miércoles, 12 de noviembre de 2014

Mi encuentro con Rex

Fue el viernes pasado. Fue un cúmulo de circunstancias.

Tuve una reunión tarde y no llegué a entrenar, así que al llegar a casa decidí que tenía que hacer algo de ejercicio para compensar mi ausencia en el entrenamiento. Era una tarde-noche muy fría, de las más frías que recuerdo en este año de tiempo loco. Me preparé bien con una camiseta térmica y salí con ganas. Eran las 20:10. Improvisé un circuito bastante completo al que quería darle tres vueltas. Empecé con trote suave para llegar a un tramo de sprints que terminaba en un parque. Allí daba la vuelta a la zona verde usando las barras y asientos que allí hay, y que dan para flexiones, dominadas, abdominales, etc... Después bajaba por una larga calle cuesta abajo para subir un tramo de escaleras: unas cuantas a la pata coja y las últimas con los pies juntos. Bajaba otra cuesta para volver a subir una similar y terminaba en otras escaleras que subía de dos en dos.

Pues bien, cuando llegué al final de la segunda vuelta empecé a dudar si quería hacer la última. Finalmente me convencí a mi mismo para hacerla, y eso marcaría el resto del fin de semana. Al llegar a las últimas escaleras por tercera vez me pareció ver algo moverse entre la oscuridad. Pensé que era una bolsa, pero se movía de forma extraña, así que paré a observar. Ahí estaba él, tumbado en el tercer escalón enroscado en sí mismo. Me acerqué y vi que estaba temblando ostensiblemente. Le dije algo tratando de llamar su atención, pero su cabeza se levantó mirando al infinito. Le llamé de nuevo y su cuello se movió torpemente en una dirección errónea. Estaba congelado, sucio y viejo, y además era ciego. En seguida entendí que era imposible que ese perro sobreviviera por si mismo. Quizás lo hubieran atropellado o hubiera tenido alguna pelea. Le traje una camiseta vieja para ponérsela encima y no protestó. Yo no podía ver su cara porque la poblaba un montón de pelo y suciedad. En seguida llamé a Ana, que se aproximó a las escaleras desde casa. Lo inspeccionamos y le pusimos una manta, pero después de ver que estaba hinchado y que tenía algo de sangre me convenció para que nos lo lleváramos a casa. No podíamos dejarlo morir sólo en esas condiciones.

Yo siempre quise ayudar a Rex, pero fue Ana la que tiró de mí para que durmiera en casa. Sin ella, Rex hubiera dormido en la calle bajo una manta. Conseguimos meterlo en la manta y lo llevamos a casa tirando cada uno de un lado, como en una hamaca. Él no se quejaba, ya tenía bastante con lo que tenía. En casa lo limpiamos: el pobre se había cagado encima. Lo observamos mejor y vimos su vientre hinchado, como apresionado por un tumor. Llamamos a la policía, al seprona, a la guardia civil. Todos nos remitían al día siguiente.

Rex durmió 11 horas seguidas sin cantearse. Estaba cansado, y cuando despertó bebió agua sin parar y un poco de pan mojado en agua. Yo no lograba entender como había logrado sobrevivir en esas condiciones ni de donde había podido salir en tan pésimas condiciones. En el fondo creía que alguien lo había abandonado, alguien que lo había querido pero que era incapaz de aceptar las condiciones actuales del can. También pensaba que con la poca capacidad que mostraba, alguien lo había atropellado, y de ahí su dificultad al moverse y las heridas que tenía en el cuello y en la cabeza. Con su andar torpe se movía por la cocina golpeándose contra los muebles sin saber que hacer, ni a donde ir. Yo esperaba la llamada de la protectora para que se lo llevasen. Me temía que las horas de Rex estaban contadas porque ya hay muchos perros a la espera de adopción que son más jóvenes, ven y pueden andar más rápido que un caracol. Creía que se lo llevarían y lo sacrificarían, y tal vez ese fuera un mejor final que morir en la calle de frío, totalmente solo.

Pero entonces me llamó Ana. Había hablado con alguien que había denunciado la desaparición de Rex, y que la policía le había dado nuestro teléfono. En seguida se personaron en mi casa dos chicas, que estallaron en alegría al ver al pequeño perro. Allí escuché por primera vez su nombre. Rex por su parte parecía no enterarse de nada, y yo conocí su historial de desgracias: atropellado de pequeño por un coche que le rompió la cadera, pérdida de un ojo por el ataque de una picaraza, y 11 años que le daban esa apariencia tan desmejorada. Al día siguiente nos invitaron a su casa a tomar café y nos contaron que Rex había desaparecido de un jardín bien vallado. Con nuestros ojos comprobamos que era imposible que lo hubiera hecho por sí mismo, así que es posible que alguien saltara y se lo llevase de allí. Luego no sé para que fin lo utilizaron: si para pelearse con otros perros o para divertirse maltratándolo. Lo cierto es que Rex intentó volver a casa en su maltrecho estado y no pudo subir una escalera, utilizando el tercer escalón donde lo encontré como refugio.

Fue una alegría inmensa saber que Rex no moriría solo y que tiene una familia que lo quiere y que lo pasó mal al conocer su desaparición. Creo que difícilmente me olvidaré de los sentimientos que despertó en mí, y aunque Ana y yo hicimos mucho por él, creo que Rex nos recompensó con la sensación de sentirnos humanos. Y no mirar para otro lado aunque sea lo más fácil.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por comentar!!

Post Relacionados:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger…