viernes, 6 de noviembre de 2015

El método del garbanzo para conseguir objetivos


Leí en un libro un método para conseguir objetivos que me llamó la atención de tal manera que me he puesto manos a la obra con él. Aunque se puede aplicar a todos los ámbitos de la vida, en este caso mi propósito es simple y llanamente hacer más ejercicio y comer bien.

El método es muy sencillo:

  1. Compra una botella de agua de plástico de litro y medio.
  2. Bébete el agua (es muy sano, aunque no tiene nada que ver con el propósito)
  3. Coge una tijera y corta la botella por la mitad, de modo que te quede un recipiente abierto.
  4. Elige una serie de normas para conseguir tu objetivo, y cada vez que cumplas una echa un garbanzo. Cada vez que no cumplas otra quita un garbanzo.
  5. Cuando hayas llenado el recipiente estarás muy cerca de conseguir tu objetivo si has sido realista a la hora de definir tu meta final y las normas de poner y quitar garbanzos.
Mi meta no es nada concreto. Yo le he denominado proyecto pibón, porque entiendo que cuando consiga rellenar ese contenedor de garbanzos secos estaré en mi punto (ahí queda eso). Ahora os voy a explicar las normas elegidas en mi caso:

  1. Cada día que haya comido sano (sin fritos, sin chocolate, sin repostería, etc...) sumo un garbanzo.
  2. Cada día que me beba dos litros de agua o más sumo un garbanzo.
  3. Cada media hora de deporte que haga sumo un garbanzo.
  4. Cada cosa que coma que no se considere sana resto un garbanzo (además de perder el de la norma 1).
  5. Cuando cumpla tres días sin hacer ejercicio resto un garbanzo.
  6. En cada semana dispongo de 24 horas seguidas donde las normas del garbanzo no aplican: ni sumo ni resto, Yo elijo cuando empiezan mis 24 horas.
  7. Puedo tomar una cerveza cada dos días sin perder garbanzos. Si son más, cada una resta.

Son normas llevaderas que me hacen querer conseguir objetivos sencillos que me llevan a una meta final más elevada.

¡De momento funciona!

viernes, 16 de octubre de 2015

May

Desde que no tengo la costumbre de escribir con asiduidad en el blog han ocurrido muchas cosas en mi vida. Una de las más importantes ha sido la llegada de May, una miedosa podenquita ibicenca. Hace ya cinco meses de su llegada y los cambios que ha experimentado son brutales.

Mi novia y yo teníamos en la cabeza adoptar un perrito. Mis preferencias eran que fuera macho y pequeño de tamaño, y las de mi novia que fuera un "olvidado". Este término se refiere a aquellos perros que se pasan la vida en la protectora a la espera de una adopción, pero ésta nunca llega por unas razones o por otras: perros miedosos, agresivos, viejos o que simplemente no entran por los ojos de la gente. Nos pusimos en contacto con Zarpa y nos ofrecieron una serie de candidatos que encajasen entre los "olvidados". Queríamos que tuviera por lo menos cinco años y que fuera un perro al que pudiéramos ayudar. Y a la segunda fue la vencida.


May estaba de acogida en una casa que ya no se podía hacer cargo de ella por temas laborales. Una acogida es una adopción temporal. Llevaba un mes allí y todavía no se había adaptado debido a sus profundos miedos. Anteriormente había estado un año (también de acogida) en una finca con una decena de canes donde pudo saborear el aroma de la felicidad junto a sus compañeros de especie. Y antes de eso sufrió el maltrato desde que era una cachorrita, a manos de unas personas que marcaron su personalidad para siempre.

Cuando llegó a casa no comió ni bebió agua en varios días. Se pasaba el día encima de un sofá con los ojos como platos, pendiente de todas las amenazas que podrían surgir del entorno. Salir a la calle también era una tortura para ella y se pasaba el rato con el rabo entre las piernas. Para que os hagáis una idea, simplemente el contacto visual conmigo hacía que se echase hacia atrás, tirando de la correa en un infructuoso intento de escapar. Como si el siguiente paso de la mirada directa fuera un golpe.

Ha pasado mucho tiempo y ella sigue en subida a un sofá todo el tiempo, pero por lo menos ya no siempre es el mismo. Se cambia de uno a otro y si se lo sugieres ella misma se levanta y se cambia. Ya come a la luz del día de vez en cuando en lugar de esperar a que caiga la noche y estemos dormidos. Y lo más importante es que baja a comer al suelo, ya que los primeros meses tenía que ser en el sofá. Nos da muchos besos y baja a la calle con una alegría que contagia y nos llena el alma, y además la podemos soltar porque nos sigue. Es una perra buenísima: obediente, cariñosa, guapa... y aunque a veces es incapaz de mirarnos a la cara, espero que eso vaya cambiando también.

El artículo que os escribo venía por dos motivos. El primero y ya cumplido era presentaros a May y contaros un poco de su historia. El segundo se debe a una reflexión que hice mientras daba un paseo con esta peluda. Viéndola jugar y desprendiendo esa alegría que tanto me llena y de la que se le ha privado tanto tiempo, empecé a pensar en la suerte. La mala suerte que tuvo al nacer en un lugar donde fue maltratada, y la buena suerte que ha tenido en caer en un hogar que la quiere y la respeta. Pensé en todos esos perros que la primera de las suertes que tuvo May acaban por matarlos. Y en todos esos perros que nacen en hogares repletos de cariño y que al final de sus vidas no han conocido el miedo ni el sufrimiento. Para mí es muy recurrente pensar en la buena suerte actual de May, porque me hace sentirme orgulloso de quienes somos al verla feliz. Pero luego pensé en que nosotros, como seres humanos, corremos la misma suerte.

La vida de los perros pasa más deprisa que la nuestra, y a lo largo de los años vemos pasar de largo muchas generaciones de canes con distinta suerte. Nuestra vida es más larga y damos por hecho que lo que tenemos en nuestra vida es lo que hay. En mi caso me di cuenta de que igual que agradezco la suerte actual de May, debo ser agradecido con la vida por el lugar en el que he caído y con la gente que he encontrado. No me falta de nada y he dado y recibido cariño desde que tengo memoria, y aunque las cosas pueden cambiar el pasado permanece. Y estoy muy agradecido por el mismo y por mi momento actual. Este pensamiento debería llenarme el alma de agradecimiento, igual que me llena de orgullo ver a May corretear por los caminos.

lunes, 5 de octubre de 2015

Las acciones incompletas del miedo



El miedo impide el desarrollo natural de la mente, pero puede que se haya convertido en un hábito en el mundo en el que vivimos. Esto quiere decir que no somos conscientes de lo que nos hace porque lo aceptamos de forma natural. Estamos atrapados en un condicionamiento que somos incapaces de observar.

Pero cuando somos conscientes del miedo intentamos que no ocurra, intentamos detener esa acción. Pero la verdad es que los efectos del miedo solo los conocemos verbalmente, como recuerdos que se nos presentan proyectados al futuro. En el presente no notamos los efectos de lo aquello que es temido. Al no ver los efectos del miedo en el momento presente no podemos actuar, por lo que la acción es incompleta. Ese hecho de no poder hacer nada al respecto nos vuelve más temerosos si cabe, entrando en una peligrosa espiral de miedo psicológico. Esa acción es fragmentaria, nos aísla del momento presente y produce un lucha sin sentido que provoca la ansiedad y el dolor.

En cambio, ante una amenaza física que obliga a tomar una acción porque peligra nuestra integridad, esa acción no es fragmentaria aunque tampoco es espontánea. Vivimos condicionados de modo que vemos muchos peligros adquiridos por generaciones anteriores, que han podido interpretar que determinadas cosas representan un riesgo. Muchas veces están en lo cierto esos impulsos, aunque muchas otras veces no tienen mucho sentido. Y de ahí hay que distinguir sí la acción que tomamos viene motivada por ese miedo o por un sentido de la inteligencia.

Si volvemos a la acción fragmentaria de la que he hablado, solamente podemos transformar esa acción en completa si somos capaces de darnos cuenta de que el miedo que asoma se produce por los recuerdos del pasado, y no por lo que nos está ocurriendo realmente. La auto-observación es la clave en este aspecto.

El apego y la dependencia también es una fuente de miedo, pero a su vez también han sido adquiridos a través de la educación y el condicionamiento de una sociedad de la que formamos parte, y que además ayudamos a construir. Un círculo vicioso del cual es casi imposible salir. Esa dependencia demuestra una necesidad de la búsqueda de algo o alguien que nos complete, como si no viniéramos ya completos a este mundo. Es liberador aceptar que somos así.

Lectura principal por Diego Celma (historiasdediequito.es)

viernes, 4 de septiembre de 2015

El futuro es hoy

Hoy he recibido un regalo en el que se puede leer una frase: "EL FUTURO ES HOY". Se trata de una pulsera de apariencia sencilla, creada seguramente con el propósito de vender para ganar dinero, como si de un libro de autoayuda se tratase. La frase es falsa, porque evidentemente hoy no es el futuro. Hoy es hoy, y hoy es el presente.

Sin embargo, para nosotros el tiempo es tan relativo que esa frase adquiere un poder desmesurado. El ser humano, que siempre se está preocupando del pasado o el futuro dejando de lado la realidad actual (excepto cuando busca el placer instantaneo por medio del sexo, de comer o cualquier otro método de autocomplacencia), es el único que puede llegar a comprender una frase de tal calibre. No es extraño que esta frase la haya ideado otro ser humano.

Para mí, "EL FUTURO ES HOY" significa que lo que soñamos, lo que deseamos o aquello en lo que anhelamos convertirnos es una meta en cuyo camino nos encontramos. El FUTURO es la meta, mientras que HOY es cuando decidimos si avanzamos, retrocedemos o nos quedamos en el mismo lugar en ese camino que nos lleva al objeto de deseo. Nuestros deseos son una forma de vida que pocas veces elegimos, porque solo queremos el FUTURO como momento presente, es decir, como quien se come un pastel en pleno ataque de gula. No queremos ser ese FUTURO, queremos disfrutarlo sin más. No nos identificamos con él, porque no somos eso, solo lo deseamos. Y mientras soñamos con él y no comprendemos que es una forma de vida y no un momento explosivo de placer que ocurrirá en el futuro de forma emergente, nos alejamos. Porque lo que deseamos ser, ya deberíamos serlo para acercarnos al objetivo final poco a poco, sin prisa y sin ansias. Porque mirar al futuro (como deseo) de forma lejana sin encontrar comodidad en el proceso es como intentar correr una marathon a base de sprints: al final lo acabarás dejando.

"EL FUTURO ES HOY" es verse a sí mismo en el futuro como un producto de lo que somos hoy. Las metas no se alcanzan, las metas somos nosotros cada día.

martes, 30 de junio de 2015

Hijos de la competencia



Como bien señala Krishnamurti en este capítulo, vivimos sumidos en un mundo competitivo y cruel en el que estamos en constante pugna con nuestros semejantes, los otros seres humanos. 

Esta competitividad no es fruto del devenir, sino de una educación, de una cultura, de una publicidad, de unos inputs que nos hacen vivir con la permanente sensación de que tenemos que demostrar nuestra valía, con hechos o actos.

Así pues, ya desde el colegio comenzamos a forjar un carácter competitivo que será uno de nuestros principales enemigos a lo largo de nuestra vida, origen de nuestras frustraciones y de numerosos conflictos a los que nos tendremos que enfrentar.

Dicen que la naturaleza humana está detrás de esta necesidad de comparar, pero soy de los que piensan que la psiqué humana nos hace distintos al reino animal y que por lo tanto en nuestra especie deberían premiar más cosas más evolucionadas, como la solidaridad, el trabajo por el bien común o la cooperación desinteresada.

Lectura y reflexiones de Diego Celma (historiasdediequito.es)

lunes, 22 de junio de 2015

Descubrir lo original



El miedo físico es un mecanismo de defensa contra el que no debemos intentar luchar. Si no fuera por su existencia seguramente no estaríamos aquí, porque ese miedo hizo que nuestros antepasados huyeran de situaciones reales de peligro para mantenerse con vida. Este tipo de miedo es sano para la supervivencia.

Sin embargo, el miedo psicológico es otra cosa que se produce porque nos preocupamos más de la idea que del hecho. El hecho no genera miedo, solo la idea. Y esto no es algo que sólo descubriera Krishnamurti, ya que a lo largo del tiempo hemos encontrado a muchos filósofos que hacen referencia a esa idea. Estas son unas cuantas:

Epicteto
  • Porque el dolor y la muerte no son terribles, sino el miedo al dolor o a la muerte.
  • No hay que tener miedo de la pobreza ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo.
Giacomo Leopardi
  • No temas ni a la prisión, ni a la pobreza, ni a la muerte. Teme al miedo.



El miedo psicológico sobre cosas que no han llegado, ni tienen por qué llegar nos hace ciegos, y no nos deja ver lo original, nuestra naturaleza primera. Y según Jiddu es fundamental que lleguemos a verla para poder vivir plenamente. Se refiere a lo que algunos llaman Dios, pero es otro de los muchos conceptos que el ser humano ha inventado. Si llegamos al origen no buscaremos placer, ni medio para escapar, cesando la autoridad: de lo que los demás piensan de nosotros, o de las cadenas que nos ponemos a nosotros mismos. Termina la sumisión y empieza una sensación de libertad y de fluir.

Y cuando llegamos a lo original somos capaces de comprender que no existe la mente individual y que todos estamos relacionados. No hay muchas mentes, hay una mente total (curiosamente este concepto es algo compartido por muchos filósofos históricos). Para comprender lo original debe comprender la totalidad del ser humano, al no hacerlo nos convertimos en seres de segunda mano, seres falsos alejados de nuestra naturaleza propia, con un sufrimiento que no termina. Al comprenderlo somos capaces de eliminarlo.

Hay un sufrimiento total, de toda la humanidad. Al comprenderlo termina, y se puede manifestar el origen, una energía que no se mueve en ninguna dirección y que explosiona en nosotros mismos.

Sin duda se trata de un artículo de difícil comprensión, y más difícil es todavía poner en práctica lo que dice. Se refiere como a otro nivel de conocimiento, algo que para la gente de a pie es complicado. Se me ocurre intentar que al ver el miedo en nuestro interior, en lugar de verlo como un enemigo, lo veamos como algo común para todos, algo que hace sufrir a todos los seres y que en ese momento está con nosotros. Es una forma de sentirnos más unidos a los que nos rodean, y dejar la individualidad a un lado para sentirnos parte de un conjunto. El sufrimiento no es individual, es global.

Para terminar quiero dejar otro audio. Este fin de semana el programa Milenio 3 dirigido por Iker Jiménez hizo un estudio sobre el miedo. A mi me resulta muy interesante:


lunes, 15 de junio de 2015

Nosotros somos el miedo


Llegamos al capítulo mas denso hasta el momento del libro, tanto por extensión como por complejidad.

Comenzamos hablando de nuestro interés como individuos. Es evidente que lo que deseamos en nuestra vida no es otra cosa que nuestra realización personal. Por mucho que digamos, todo lo hacemos por un interés propio, incluso ayudar a los demás. En este último caso encontramos también esa satisfacción de sentirse útil, con lo cual lo estamos haciendo también por nosotros. Pero reconocerlo no está bien visto, por lo que es difícil ver a alguien capaz de admitirlo, y cuando esto ocurre lo tildamos de egocéntrico. Sin embargo no hay nada de malo en ello, lo normal es que luchemos por nuestros intereses personales.

La realización personal que buscamos suele venir acompañada por un deseo de tener una posición social reconocida, y esta última palabra es especialmente importante porque si no nos lo reconocen los demás no nos sirve de nada. Y de ahí surge la competición y la comparación, y por tanto el miedo de llegar a ser un don nadie, o de no cumplir nuestras propias expectativas. De ese modo descubrimos que internamente somos un hervidero, y como no estamos cómodos buscamos fuera la satisfacción. Queremos dominar a los demás, lo que se convierte en una forma de agresión provocada por el miedo.

El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento

El conflicto que nos genera el miedo nos hace violentos, y como no lo aceptamos aparece la hipocresía de camuflar lo que llevamos dentro con lo que aparentemente somos. Y aunque intentemos paliar nuestro estado mental con logros externos, estos vienen y van, así que solo son parches que terminan no sirviendo para nada. Pero esa es la forma que esta sociedad tan competitiva nos ha enseñado para luchar contra nuestra insatisfacción.

Los logros externos son un componente muy importante de la red de escapes que hemos diseñado para no afrontar lo que somos. El miedo siempre está asociado a algo concreto y tratar de transformarlo o escapar solo genera más conflicto y lo hace indomable.

Pero Jiddu va más allá y se atreve con una definición del miedo basado en la seguridad: 
El proceso de la seguridad hacia la inseguridad es lo que él llama miedo. Es decir, si voy a salir de mi casa, en la que me encuentro seguro y tranquilo, necesito saber hacia donde voy a ir. Así que podemos decir que mientras estoy en mi casa no existe el miedo, porque estoy en el presente. Es cuando la mente se empieza a preocupar del pasado y del futuro cuando aparece. No quiere que se repitan cosas anteriores ni que ocurra algo malo en el futuro, así que nos obliga a estar preparados de los posibles peligros.

Entonces nos damos cuenta de que es el pensamiento el que genera el miedo, y que no existe otro tipo de miedo que el generado por la mente a través de sus asociaciones. Realmente el hecho de la muerte no nos da miedo, nos da miedo la palabra muerte y todo lo que hemos asociado a ella. Todo es mucho más simple de lo que lo hacemos. El pensamiento viene del pasado, y es viejo, al igual que el miedo. Sin pensamiento no existe el miedo. Viviendo en el presente no hay cabida para el miedo.

Sin embargo no podemos vivir sin pensar y sin consultar nuestra memoria, aunque sí podemos hacerlo si no los utilizamos para proyectar el futuro o el pasado. Si afrontamos las cosas de forma directa estamos más vivos y el miedo muere. Proyectar el futuro o el pasado con la mente genera innacción y embotamiento, ya que no podemos hacer nada. Nosotros somos presente y vivimos en él.

Siempre queremos tener la mente ocupada para evitar mirarnos. ¿qué estrategias utilizas tú inconscientemente para evadirte de quien eres?

Al miedo hay que mirarle a la cara sin juzgar, sin tratar de resolverlo, sin escapar. Nuestra mente debe estar quieta y en el presente. No debe interferir la experiencia ni el pensamiento. Si lo hacemos el miedo se debilita, y nos damos cuenta de que estamos observando el miedo, y que a la vez somos un cúmulo de experiencias pasadas con las que interpretamos la realidad. El miedo no existe fuera de nosotros.

Al comprender esto, el miedo remite, ya que cesamos en la lucha de intentar separarnos de lo que somos, algo que resulta imposible, Esa energía empleada en esa lucha infructuosa dejamos de desperdiciarla. Nosotros somos el miedo.

jueves, 11 de junio de 2015

Silogismos


Voy a intentar hacer unas deducciones a raíz de unas afirmaciones. Empecemos:
Solo existe el presente
Esto es indudable. Las demás me las podéis rebatir, pero esta no. A menos que tengáis una máquina del tiempo, vosotros solamente podéis vivir en el presente.
Si solo existe el presente, el pasado y el futuro no existen
Ya nos empezamos a meter en camisas de once varas. Estamos de acuerdo en que sólo existe el presente. Entonces el pasado y el futuro no existen. No podemos acceder al futuro, eso desde luego. Al pasado tampoco podemos ir, pero tenemos claras evidencias de su existencia. Sólo tenemos que poner youtube o observar algunas fotografías. Pero son huellas, ya que no podemos meter la cabeza en la foto ni interactuar con las personas que aparecen en un vídeo. Y las huellas no son pasado, son presente. Si nos metemos en nuestra mente para revivir lo que ocurrió en el pasado podemos olvidar cosas o modificar detalles, y además todo estará modificado por el prisma de nuestra personalidad. Todo lo que imaginamos del futuro y del pasado es una ilusión, no es real. Y esas ilusiones se nos aparecen en el presente.

Vamos con otra afirmación:
La mente humana se compone del consciente, el subconsciente y el inconsciente
Esto no está demostrado, pero vamos a darlo por bueno. El consciente nos permite tomar decisiones basándonos en las circunstancias actuales, el subconsciente toma decisiones en base a lo que nos ha ocurrido y el inconsciente es la parte más instintiva que nos permite respirar.
El subconsciente recopila todo lo que está pasando
Sin el subconsciente estamos perdidos. Si un día nos quemamos con una cerilla, será el subconsciente el que nos diga la próxima vez que veamos la cerilla que nos podemos quemar. Si no estuviera podríamos estar quemándonos todos los días con la maldita cerilla. Tenemos en su biblioteca todas las circunstancias que nos han pasado, y él se encarga sin cesar de consultarlas y mandarnos mensajes subliminales para que actuemos de una determinada manera.
Entonces el subconsciente se basa en algo que no existe
O sea, que tenemos un tío en la cabeza que nos está contando cosas sobre cosas que no existen sin parar. Estamos locos de remate, ¿no? Pero es que encima resulta que si no fuera por él posiblemente estaríamos muertos. Pero esto es altamente limitante. El subconsciente nos limita por hechos concretos del pasado durante el resto de nuestras vidas. ¿Siguen estando esos riesgos en el presente? ¿Es un mentiroso el subconsciente?

martes, 19 de mayo de 2015

La comparación

Siguiendo con las reflexiones de Kishnamurti sobre el miedo nos topamos con la comparación.



Aunque es la parte principal de este capítulo, también nos hace ver una cosa muy importante. Es difícil comprender el por qué de que una especie con la capacidad del ser humano no haya encontrado la forma de detener el miedo. Ni las religiones ni los gurús lo han conseguido a lo largo de la historia, y eso habla muy a las claras de que siempre estamos más fuera que dentro de nosotros mismos. Si bien es cierto que en muchos momentos de la historia (incluido este) el miedo ha sido un poderoso método de control por parte de gobiernos y gobernantes, siempre nos hemos enfocado en evolucionar tecnológicamente, económicamente o socialmente. Nunca nos hemos preocupado mucho de lo que tenemos en nuestro interior. Y es algo realmente difícil de entender, puesto que estamos con nosotros mismos siempre.

Y hablando de la evolución, siempre queremos prosperar. Como seres humanos no tenemos techo en nuestros deseos, y la gran mayoría de veces deseamos cosas que no nos hacen falta. Es donde entra la comparación. Siempre estamos comparándonos con los demás, aunque las circunstancias de cada uno sean distintas. O nos comparamos con nosotros mismos en el pasado. La comparación nos trae competitividad, y nos pone modelos delante. Y aparece el miedo de no poder cumplir nuestros deseos.

Si fuéramos capaces de dejar de compararnos constantemente, con toda seguridad evitaríamos muchos de nuestros miedos. Según el filósofo hindú es posible mediante un trabajo mental constante cesar en nuestra comparación. El trabajo debe ser brutal, ya que hemos crecido en una sociedad en la que la comparación es el motor. Creo que está al alcance de muy pocos.

Así, que si en el anterior artículo os alentaba a escuchar, en este os aliento a que intentéis evitar compararos. Yo voy a hacer lo propio.

Para terminar, os dejo un vídeo de cuarto milenio que se ha emitido esta misma semana. Ya que he hablado de manipulación social, este vídeo me va al pelo. ¿Nos manejan a su gusto como a marionetas? A través del miedo y de nuestros deseos, ¿hacemos lo que unos pocos quieren que hagamos?

viernes, 15 de mayo de 2015

Sobre el miedo

Hace tiempo, justo antes de irme de viaje a La India, estuve en un estado permanente de preocupación. Yo soy muy dado a estos estados cuando me enfrento a situaciones desconocidas, y en un intento por afrontar mejor esas sensaciones le pedí a un buen amigo que me recomendara un libro. Él me habló de "Sobre el miedo", de Jiddu Krishnamurti. Entonces empecé a buscarlo por todas partes, pero no fue nada fácil dar con él. Estaba descatalogado y a través de Internet solamente encontraba versiones en inglés. Llegó un momento en el que cesé en mi empeño y lo cesé en mi búsqueda. Pero al tiempo llegó mi cumpleaños y mi novia me lo regaló. Hizo un trabajo de investigación bárbaro para encontrar un ejemplar y comprarlo al fin para regalármelo. Y le estoy agradecido enormemente.

Y entonces comencé a leerlo. Me encontré un libro compuesto de cartas, transcripciones de algunas de las charlas de este prolífico filósofo hindú. Sus textos son complejos en cuanto a su significado y hay que saborear cada línea, leerlo tan despacio que se pueda exprimir cada gramo de conocimiento. Así que he decidido, en una misión sin precedentes para mí, que no se pierda en el olvido de los libros olvidados. Voy a hacer un podcast para tener cada capítulo en formato de audio, disponible en la red en el momento que se necesite. 



En esta pequeña introducción, Jiddu nos recuerda la importancia de escuchar. Y es que tiene toda la razón del mundo. Es muy difícil encontrar a una persona que de verdad te escuche, y eso me recuerda a una de las citas del club de la lucha:

Cuando la gente cree que te estás muriendo es cuando en verdad te escuchan, en lugar de estar esperando su turno para hablar.
Y siguiendo con los diálogos de esta película, todos estamos muriendo en realidad poco a poco. Y aún así no nos escuchamos, solo estamos en estado de espera para dar nuestro toque a las cosas, para hacernos notar y sentirnos importantes. Es una buena misión escuchar a los demás, porque eso nos permite:

  • Reducir y domar nuestro ego
  • Empatizar con los demás
  • Practicar la paciencia
  • Vivir el momento
Y seguro que hay muchos más beneficios. Yo voy a intentar hacerlo y focalizar mi mente en lo que los demás dicen, no en lo que yo interpreto ni en lo que me gustaría escuchar. Y quizás de ese modo pueda escuchar finalmente lo que el miedo quiere decirme, en lugar de salir corriendo.

lunes, 27 de abril de 2015

El milagro de la hormiga


El sábado estuve por primera vez en un mercadillo ecológico, concretamente el que se celebra todos los sábados por la mañana detrás del teatro principal de Zaragoza. Nos hemos aficionado a este tipo de productos por varias razones: son más sanos porque no tienen apenas conservantes, son mejores para el medioambiente porque no recorren muchos kilómetros para ser consumidos, vienen directamente de la huerta, su sabor es exponencialmente mejor... Eso sí, son algo más caros y suelen venir con hormigas y otros bichos.

Después de comprar un buen conjunto de verduras y hortalizas nos las llevamos a casa y las lavamos en una olla, ya que donde vivimos el agua del grifo tiene altos niveles de lindano, lo que a la larga la hace peligrosa para la salud. Intentamos quitar antes todos los bichos, pero siempre hay alguno que está escondido y aparece flotando en el agua. Eso le ocurrió a una hormiga, que quedó flotando moviéndose de forma desesperada. Yo intenté sacarla, pero dejó de luchar y se fue para el fondo. El agua se vuelve marrón debido a la tierra con la que vienen los productos, así que la perdí de vista unos segundos hasta que volvió a la superficie flotando, inerte. Con un trozo de hoja de lechuga la saqué y la dejé al sol en la terraza, pero seguía encogida y sin dar señales de vida. Yo volví a la cocina y me puse a pelar y cortar patata y cebolla para hacer una tortilla. Pasarían unos veinte minutos hasta que volví a ver su estado. Seguía en la misma posición que la dejé, como en posición fetal, de lado y encogida.

Pensé que había muerto, así que la empujé al vacío. Vivo en un bajo, así que la caída es de apenas dos metros y medio y se aprecian sin problemas los detalles del suelo. Resultó que con el golpe contra el suelo volvió a la vida milagrosamente. Yo me quedé perplejo, y pensé que quizás era una señal de que merecía otra oportunidad, así que baje a la calle. La hormiga seguía allí, sin saber muy bien donde estaba. Caminaba para un lado y volvía, se quedaba quieta observando. Cogí el trozo de hoja y la subí de nuevo para acercarla a un jardín donde había otras muchas hormigas trabajando. Allí la dejé, solo espero que encontrara un nuevo hormiguero donde la aceptaran.

viernes, 24 de abril de 2015

Último día en Bangkok

No madrugamos en nuestro último día. Nos lo tomamos con mucha calma y en vez de desayunar prácticamente almorzamos en el destartalado restaurante al aire libre que había cerca de la entrada del Erawan House. Nos sorprendió lo sabroso de los platos por tan poco dinero. Después nos acercamos al gran palacio. Fuimos andando porque no nos convencía ninguno de los precios que nos ofrecían los taxistas. Tampoco nos costó mucho llegar allí.

Al acercarnos, hordas de turistas chinos nos dificultaban seriamente el paso hasta las proximidades del recinto. Haciendo un ejercicio conjunto de slalom conseguimos entrar, no sin antes tener el ofrecimiento en la puerta de pantalones largos. Hacía mucho calor y nosotros íbamos enseñando nuestros gemelos, algo que estaba prohibido para entrar en ese conjunto de monumentos. En la puerta se sucedían los ofrecimientos clandestinos de ropajes para tapar carnes, según decían, a un precio más favorable que dentro. Y es que al entrar lo primero que hacen (antes de sacar la entrada) es obligarte a alquilar ropa que te tape las piernas, los hombros o el escote. Si bien es cierto que es solo un alquiler, después del cual te devuelven íntegro el importe. A nosotros nos mosqueo mucho el tema, ya que por dentro se veían chinos y chinas que se habían pasado la norma por el forro de sus partes genitales. Al final tragamos y entramos con unos pantalones dignos de la parte más cutre del decathlon.

Entramos y pagamos nuestra entrada para acceder a ver al buda esmeralda, además de unos edificios de arquitectura tailandesa y vietnamita. No estuvo mal del todo, aunque nosotros esperábamos más, supongo que porque estábamos ya saturados de ver todo tipo de budas y templos. 

Al salir decidimos ir a la parte del edificio más alto de Tailandia, la torre Baiyoke II. Empezamos caminando un buen trecho, intentando dejar atrás la parte más turística de la ciudad para buscar un precio razonable de taxi. Nos adentramos por calles repletas de tiendas de venta de figuras de buda, de todos los tamaños. Algunos eran más grandes que un elefante. Después de comprar en un puesto callejero un trozo de sandía y un trozo de piña (riquísimos) nos rendimos y paramos un tuc-tuc. Negociamos con él y encontramos el equilibrio en un precio medio. Estuvimos en un atasco horrible hasta por fin llegar a la zona del rascacielos, que para nuestra sorpresa estaba llena de tenderetes. No cabía un alfiler en el suelo, y moverse por allí era toda una odisea. Además, nuestras andrajosas pintas no tenían el glamour suficiente para poder subir al edificio, reservado para gente de corbata y etiqueta. No nos penó no poder subir al bar de la última planta, ya que el precio era desmesurado. En lugar de ello nos dimos una vuelta por los centros comerciales de la zona.

Paseando y cruzando el canal, llegamos a dos de los centros comerciales más importantes: Groove At Central World y el Siam Paragon. En la puerta del primero había un enorme altar donde se realizaba una ofrenda envuelta en incienso al dios hindú Ganesha, ese que tiene cabeza de elefante. En el segundo entramos y nos dimos un garbeo para comprobar que parecíamos estar en cualquier centro comercial occidental. Después, intentar coger un taxi fue complicado. Los atascos eran brutales y pocos querían acercarnos por un precio razonable, así que tuvimos que dejarnos bien los cuartos. 

Llegados al hotel nos duchamos y nos volvimos a dar una última vuelta por las zonas más marchosas de la ciudad. Al día siguiente madrugábamos para coger el vuelo de vuelta a España, así que no trasnochamos excesivamente.

martes, 21 de abril de 2015

Erawan house y de fiesta por Khao San Road

Al aterrizar de nuevo en Bangkok, nos dirigimos a la zona de taxis oficial del aeropuerto de Don Mueang. Se puede salir a la calle a coger un taxi, pero los taxistas te la pueden meter doblada. En la zona que os digo se forman una serie de filas (ese día eran muy largas) que acaban en unos mostradores individuales. Allí te preguntan donde quieres ir, te dicen el precio y te asignan un taxista. En ese precio no va incluido el precio de la autopista (que tienes que pagar tú llegado el momento en carretera) ni los honorarios al conductor, acordados en 40 o 50 Bahts.

Recuerdo que en la fila había un par de ladyboys. Una de ellas tenía una melena muy femenina y bien cuidada, y vestía realmente elegante. Llamaba la atención su cara totalmente masculina y un escote que dejaba poco a la imaginación. La espera fue tensa porque se dio cuenta que la mirábamos y se pegó todo el rato buscándonos con la mirada.

Pero finalmente arrancamos hacia nuestro hotel con la noche ya encima de la capital tailandesa. El conductor paró a mitad de camino (lo que nos intrigó) para pedirnos el teléfono del hotel. Pensábamos que nos estaba tomando el pelo, pero realmente no sabía llegar hasta allí. Cuando por fin de aclaró por teléfono, nos llevó hasta donde pudo, ya que el hotel estaba en una zona más peatonal y había mucho movimiento. Nos dijo el precio final, y le pillamos. Lo había inflado para quedarse más dinero del precio, y cuando se lo hicimos saber nos dijo que casi todo era para el aeropuerto. Le dimos un poco más, y accedimos a la calle peatonal donde se encontraba el Erawan house.

Entramos en una especie de porche y allí encontramos el mostrador. La verdad es que el personal no era muy amable, y nos pidieron una fianza importante para lo que estábamos acostumbrados. Entiendo que la proximidad a Khao San Road hace que los turistas vengan bebidos y ocasiones importantes desperfectos en estos hoteles. Lo constatamos ya en la habitación, donde en el aparato de aire acondicionado había un cartel que suplicaba que no se colgasen nada sobre él. Estábamos un poco pretos en habitación, pero como sólo íbamos a dormir no nos importó demasiado. Eran cerca de las 23 y nos apresuramos a cenar en un restaurante que había a 3 minutos andando, siguiendo la calle peatonal. En frente de donde cenamos había una terraza y un mostrador de cocina al aire libre. Bastante cutre, pero estaba lleno. Probaríamos allí al día siguiente.

Después de la cena seguimos avanzando hasta llegar a Khao San Road. El ambiente cada vez era más multitudinario y las calles se poblaban de tenderetes y turistas a cada paso. Al llegar dimos un paseo de lado a lado y nos tomamos unas cervezas a pie de calle. Había mucha música en directo al aire libre, y como llegamos tarde la gente ya andaba algo desfasada. Tras las cervezas a mí me apeteció cambiarle el agua al pajarito, así que entré en una discoteca donde me registraron los porteros. Después de entrar fui directamente al baño, y en la puerta había dos tios, uno de los cuales me siguió. Yo empecé a mear un poco alerta, en uno de esos baños colgantes que se mea de pie. El muchacho se me puso detrás y empezó a hacerme un masaje en las espalda mientras yo orinaba. Le pedí que parase, pero bastante tenía yo con atinar en el inodoro. La verdad es que me hizo crujir todos los huesos del cuello y espalda, parecía saber lo que hacía. Al final, me fui a lavar las manos con mi cuello como nuevo, y el me dio la mano en señal de amistad. Yo se la dí, no le importó que aún no me hubiera lavado las manos. Me siguió y me ofreció papel mientras me lavaba las manos. Le dí una buena propina por su trabajo, pero fue al único. Después, en mis sucesivas idas al baño me seguía siempre uno, y al final me tuve que poner serio para dejarles claro que no quería masajes.

Luego volví a la calle y disfrutamos de la música en directo un rato para terminar en una discoteca. Allí tomamos unos mojitos y comprobamos como los turistas ingleses le daban caña tanto a los cubatas como a las chicas locales. El ambiente era muy bueno, y sabiendo que no teníamos que madrugar, volvimos de madrugada al hotel. No nos pasamos mucho porque queríamos aprovechar nuestro último día en Tailandia en perfectas condiciones.

viernes, 17 de abril de 2015

Vuelta a Bangkok

El día siguiente día fue un trámite de vuelta a Bangkok. Teníamos el vuelo con AirAsia a las 20h. Al ser tan tarde nos lo tomamos con calma y no madrugamos nada. Nos levantamos sobre las 10 de la mañana e hicimos la maleta de nuevo. Desayunamos en la terraza del bar del resort aunque compramos en la tienda. Yo me bajé a pie de playa, que estaba a un paseo, y compré unos plátanos en un puesto local. Volví a la terraza con ellos y le dí uno a Pablo, estaban deliciosos. Abandonamos el lugar dejando, con intención, olvidada la crema solar. Ya no la necesitábamos porque abandonábamos la zona de playa, así que por quitarnos un pingo y porque pudiera aprovecharla alguien la dejamos encima de la mesa.

Algo tienen los tailandeses a parte de intentar estafarte tantas veces. Ese algo de generosidad que hizo que nos llamaran a gritos y vinieran corriendo a buscarnos cuando ya estábamos tan lejos, indicándonos nuestro olvido. Lo agradecimos y la cogimos, pero la dejamos en otra mesa a pie de playa. Esta vez sí, ya no la vimos más.

Paseando por Railay tranquilamente llegamos a la playa de donde zarpaban los barcos, y en un stand sobre la arena compramos los tickets de vuelta a Ao Nang. Igual que la ida, 100 Bahts por cabeza. Zarpó en seguida, y en 20 minutos ya estábamos de vuelta en aquella ciudad, aunque nos sorprendió que nos dejara en otro lugar, no desde el que salimos el día anterior.

Dimos una vuelta, y aunque era pronto comimos para matar el tiempo. La verdad es que elegimos un buen sitio. Se comía bien, era barato y el ambiente era bueno. En frente había un sitio de cambio de dinero donde cambiamos unos €uros. Después de comer y echarnos a la panza un banana split de campeonato, pasamos la tarde paseando por la playa, tomando mojitos o callejeando por las zonas prohibidas de Ao Nang, que a esas horas estaban desiertas. En un puesto adquirimos unos billetes para ir al Aeropuerto de Krabi. La parada de autobús estaba casi enfrente de este establecimiento, y allí conocimos a un joven colombiano que llevaba cuatro meses viajando por Asia. Se había sacado medicina y había venido para un mes, pero terminó quedándose mucho más. Es lo que tiene la magia de viajar, siempre que tengas pasta y tiempo libre... El colombiano nos contó alguna que otra anécdota y nos dio consejos para salir de fiesta por la capital, que era lo que íbamos a hacer esa noche.

El bus llegó al aeropuerto, y aunque fue muy caótico conseguimos embarcar. En las pantallas no aparecía nuestro vuelo, y cuando nos dijeron cual era la puerta se formaron dos filas. La falta de información nos puso nerviosos a nosotros y a todos los viajeros, pero finalmente embarcamos sin problemas y llegamos de nuevo a Bangkok, esta vez para pasar dos noches.


jueves, 9 de abril de 2015

Durmiendo en Railay

Nuestra llegada fue a una de las dos playas que tiene Railay. Allí descendimos del barco por la escalerilla (con la que casi me desgracio el dedo pequeño de una mano) directos al agua. Había muchos barcos como el nuestro que esperaban a los clientes para llevarlos a Ao Nang o a otros destinos cercanos. Nos adentramos por un pasillo abierto que iba directo al interior de la pequeña península, repleto de bares, restaurantes, puestos de helados, tiendas de ropa y puestos de cambio de divisa. Allí cambiamos unos cuantos Euros por Bahts, que nos empezaban a faltar. No teníamos alojamiento, así que nos paramos en un poste informativo donde había un mapa con todos los resorts y hoteles del lugar. Preguntamos en un puesto de información los hoteles más baratos para pasar la noche, ya que había un montón de resorts que tenían pinta de ser carísimos. Nos dijeron un par de sitios, pero nosotros preferimos pasear un rato.

De pronto, todo cambio. El interior de la península no es la joya que aparece en las fotos, ni la preciosidad de las playas. Esa zona es mucho más sucia y maloliente, lo que no quiere que se vea en las fotos. Se acumula mucha basura que se recoge con muy poca frecuencia, y además tienen jaulas para que los monos y los gatos no puedan acceder a los deshechos. Paramos en un restaurante al aire libre de una familia local. Nos tomamos unos refrescos porque ya el sol pegaba bien fuerte, y aprovechamos el wifi del local para consultar precios de hoteles. Al final nos decidimos por el Diamond Cave Resort & Spa, a pesar de que no tenía muy buenos comentarios. Cogimos un bungalow para cuatro personas por 2300 Bahts, y nos dirigimos hacia allí. Nos costó un poco encontrarlo, lo que nos permitió ver más basuras y las condiciones higiénicas en las que viven los monos, en charcas de agua sucia y contaminada. Pasado eso el camino tenía su encanto, con enormes acantilados poblados por naturaleza de selva donde se formaban cuevas como la del diamante, que se puede visitar para ver las estalactitas que se forman en su interior.

 

Llegamos a la recepción del hotel y nos llevaron a nuestro bungalow. Es un enclave precioso, pero para los escrupulosos os diré que seguro que no os gustaría el estado del hotel. En primer lugar, en nuestro bungalow había algunos interruptores que no funcionaban, además de estar bastante destartalado y con algún agujero en el techo (no cabía ningún mono, pero entraba la luz). Además, a pesar de tener una mesa y sillas de madera preciosas en la puerta, no podíamos dejar nada por allí porque los monos que frecuentaban la zona se acercaban a robarlo todo. La piscina estaba genial, pero los monos, que ya no tienen valor para beber agua de la charca donde viven, vienen en tropel a beber agua fresca hasta que se los espanta.


El bar está muy bien aunque es algo caro, y tampoco puedes dejar cosas de valor dentro del bungalow, ya que las puertas se podrían tirar de una patada. Eso sí, en recepción hay unos armarios de pago donde guardar los efectos personales. Y el Wifi solo va allí y en el bar. Aún así no estuvimos mal del todo. 

Comimos en un restaurante de la zona y después nos fuimos a dar un baño a la playa donde llegamos. En la otra playa el baño es más complicado y hay un muelle para contratar barcos o alquilar kayaks. La verdad es que la primera playa era más bonita y había muchos diminutos cangrejillos que huían al intuir que nos acercábamos. Allí nos bañamos y yo me eché una cabezadita. El agua estaba caliente, lo que me llamó poderosamente la atención. Camino de nuevo del hotel degustamos unos zumos de mango y piña deliciosos, y nos dimos un chapuzón en la piscina. 

Después tomamos algo en el bar y dejamos que cayera la noche. Buscamos a pie de playa un lugar para tomar algo, craso error. Nos lo cobraron mucho más caro que incluso en España. Debimos preguntar antes, y aunque el lugar era privilegiado (llegamos hasta él por un camino que rodeaba el mar a un lado y el acantilado a otro) salimos de allí rápidamente. Cenamos en uno de los hoteles que nos recomendaron al llegar, que si os digo la verdad, no recuerdo el nombre. Estaba en la costa este y había que subir un montón de escaleras. Era de los más baratos y su ambiente hippy era encantador. 


Después tomamos unas copas para despedir el día con el sonido en directo de un grupo local que cantaba en español. Dimos un par de vueltas a Railay (sí, es super pequeño) y nos fuimos a dormir.

miércoles, 8 de abril de 2015

De Chiang Mai a Railay

A las 6:25 salía nuestro avión desde Chiang Mai a Krabi. Habíamos llegado al hotel bien pasada la media noche después de ver los combates, y habíamos concertado un taxi a las 4 de la mañana en la puerta del Mandala house. Dormimos tres horas y cuando bajamos a recepción ya eran las 4 am. En el sofá dormía plácidamente el recepcionista con unas finas mantas, y tuvimos que despertarle para que nos prestara atención, ya que allí no había rastro de ningún taxista. Sobresaltado, como si se les hubiera olvidado llamar, cogió el teléfono e hizo una llama
da. Tras unos minutos de espera apareció nuestro hombre, que nos llevó al aeropuerto en unos veinte minutos. Por la calle todavía se veía gente de fiesta.

Tras el percance con Lion Thai Airlines y sabiendo que en Chiang Mai siempre amanece con una bruma que dificulta la salida y aterrizaje de los aviones, andábamos algo expectantes. Sin embargo ese día apenas había calima, y nuestro avión de Asia Airlines salió a la hora prevista y sin cambio de puertas de embarque. Nos pareció una compañía más profesional, como ha de ser. Eso sí, nos tocó separados los unos de los otros, pero tampoco importaba porque el vuelo era corto y estábamos muertos de sueño. Recuerdo que tuve bastante suerte en ese vuelo. Yo estaba con mucho sueño, algo resacoso y un poco susceptible, y me tocó a la derecha un hombre bastante gordo y a la izquierda un hombre barbudo. El avión era estrecho y yo ya me estaba agobiando, cuando llegó la mujer del belludo con una niña y un azafato. Nos pidió que si nos podíamos cambiar de asiento al hombre gordo y a mí, ya que les había tocado separados a toda la familia. Yo acepté sin saber cual sería mi asiento, pero era difícil que fuera peor. Resultó ser en pasillo y en la fila de la salida de emergencia, que es mucho más amplia que las demás. Allí pude dormitar a gusto e ir al baño un par de veces sin problema durante la hora y media que duró el vuelo.


Finalmente llegamos al aeropuerto de Krabi a primera hora de la mañana. Es un aeropuerto muy pequeño, y como nosotros nunca facturamos siempre salimos de los primeros. Eso nos permitió coger sitio en el primer autobús que salía hacia Ao Nang, la zona costera. Los tickets se compran en el propio aeropuerto, hay varios stands, y al hacerlo te indican donde se coge el autobús, no tiene pérdida ninguna. Yo ya estaba algo mejor, y aunque temía el viaje en bus fue mejor de lo que esperaba al verlo. Era un autobús-camión, con el motor entre los asientos, y era muy amplio. Con mi móvil fui controlando en todo momento por donde íbamos. Paramos en la estación de autobuses de Krabi (lugar en el que bajaban los que querían ir a islas paradisíacas como Phi-Phi island) y en algunos hoteles. El conductor iba cantando donde estábamos cada vez que parábamos.

Nosotros sólo teníamos una noche por allí, así que elegimos algo mucho más cercano. A las islas se llega en ferry en dos horas y media, pero la península de Railay estaba a solo 20 minutos en barco. Atravesamos Ao Nang con el autobús visualizando las playas, y por fin paramos casi al final del turístico pueblo. El trayecto del bus estuvo bien, porque te permite ver las espectaculares formaciones rocosas que hay en los alrededores, y que no permiten el acceso en coche a Railay, lo que la hace más paradisíaca. Nos dejaron justo en el lugar donde se compraban los billetes para la península por 100 Bahts. Nos quedamos pelados, pero la chica que nos los vendió nos informó de que allí también había lugares de cambio de divisa, y aunque eran algo más bajos no estaban mal del todo. Así que esperamos un poco y apareció el típico barquito de madera de las playas tailandesas. Sólo cabíamos diez personas, y cuando lo llenaron partimos. Subirse a él es una experiencia, porque hay que llegar hasta su posición, mojándote los pies y las piernas hasta casi las rodillas. Luego se puede subir por una escalera rollo piscina, o si tienes ganas trepando.

Arrancamos en seguida, dejando los equipajes en la parte delantera del barco. Hay un toldo para tapar el sol a los ocupantes, que se sientan en bancos de madera. La temperatura era excelente y el escenario espectacular. Llegamos a Railay y llegó el momento de buscar alojamiento.

lunes, 6 de abril de 2015

Velada de Muay thai



Para terminar un día bien completo, después de nuestro paseo en moto fuimos a buscar un lugar para ver un combate de Muay tahi. Se trata de un arte marcial originario de allí, parecido al boxeo pero con la diferencia de que se pueden dar patadas. No es difícil localizar un lugar para ver estos combates, ya que en muchas paredes y postes pegan carteles con los luchadores que esa noche van a pelear. Además al ser un deporte tan demandado por el turista, se organizan veladas casi a diario.

Cenamos en el mismo sitio que el día anterior y nos fuimos en busca del lugar de los combates según los carteles. Era en la calle Mun Mueang Road, que rodea el cuadrado de la ciudad vieja por el interior del foso, muy cerca de nuestro propio hotel. Es una calle muy animada llena de bares y pubs, así que después de comprar las entradas hicimos tiempo con unas Changs. Había dos tipos de entradas: unas de 400 Bahts a partir de la tercera fila y las de 600 Bahts en primera o segunda. Compramos las primeras y no nos arrepentimos, ya que lo vimos muy bien. Después de las cervezas en un bar colindante en el que jugamos al billar, entramos por fin al recinto. 

Nos dimos cuenta de que se trataba de un gimnasio habilitado para veladas de Muay thai, pero con sus bares y sus mesas. De hecho estuvimos sentados en una mesa en la que había que consumir, e incluso se podía cenar. Cada poco tiempo se aceraba una educada ladyboy para preguntarnos si queríamos beber o comer algo más. Con cierto retraso comenzaron los combates ordenados por categorías, la primera a mi gusto con niños demasiado jóvenes (unos 11 o 12 años). Se repartían de lo lindo y en varios combates no llegaron a terminar todos los asaltos por claudicar alguno de los luchadores. Una vez que fui al baño vi a uno de los púgiles bastante grogui mientras varios entrenadores intentaban espabilarle con agua. Entiendo que al ser un martes no estarían los mejores, pero fue un gran espectáculo del que disfrutamos ampliamente. Vimos como unos 5 combates, uno de ellos femenino, y en uno de los descansos subieron cuatro púgiles jóvenes que se vendaron los ojos e intentaron atizarse como pudieron. Fue gracioso y bastante cómico. Luego bajaron con unas huchas para pedir propinas.

Salimos contentos de allí pasada la media noche. Al día siguiente cogíamos un vuelo de madrugada, así que nos quedaban muy pocas horas en la segunda ciudad más importante de Tailandia. Y apenas tres horas de sueño.

viernes, 27 de marzo de 2015

Alquilando una moto por Chiang Mai y alrededores

Al llegar al hotel le transmitimos a la recepcionista nuestra intención de alquilar unas motos. Seguidamente nos dejó un folleto con todos los modelos disponibles para el alquiler. Tenían como una docena de modelos, la mayoría de ellos de 125 cc. No nos complicamos mucho y elegimos tres de esa cilindrada. Seguidamente nos indicó que el precio era de 150 Bahts por moto para todo el día (menos de 5€), pero que debíamos dejar un pasaporte como fianza (y no valían copias) o si no 5000 Bahts por moto (casi 150 €). Nos pareció una barbaridad, y de hecho no disponíamos de tanta moneda local cambiada. Dejar el pasaporte era un riesgo porque al día siguiente teníamos un vuelo a Krabi a las 7 de la mañana y sin él me quedaría en tierra. Sin embargo decidí confiar en que no nos pasaría nada extraño y me lo devolverían sin problema. Así que la chica de recepción llamó a la empresa de alquiler y en un cuarto de hora una mujer se plantó en la puerta del hotel con una sola moto. Bajó de ella con documentación y nos comentó las condiciones: debíamos devolverlas a las 19h como tarde (eran las 14:30h) sin un rasguño y con el depósito a tope de gasolina, tal y como nos las iban a entregar. En el momento en qué firmé el contrato, le pagamos y se quedó mi pasaporte, sacó el móvil y llamó a un compañero. En seguida llegaron las otras dos motos. Un hombre nos explicó el funcionamiento de las mismas y nos asignó una a cada uno. Se preocuparon hasta vernos salir, para comprobar nuestra destreza con ellas después de preguntarnos si estábamos capacitados para llevarlas.

Arrancamos en la calle del hotel y después de una recta volvimos para confirmarles que todo estaba en orden, que todo dominado. Pero ellos ya estaba de cháchara sin ningún tipo de preocupación sobre nuestro dominio sobre dos ruedas. Lo que quiero decir es que si viene un simio de esos que tienen el culo rojo, paga y les dice que sabe conducir, le dan una moto, sin necesidad de garantías, carnet, etc... Nos dimos unas cuantas vueltas por el perímetro que rodea la ciudad antigua para hacernos con el tráfico, tan distinto al de las ciudades españolas. Primero por el hecho de conducir por la izquierda, segundo por el poco respeto a los carriles, y el caos generalizado que existe con el tráfico tailandés. Después de una media hora y un par de sustos ya controlábamos de lujo las dos ruedas con motor, así que nos fijamos un destino más a nuestra medida: el templo Wat Phrathat Doi Suthep, un precioso templo budista situado en las montañas, a 15 kilómetros del centro de la ciudad. Para ir hasta allí pretendíamos coger la carretera 1004, sin pérdida ninguna. Esta se coge en la esquina superior izquierda del perímetro cuadrado que rodea la ciudad vieja, y hacia allí fuimos hasta que tuvimos un encuentro inesperado. A la entrada de esa calle nos esperaban unos cuantos policías que nos dieron el alto. A nosotros y a todos los occidentales que veían montados en motos de renting. A cada uno nos cogió un policía distinto y por separado para que no pudiéramos hablar entre nosotros, pidiéndonos el carnet de conducir. Yo le enseñe mi licencia española, pero me dijo que no era válida y que tenía que dejar ahí mi moto y acompañarle a la comisaría. Como os podéis imaginar, se me pusieron de corbata. Miré a mis compañeros y Pablo estaba en la misma tesitura, mientras que a Hugo le habían dado por bueno el mismo carnet que a mí no. Sin embargo no razonaban, y escuché como con Pablo hablaban de dinero. Este me indicó que lo que querían era dinero, una multa bajo mano sin que nadie lo supiera, ya me entendéis. Saqué mi cartera y el policía me indicó que lo hiciera en el hueco de debajo del asiento, que nadie viera como sacaba mi dinero. Cuando llegué a 400 Bahts, cogió el dinero y me devolvió el carnet, dejándome marchar. A Pablo le costó 100 Bahts más que a mí, no me preguntéis el por qué. Todavía con el susto en el cuerpo y bastante indignados proseguimos nuestro camino.

Avanzamos por la avenida recta hasta dejar atrás el Zoológico, que es cuando la carretera se empieza a empinar y se llena de curvas. Seguimos subiendo un buen rato hasta que a media montaña paramos en un pequeño altar para hacernos unas fotos. Allí había otro occidental con su moto alquilada, sentado en el suelo y solo. Se nos acercó pidiéndonos gasolina, pues se le había acabado y se había quedado tirado. No teníamos, así que siguió esperando a su novia, que por lo visto había ido montaña abajo a comprar un poco. Después nos hizo una foto y le dejamos allí, justo en el momento en el que aparecía ella. Para él, que no sé cuanto tiempo llevaría allí, debió ser como una aparición Mariana, ya que alzó los brazos gritando como si hubiera conseguido el gol que le daba la copa del mundo a su equipo. Subiendo de forma interminable llegamos por fin a Wat Phrathat Doi Suthep.

Aparcamos las motos junto a unas 50 que había, en un suelo inclinado que dificultaba la acción. Compramos algo de beber y pasamos un montón de tenderetes hasta llegar, después de cruzar la calle, al inicio de unas empinadas escaleras que parecían no acabar. Subimos hasta dejar atrás dos enormes estatuas de Buda, y llegamos a otros tenderetes de ropa y figurillas orientadas más al turista que al culto. De ahí partían más escaleras donde las barandillas eran dragones, y que por fin llevaban al templo, previo pago de la entrada. La zona del templo era bastante chula y se dejaban los zapatos fuera antes de entrar. Los fieles portaban flores y encendían incienso en pos de sus dioses, mientras multitud de turistas llegados en moto como nosotros o en autobús los acribillaban a fotografías. Tras un completo paseo por el templo volvimos a por nuestros motorciclos.

Cuando fuimos a coger nuestras motos se produjo una anécdota un tanto peliaguda. Un tailandés con su moto y una persona de paquete intentó parar donde Pablo estaba con su moto. Pablo le vio venir y se echó a un lado y el tailandés giró para el mismo. Pablo se fue al otro y el lugareño al mismo, y así hasta cuatro veces. Menos mal que el asiático iba frenando y al llegar a la posición de nuestro acompañante llegó a velocidad cero, pero a punto de pasar su rueda por encima de su pie. Pablo puso las manos para terminar de detenerlo, pero su mosqueo era ya mayúsculo. Tuvo que calmar su fuerza dando una palmada al aire y cagándose en las muelas del conductor zoquete, que quedó en calma como abrumado y avergonzado a la vez. Con los nervios, Pablo no quitó la pitón de su moto, y claro, no podía avanzar. El asiático que aún estaba allí como petrificado le avisó, en un gesto gentil como para hacer las paces con él.

Cómo aun teníamos algo de tiempo pensamos que podíamos llegar un poco más lejos. Había un pueblo llamado Doi Pui Hmong que estaba más metido en las montañas al que pretendimos llegar, pero teníamos que darnos prisa para devolver las motos a tiempo. La carretera fue empeorando progresivamente, además de meterse más y más en la selva. Se estrechaba y los baches eran más comunes, además de combinar subidas y bajadas con curvas cada vez más peligrosas. Casi al llegar al poblado vimos un montón de tailandeses que rodeaban a un herido que se la había pegado en la moto. A mí me pareció que era occidental, aunque a los demás no. Lo que sí era seguro era que tenía sangre abundante en la cabeza, y que ya estaba socorrido por bastante gente, así que llegamos al final del camino donde estaba por fin Doi Pui Hmong. 

El paisaje era precioso. Aparcamos nuestras motos y dimos un paseo por el pueblo. Vimos la escuela y un montón de tenderetes de cosas a precios irrisorios. Compramos algún regalo para nuestra gente y sin más volvimos a nuestras motos. Era tarde y aún teníamos que repostar. Al llegar al punto del accidente nos encontramos aún más gente y como metían al hombre en la ambulancia. La ambulancia era una pickup con la parte trasera cubierta, y el los cristales posteriores había una serie de pegatinas, entre ellas la de Batman. No pudimos pasar hasta que la ambulancia emprendió de nuevo la marcha, y puesto que la carretera era tan sinuosa iba bastante lenta para que el accidentado no sufriera demasiado. La tuvimos delante mucho rato con las luces y la sirena activada, hasta que se detuvo cerca del templo donde estuvimos. Nosotros proseguimos la marcha y posteriormente nos alcanzaría de nuevo, aun con el accidentado dentro y con las sirenas a tope. Nos adelantó, pues la carretera ya era más ancha y lo permitía y la perdimos de vista.

Paramos en el zoo en busca de un surtidor, pero no lo encontramos allí. Con el móvil buscamos uno, pero en el lugar donde nos indicó no encontramos nada. Finalmente, camino del segundo lugar donde había de haber una gasolinera según la aplicación, encontramos una en el sentido contrario al que íbamos. Hacer el cambio de sentido fue toda una odisea, incluso pensamos que nos iba a multar un coche que nos pitaba, pero lo que quería realmente era hacer el cambio de sentido también. Era como en los típicos vídeos del tráfico egipcio que circulan por Internet: si tienes un centímetro métete, si no espera 10 minutos hasta el próximo centímetro. Llegamos a la gasolinera y pagamos poco más de un euro cada uno por llenar nuestros depósitos. Ya solo quedaba llegar al hotel, y gracias a mi sentido de la orientación fue bastante fácil.

Llegamos a las 18:30, treinta minutos antes de la hora indicada. Nos dio tiempo a sentarnos en la terraza del hotel a esperar, y en seguida aparecieron los dueños de las motos. Tras un vistazo rápido me devolvieron el pasaporte (previa broma por su parte) y terminamos una de las experiencias que más me gustaron del viaje.


Visita a Wat Chedi Luang y almuerzo en el Birds Nest Cafe

Amanecimos todo lo pronto que pudimos para disfrutar de Chiang Mai, y al abrir las opacas cortinas descubrimos una intensa bruma que cubría el cielo, la misma que dificultaba el día anterior el aterrizaje de los aviones. Desayunamos rápido lo que compramos el día anterior y alguna otra cosa adquirida de nuevo en el mismo Seven Eleven. En un momento nos plantamos en el centro antiguo de la ciudad, tras esquivar con habilidad el tráfico que puebla los carriles de ambos sentidos que acordonan el enorme recinto que es la ciudad vieja. En seguida encontramos un sitio de cambio de moneda, que era lo primero que buscamos. El cambio era favorable así que no nos cortamos con la cantidad. 

No sabíamos nada sobre qué ver, así que con el mapa y el GPS del móvil nos dirigimos al centro geométrico de la ciudad vieja. Las calles estaban extrañamente desiertas y con poca vida, y a mitad del camino encontramos un recinto curioso lleno de templos. Se trataba del campus de una de las dos Universidades Budistas que tiene Tailandia. En la Mahamakut Buddhist University se podía dialogar con los muchos monjes que allí había, además de entrar en el templo que allí tienen para meditar. Había varias casas donde se alojaban, y para entrar en el templo había que hacerlo nuevamente con varias normas: sin zapatos, sin gorras, sin faldas y con los hombros tapados. Pablo, que llevaba una camiseta sin mangas, tuvo que ponerse una toga para cubrir sus hombros. Una vez dentro la gente se arrodillaba a los pies de los muchos budas dorados que había en los altares, así como representaciones de monjes que se han hecho un hueco en la historia gracias a su dedicación. Detrás del templo encontramos una reliquia antiquísima. Wat Chedi Luang fue construido en el siglo XIV, solo de verlo ya se aprecia su valor histórico. Alrededor de este templo de ladrillo había otros pequeños templos para el culto a budistas históricos, con figuras representativas para donar a dioses con formas animales, o huchas para donar dinero que alimente a perros de la zona. Nos llamó la atención la historia de un monje que debía ser tan arrebatadoramente atractivo y amable que algunos hombres decían que si fuera mujer se casarían con él. El monje, apenado por distraer a la gente de lo que realmente importa, adoptó una forma de hombre gordo y feo a propósito, con el fin de permitir a los demás centrarse en la fe budista. Una figura enorme de un hombre gordo le homenajea junto a su historia escrita en inglés en un cartel.

Teníamos hambre, así que decidimos ir a tomar algo a algún bar. Yo me descargué la guía definitiva de Chiang Mai, y allí se recomendaba un bar que nos pillaba algo lejos, pero seguro merecía la pena el paseo. Tras veinte minutos de caminata nos plantamos en el Birds Nest Cafe, un lugar algo escondido que es un remanso de paz, donde se come bien y sano. Los occidentales que viven en Chiang Mai se reúnen allí de vez en cuando. Yo me tomé un batido de plátano con cacao que estaba realmente exquisito. La estancia es genial, tiene dos pisos con hamacas pubs y cojines donde descansar, y donde se debe acceder descalzo. Un buen lugar para descansar un rato.

Luego salimos con la intención de alquilar unas motos. Dejamos atrás puestos de masajes, lugares donde metes los pies en un acuario para que los peces se coman las pieles muertas y algún que otro templo curioso donde vimos un anfibio en una charca que parecía salido del inframundo. Aún a día de hoy ignoro de que especie se trataba. Había muchos puestos de alquiler de vehículos, pero por lógica preferimos alquilarlos en el mismo hotel donde nos hospedábamos, el hotel Mandala House.

Llegada a Chiang Mai, la primera noche

Por supuesto llegamos a Chiang Mai con la noche encima. La temperatura era excelente, pero observamos que había muchos mosquitos, seguramente por la proximidad de las montañas. Nuestra primera intención fue comprar antimosquitos, y localizamos una farmacia en el aeropuerto que estaba cerrando. Allí no nos quisieron vender porque decían estar fuera de servicio. Sin más nos dirigimos a la puerta del aeropuerto donde una mujer nos preguntó si queríamos un taxi. Era tarde y nosotros estábamos cansados de esperas, así que accedimos y la mujer nos buscó un conductor por muy poco dinero (no recuerdo cuanto, pero es que la ciudad está muy cerca del propio aeropuerto). Le dimos el papel de la reserva del hotel para que nos llevara exactamente a la puerta del mismo, y cuando íbamos hacia el taxi nos empezamos a distribuir: Hugo y yo iríamos en los asientos de atrás mientras que Pablo acompañaría al conductor en la parte delantera. Se produjo una confusión graciosa porque Pablo, acostumbrado a los vehículos españoles en los que el volante está en el lado izquierdo intentó sentarse en el lugar del conductor. En Tailandia la circulación es por el carril izquierdo, igual que en La India o en UK, por lo que el volante está a la derecha. Cuando Pablo y el conductor arreglaron sus diferencias, entre risas, arrancamos hacia el Mandala House.

Este hotel está muy cerca de la parte antigua y central de Chiang Mai, aunque fuera. Se llega en un momento, pero estuvimos acertados en que el taxi nos llevara hasta la puerta porque había que tomar unas callejuelas un tanto liosas. El hotel es una casa bastante vieja, pero allí estuvimos muy bien. La única pega quizá fueron los mosquitos. Al entrar pagamos las dos noches por 2000 Bahts (unos 58€, entre tres personas sale a menos de 10€ la noche por cabeza). También pudimos comprar repelente de mosquitos en la misma recepción, donde una amable ladyboy de cara masculina pero voz suave nos hizo todas las gestiones. Un botones nos acompañó a nuestra habitación, que estaba en el quinto piso. Las vistas eran buenas, la habitación era enorme y tenía hasta una pequeña galería. Era vieja pero confortable.

Puesto que se acercaban las 23h y no habíamos cenado, salimos rápidamente en busca de un bar o restaurante. Nada más salir de las callejuelas llegamos a una calle mucho más principal llamada Loi Kroh Road. En frente de nosotros una posada con buena pinta, así que no lo dudamos. Se trataba de Wild Boar Restaurant and Bar, y llegamos a diez minutos del cierre de la cocina. Con unas Changs y unas buenas hamburguesas estilo occidental nos saciamos de lo lindo. El bar estaba muy bien, el personal era amable. La camarera era tailandesa y el dueño parecía ser occidental. Al fondo había un billar que estaba en uso casi siempre. Me llamó la atención un cartel que ponía lo siguiente en inglés: "las camareras no tienen móvil, ni facebook. Están trabajando". Hugo y Pablo estaban sentados mirando para el interior del bar, pero yo que lo estaba hacia la calle no paraba de ver el goteo de parejas hombre maduro occidental-veinteañera tailandesa. No eramos conscientes de que estábamos en una de las calles más calientes de Chiang Mai. Después de cenar, caminamos un rato por la calle recibiendo piropos y llamadas de atención por parte de señoritas de los bares adyacentes. Finalmente entramos a un bar que parecía más normal, pero en seguida nos percatamos de que era como los demás. Muchas chicas tailandesas acompañando a occidentales que rondaban los 50 o más. Nosotros nos atrincheramos en una mesa dejando claro que solo queríamos tomar una cerveza tranquilos. Sin embargo, cuando llevábamos la mitad de la consumición, se cerraron las persianas y la gente empezó a irse. Las chicas avisaban de que se fuera todo el mundo, y nosotros hicimos lo propio sin saber muy bien por qué. Una chica nos gritó que el día siguiente viniéramos más pronto, y es que era cerca de la una de la madrugada. Tras salir y avanzar unos metros vimos como un coche de policía se paraba en la puerta, como si fuera ilegal estar abiertos a esa hora.

De camino al hotel paramos en un supermercado Seven Eleven. No sé porque se llaman así, ya que están abiertos 24 horas. Cogimos agua para la noche y desayuno para el día siguiente. En los bares se veían las persianas bajadas, pero se escuchaba música en el interior, como si la fiesta siguiera clandestinamente. Nosotros el día siguiente queríamos madrugar para poder recuperar el tiempo perdido en el aeropuerto. La noche fue muy larga debido a los mosquitos, ya que el repelente parecía no tener mucho efecto.

jueves, 26 de marzo de 2015

La interminable espera del vuelo a Chiang Mai

En el taxi
Amanecimos a las 8 a pesar de que ya sabíamos que debíamos levantarnos antes para coger un tren que nos llevara al aeropuerto de Don Muang a tiempo para coger nuestro vuelo. Dejamos el Loftel22 después de recoger nuestra fianza de 100 Bahts y nos dirigimos a la estación de Hua Lamphong. Llegamos en 10 minutos andando y fuimos a los mostradores para comprar un billete de tren, pero no sabíamos en que fila nos teníamos que poner. En seguida, una super atenta trabajadora se nos acercó preguntándonos donde queríamos ir, y nos llevó a la fila indicándonos que el próximo tres salía a las 9:20. Nuestro vuelo salía a las 11:30 y el trayecto duraba una hora. Escaso margen para coger un vuelo en un aeropuerto desconocido. En esa tesitura decidimos abandonar la fila y buscar un taxi. El aeropuerto no estaba tan lejos, pero supongo que ese tren paraba cada 300 metros.

Al salir una avalancha de taxistas se nos echó encima, y al final pactamos el trayecto por 400 Bahts, 100 menos de lo que nos solicitaba inicialmente. Eso sin contar los peajes de la autopista, que los paga el cliente y no entra dentro del precio. Añadimos 50 Bahts a esa suma. Llegamos en una media hora y pasamos el check-in sin ningún tipo de problema. Desayunamos tranquilamente porque íbamos bien de tiempo y nos fuimos a buscar nuestra puerta de embarque. Y allí empezó la locura. Nos cambiaron la puerta de embarque como cuatro veces. Thai Lion Air era la compañía con la que habíamos contratado ese vuelo de Bangkok a Chiang Mai, y llegado el momento de embarcar nuestro vuelo quedó marcado como "delayed" (retrasado). Todos los de la fila preguntamos a las muchachas de la compañía y nos dijeron que por condiciones climáticas no se podía embarcar: por lo visto en Chiang Mai hacía una niebla que impedía el aterrizaje de aviones. ¿Cuando se embarcaría? No lo sabían, quizá al medio día, quizá por la tarde, o quizá por la noche. No nos daban respuesta. Un americano que viajaba con su novia le enseñó la predicción del tiempo que Google le había dicho a su móvil: un sol radiante. La chica de Thai Lion Air prefirió mirar a otro lado como si el móvil le fuera a morder, como si Google tuviera la última palabra sobre el tiempo que hace, o como si supiera que en Chiang Mai brillaba el sol y la habían descubierto.

Pero tarde
De repente las muchachas de la compañía desaparecieron, y nosotros ya no sabíamos a quien preguntar. Afortunadamente teníamos controladas a las personas que hicieron la cola con nosotros y que sabíamos que viajaban en el mismo avión. Nos fuimos a comer algo y con la comida en la mano, en las pantallas ponía que nuestro vuelo embarcaba. Fuimos corriendo, pero era falso. Ni rastro de nadie de la compañía. Al rato aparecieron para darnos tickets de comida gratis para el McDonalds del aeropuerto. Los cogimos y nos fuimos a comer, que era lo único que podíamos hacer. A media tarde parecían desaparecer algunos de los que volarían con nosotros, en busca de otras opciones para llegar a la ciudad norteña, o quizá buscando otro destino, o renunciando a volar. El caso es que otras compañías sí embarcaban hacia Chiang Mai, como por ejemplo Air Asia, algo que nos mosqueó bastante.

Al final, tras ver como muchos vuelos embarcaban hacia allí (incluido uno de la misma compañía programado para más tarde que el nuestro), y después de interminables ocho horas de espera, embarcamos. Tras el control de pasaportes la gente corría al autobús que nos llevaría al avión como los de operación triunfo cuando les dicen que continúan en la academia. Finalmente entramos en el avión y nos sentamos, pero había mucho hueco libre de gente que se rindió a la espera, quizá suponiendo que el vuelo acabaría cancelado. Ya sentados el avión tardó mucho en arrancar, como media hora, lo que reavivó el cabreo mayúsculo que ya llevábamos. En conclusión, si ya teníamos poco tiempo para ver Chiang Mai, ahora teníamos menos. Habíamos perdido un día gracias a Thai Lion Air, algo que no nos hubiera ocurrido si hubiéramos reservado con Air Asia. Llegamos a Chiang Mai sobre las diez de la noche.

Terminando el día en Bagkok: Wat Pho, Sanam Luang y Khao San Road

Imagen de Hugo Puente Photography


Tras bajar del barco y dejar atrás todos los tenderetes, nuestra primera intención era visitar el Palacio Real. Sin embargo no pudo ser porque sus puertas cierran a las 15:30 y nosotros llegábamos ya bastante tarde, así que cambiamos de planes. Afortunadamente, justo al lado se encontraba Wat Pho, un templo donde se encuentra la estatua de Buda más grande de toda Tailandia con 46 metros de largo y 15 de altura. Os preguntaréis por qué mide más de largo que de alto. No es que esté gordo, es que está tumbado. Es tan grande que el templo en el que está metido sólo sirve para albergarlo, es decir, cabe justito dentro. Todo indica que lo construyeron mientras la pieza estaba ya allí, porque de otro modo es totalmente imposible meterlo. Y para más atractivo, toda la estatua está cubierta de oro. Nos costó 100 Bahts la entrada, y allí descubrimos que hay que entrar descalzo a todos los templos budistas, y además sin nada en la cabeza, sin faldas ni los hombros descubiertos. Había más cosas en los alrededores del templo del buda reclinado (así lo llaman), pero hacía un calor bestial y nosotros estábamos sedientos y hambrientos. Tras hacer unas fotos salimos de allí y nos dirigimos a nuestro siguiente destino.

Khao San Road es la calle más animada de la ciudad, y nos dirigimos allí para cenar y tomar algo. Comenzamos a andar en esa dirección porque no queríamos coger los Tuc-tuc que salían de las zonas más turísticas porque quizás nos quisieran poner un precio mayor. Teníamos un paseo importante, y a mitad de camino decidimos parar uno. Sabíamos que no estábamos muy lejos, a un kilómetro y medio, así que negociamos duro. El Tuc-tuc que nos paró no quiso llevarnos allí por 50 Bahts, a pesar de que era un trato bastante justo e incluso beneficioso para él. Entiendo que están acostumbrados a coger turistas que les sacan fajos de billetes sin rechistar al primer precio que ellos proponen. Así que caminamos hasta allí, teniendo el placer de conocer Sanam Luang. Se trata de una especie de parque sin árboles, más bien una gran explanada verde donde los tailandeses hacen volar sus cometas y pasan un buen rato. A esa hora estaba plagada de gente.

Después del paseo paramos unas calles antes, muy próximos ya a Khao San Road, en el Clandestino Fun Food Bar. Allí cenamos un Pad Tai con unas cervezas Chang. El Pad Thai es un plato de arroz que va combinado con gambas, pollo o vegetales, y la verdad que en aquel garito lo preparaban de lujo, tanto en cantidad como en sabor. Fue nuestro primer contacto con la comida tailandesa, y alguno de nosotros no pudo ni terminar el plato de la cantidad que nos pusieron. Todo ello aderezado con música latina, y es que el Clandestino Fun Food Bar parece ser un lugar de encuentro para latinos dentro de Khao San Road. Además disponen de habitaciones para dormir.

Con los estómagos bien llenos nos movimos a la calle principal. Allí ya vimos algún ladyboy, que son hombres con estética de mujer, la mayoría ya con pechos. En Tailandia son el tercer sexo y están profundamente aceptados por la sociedad, trabajando en puestos de cara al público y siendo muy respetados. Eso es algo que a los occidentales nos choca porque no estamos acostumbrados a ellos. Algunos son tan femeninos que pasan desapercibidos, sin embargo otras veces nos cruzamos con algunos con la cara totalmente masculina y pelo largo, luciendo escotes generosos y vestidos ajustados. Cruzamos Khao San Road un par de veces, intentando no perder detalle de nada, pero es imposible. Allí pasan cosas en todas las aceras: masajes, música en directo, gente cenando en terrazas, gente bailando y saltando en la calle, vendedores ambulantes de cerveza, comida, carnet falsos, cucarachas fritas, comerciales intentando que entres en su local... Nos pareció una calle bastante segura a pesar del movimiento incontrolable y el fluir incesante de gente en ambas direcciones. Finalmente encontramos un sitio donde pudimos sentarnos y había música en directo.

Un guitarrista y una cantante nos alegraron otra Chang. Los ven
dedores ambulantes no paraban de acercarse intentando vendernos cosas, sobre todo unas ranas echas de madera que si las frotabas con un palo hacían un ruido parecido al croar. Una anécdota fue ver como un hombre de pelo largo y cercano a los cincuenta se puso a bailar al son de la música en directo del bar. Poco a poco fue entrando hasta que se puso a bailar delante de nuestra mesa mirando a la cantante, impidiéndonos a nosotros hacerlo. Pero daba igual, el hombre iba bastante borracho y también daba un espectáculo digno de ver. No obstante la energía le duró dos canciones, lo que tardó en sentarse en una mesa, apoyar la cabeza y quedarse dormido. Estaba realmente perjudicado, así que un muchacho de otra mesa se levantó y lo llevó fuera para pedirle un Tuc-tuc, haciendo su buena acción del día. Una pequeña camarera iba recolectando propinas para los cantantes, bailando y también dando su espectáculo particular.

Terminamos nuestra consumición, y llegó el momento de coger otro tuc-tuc hasta el hotel. Había sido un día bastante largo a pesar de llegar a mediodía, pero el Jet Lag pasaba factura. Dormimos profundamente. Al día siguiente debíamos levantarnos a las 8 porque a las 10:30 salía nuestro vuelo a Chiang Mai.


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