos dejan actuar con normalidad, pero en el momento que algo adquiere importancia aparecen de la nada. Es por eso que detrás de cada momento nervioso se esconde un deseo.


Si no deseáramos cosas nunca no nos pondríamos nerviosos. Pero también hay momentos en los que deseamos cosas y no esta presente esa molesta sensación de intranquilidad, así que no es simplemente el deseo el que provoca los nervios, se necesita un ingrediente más.

Yo soy una persona muy nerviosa y reconozco lo que hay detrás de todo esto. A veces nosotros mismos ocultamos nuestros deseos detrás de caretas para que los demás no vean lo débiles que somos. Desear implica un riesgo, implica que quieres algo que no tienes en ese momento y que puede que lo consigas o puede que no. Cuando las dudas sobre tu capacidad para conseguir algo que quieres se ciernen sobre ti, es cuando aparecen los nervios.

¿Cual es la solución entonces? ¿Como podemos dejar de ser personas nerviosas? Creo que hay una solución bastante drástica, tan inhumana como utópica: dejar de desear. Si no deseas nada no sufres por nada. Hemos visto a muchos budistas luchar contra el deseo, renunciar a lo que el ego quiere de nosotros. Es muy complicado y requiere un dominio mental absolutamente deslumbrante, alejarnos por completo de lo que se mueve a nuestro alrededor y que nos empuja siempre a desearlo todo. Es una opción de trabajo mental diario y constancia, y es posible que mediante la meditación nos podamos acercar a eso. Pero creo que desear cosas no es malo, es más, es normal desear mejorar y tener objetivos que nos empujen a tener más ganas de vivir. Por eso veo otro camino para la lucha contra los nervios: la humildad.

Cuando deseamos cosas que se nos pueden antojar difíciles tendemos a callar. No nombramos nuestros deseos reales ni en nuestra propia cabeza, matando nuestra naturaleza más original. Pero de vez en cuando surge de nuevo con más fuerza para contradecir lo que hemos querido matar, para descubrir que nos engañamos a nosotros mismos. Eso nos pone nerviosos. Pero si reconocemos abiertamente nuestros deseos por estúpidos que parezcan, y reconocemos que son difíciles de alcanzar pero que aún así vamos a intentarlo, entonces los nervios que nos acompañan no tienen mucho más que decir ahí. Esa aceptación de la realidad sin rendirse puede ser la clave.

La verdad será nuestro argumento cuando alguno de estos mentecatos se interponga en nuestro camino para decir que nos la estamos jugando. Puesto que no nos guardamos nada podremos argumentarle racionalmente que no nos jugamos nada porque no tenemos nada, que es muy difícil conseguirlo y que seguramente no lo conseguiremos, pero que estamos en nuestro derecho de intentar conseguir materializar nuestros deseos.

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