viernes, 27 de marzo de 2015

Alquilando una moto por Chiang Mai y alrededores

Al llegar al hotel le transmitimos a la recepcionista nuestra intención de alquilar unas motos. Seguidamente nos dejó un folleto con todos los modelos disponibles para el alquiler. Tenían como una docena de modelos, la mayoría de ellos de 125 cc. No nos complicamos mucho y elegimos tres de esa cilindrada. Seguidamente nos indicó que el precio era de 150 Bahts por moto para todo el día (menos de 5€), pero que debíamos dejar un pasaporte como fianza (y no valían copias) o si no 5000 Bahts por moto (casi 150 €). Nos pareció una barbaridad, y de hecho no disponíamos de tanta moneda local cambiada. Dejar el pasaporte era un riesgo porque al día siguiente teníamos un vuelo a Krabi a las 7 de la mañana y sin él me quedaría en tierra. Sin embargo decidí confiar en que no nos pasaría nada extraño y me lo devolverían sin problema. Así que la chica de recepción llamó a la empresa de alquiler y en un cuarto de hora una mujer se plantó en la puerta del hotel con una sola moto. Bajó de ella con documentación y nos comentó las condiciones: debíamos devolverlas a las 19h como tarde (eran las 14:30h) sin un rasguño y con el depósito a tope de gasolina, tal y como nos las iban a entregar. En el momento en qué firmé el contrato, le pagamos y se quedó mi pasaporte, sacó el móvil y llamó a un compañero. En seguida llegaron las otras dos motos. Un hombre nos explicó el funcionamiento de las mismas y nos asignó una a cada uno. Se preocuparon hasta vernos salir, para comprobar nuestra destreza con ellas después de preguntarnos si estábamos capacitados para llevarlas.

Arrancamos en la calle del hotel y después de una recta volvimos para confirmarles que todo estaba en orden, que todo dominado. Pero ellos ya estaba de cháchara sin ningún tipo de preocupación sobre nuestro dominio sobre dos ruedas. Lo que quiero decir es que si viene un simio de esos que tienen el culo rojo, paga y les dice que sabe conducir, le dan una moto, sin necesidad de garantías, carnet, etc... Nos dimos unas cuantas vueltas por el perímetro que rodea la ciudad antigua para hacernos con el tráfico, tan distinto al de las ciudades españolas. Primero por el hecho de conducir por la izquierda, segundo por el poco respeto a los carriles, y el caos generalizado que existe con el tráfico tailandés. Después de una media hora y un par de sustos ya controlábamos de lujo las dos ruedas con motor, así que nos fijamos un destino más a nuestra medida: el templo Wat Phrathat Doi Suthep, un precioso templo budista situado en las montañas, a 15 kilómetros del centro de la ciudad. Para ir hasta allí pretendíamos coger la carretera 1004, sin pérdida ninguna. Esta se coge en la esquina superior izquierda del perímetro cuadrado que rodea la ciudad vieja, y hacia allí fuimos hasta que tuvimos un encuentro inesperado. A la entrada de esa calle nos esperaban unos cuantos policías que nos dieron el alto. A nosotros y a todos los occidentales que veían montados en motos de renting. A cada uno nos cogió un policía distinto y por separado para que no pudiéramos hablar entre nosotros, pidiéndonos el carnet de conducir. Yo le enseñe mi licencia española, pero me dijo que no era válida y que tenía que dejar ahí mi moto y acompañarle a la comisaría. Como os podéis imaginar, se me pusieron de corbata. Miré a mis compañeros y Pablo estaba en la misma tesitura, mientras que a Hugo le habían dado por bueno el mismo carnet que a mí no. Sin embargo no razonaban, y escuché como con Pablo hablaban de dinero. Este me indicó que lo que querían era dinero, una multa bajo mano sin que nadie lo supiera, ya me entendéis. Saqué mi cartera y el policía me indicó que lo hiciera en el hueco de debajo del asiento, que nadie viera como sacaba mi dinero. Cuando llegué a 400 Bahts, cogió el dinero y me devolvió el carnet, dejándome marchar. A Pablo le costó 100 Bahts más que a mí, no me preguntéis el por qué. Todavía con el susto en el cuerpo y bastante indignados proseguimos nuestro camino.

Avanzamos por la avenida recta hasta dejar atrás el Zoológico, que es cuando la carretera se empieza a empinar y se llena de curvas. Seguimos subiendo un buen rato hasta que a media montaña paramos en un pequeño altar para hacernos unas fotos. Allí había otro occidental con su moto alquilada, sentado en el suelo y solo. Se nos acercó pidiéndonos gasolina, pues se le había acabado y se había quedado tirado. No teníamos, así que siguió esperando a su novia, que por lo visto había ido montaña abajo a comprar un poco. Después nos hizo una foto y le dejamos allí, justo en el momento en el que aparecía ella. Para él, que no sé cuanto tiempo llevaría allí, debió ser como una aparición Mariana, ya que alzó los brazos gritando como si hubiera conseguido el gol que le daba la copa del mundo a su equipo. Subiendo de forma interminable llegamos por fin a Wat Phrathat Doi Suthep.

Aparcamos las motos junto a unas 50 que había, en un suelo inclinado que dificultaba la acción. Compramos algo de beber y pasamos un montón de tenderetes hasta llegar, después de cruzar la calle, al inicio de unas empinadas escaleras que parecían no acabar. Subimos hasta dejar atrás dos enormes estatuas de Buda, y llegamos a otros tenderetes de ropa y figurillas orientadas más al turista que al culto. De ahí partían más escaleras donde las barandillas eran dragones, y que por fin llevaban al templo, previo pago de la entrada. La zona del templo era bastante chula y se dejaban los zapatos fuera antes de entrar. Los fieles portaban flores y encendían incienso en pos de sus dioses, mientras multitud de turistas llegados en moto como nosotros o en autobús los acribillaban a fotografías. Tras un completo paseo por el templo volvimos a por nuestros motorciclos.

Cuando fuimos a coger nuestras motos se produjo una anécdota un tanto peliaguda. Un tailandés con su moto y una persona de paquete intentó parar donde Pablo estaba con su moto. Pablo le vio venir y se echó a un lado y el tailandés giró para el mismo. Pablo se fue al otro y el lugareño al mismo, y así hasta cuatro veces. Menos mal que el asiático iba frenando y al llegar a la posición de nuestro acompañante llegó a velocidad cero, pero a punto de pasar su rueda por encima de su pie. Pablo puso las manos para terminar de detenerlo, pero su mosqueo era ya mayúsculo. Tuvo que calmar su fuerza dando una palmada al aire y cagándose en las muelas del conductor zoquete, que quedó en calma como abrumado y avergonzado a la vez. Con los nervios, Pablo no quitó la pitón de su moto, y claro, no podía avanzar. El asiático que aún estaba allí como petrificado le avisó, en un gesto gentil como para hacer las paces con él.

Cómo aun teníamos algo de tiempo pensamos que podíamos llegar un poco más lejos. Había un pueblo llamado Doi Pui Hmong que estaba más metido en las montañas al que pretendimos llegar, pero teníamos que darnos prisa para devolver las motos a tiempo. La carretera fue empeorando progresivamente, además de meterse más y más en la selva. Se estrechaba y los baches eran más comunes, además de combinar subidas y bajadas con curvas cada vez más peligrosas. Casi al llegar al poblado vimos un montón de tailandeses que rodeaban a un herido que se la había pegado en la moto. A mí me pareció que era occidental, aunque a los demás no. Lo que sí era seguro era que tenía sangre abundante en la cabeza, y que ya estaba socorrido por bastante gente, así que llegamos al final del camino donde estaba por fin Doi Pui Hmong. 

El paisaje era precioso. Aparcamos nuestras motos y dimos un paseo por el pueblo. Vimos la escuela y un montón de tenderetes de cosas a precios irrisorios. Compramos algún regalo para nuestra gente y sin más volvimos a nuestras motos. Era tarde y aún teníamos que repostar. Al llegar al punto del accidente nos encontramos aún más gente y como metían al hombre en la ambulancia. La ambulancia era una pickup con la parte trasera cubierta, y el los cristales posteriores había una serie de pegatinas, entre ellas la de Batman. No pudimos pasar hasta que la ambulancia emprendió de nuevo la marcha, y puesto que la carretera era tan sinuosa iba bastante lenta para que el accidentado no sufriera demasiado. La tuvimos delante mucho rato con las luces y la sirena activada, hasta que se detuvo cerca del templo donde estuvimos. Nosotros proseguimos la marcha y posteriormente nos alcanzaría de nuevo, aun con el accidentado dentro y con las sirenas a tope. Nos adelantó, pues la carretera ya era más ancha y lo permitía y la perdimos de vista.

Paramos en el zoo en busca de un surtidor, pero no lo encontramos allí. Con el móvil buscamos uno, pero en el lugar donde nos indicó no encontramos nada. Finalmente, camino del segundo lugar donde había de haber una gasolinera según la aplicación, encontramos una en el sentido contrario al que íbamos. Hacer el cambio de sentido fue toda una odisea, incluso pensamos que nos iba a multar un coche que nos pitaba, pero lo que quería realmente era hacer el cambio de sentido también. Era como en los típicos vídeos del tráfico egipcio que circulan por Internet: si tienes un centímetro métete, si no espera 10 minutos hasta el próximo centímetro. Llegamos a la gasolinera y pagamos poco más de un euro cada uno por llenar nuestros depósitos. Ya solo quedaba llegar al hotel, y gracias a mi sentido de la orientación fue bastante fácil.

Llegamos a las 18:30, treinta minutos antes de la hora indicada. Nos dio tiempo a sentarnos en la terraza del hotel a esperar, y en seguida aparecieron los dueños de las motos. Tras un vistazo rápido me devolvieron el pasaporte (previa broma por su parte) y terminamos una de las experiencias que más me gustaron del viaje.


Visita a Wat Chedi Luang y almuerzo en el Birds Nest Cafe

Amanecimos todo lo pronto que pudimos para disfrutar de Chiang Mai, y al abrir las opacas cortinas descubrimos una intensa bruma que cubría el cielo, la misma que dificultaba el día anterior el aterrizaje de los aviones. Desayunamos rápido lo que compramos el día anterior y alguna otra cosa adquirida de nuevo en el mismo Seven Eleven. En un momento nos plantamos en el centro antiguo de la ciudad, tras esquivar con habilidad el tráfico que puebla los carriles de ambos sentidos que acordonan el enorme recinto que es la ciudad vieja. En seguida encontramos un sitio de cambio de moneda, que era lo primero que buscamos. El cambio era favorable así que no nos cortamos con la cantidad. 

No sabíamos nada sobre qué ver, así que con el mapa y el GPS del móvil nos dirigimos al centro geométrico de la ciudad vieja. Las calles estaban extrañamente desiertas y con poca vida, y a mitad del camino encontramos un recinto curioso lleno de templos. Se trataba del campus de una de las dos Universidades Budistas que tiene Tailandia. En la Mahamakut Buddhist University se podía dialogar con los muchos monjes que allí había, además de entrar en el templo que allí tienen para meditar. Había varias casas donde se alojaban, y para entrar en el templo había que hacerlo nuevamente con varias normas: sin zapatos, sin gorras, sin faldas y con los hombros tapados. Pablo, que llevaba una camiseta sin mangas, tuvo que ponerse una toga para cubrir sus hombros. Una vez dentro la gente se arrodillaba a los pies de los muchos budas dorados que había en los altares, así como representaciones de monjes que se han hecho un hueco en la historia gracias a su dedicación. Detrás del templo encontramos una reliquia antiquísima. Wat Chedi Luang fue construido en el siglo XIV, solo de verlo ya se aprecia su valor histórico. Alrededor de este templo de ladrillo había otros pequeños templos para el culto a budistas históricos, con figuras representativas para donar a dioses con formas animales, o huchas para donar dinero que alimente a perros de la zona. Nos llamó la atención la historia de un monje que debía ser tan arrebatadoramente atractivo y amable que algunos hombres decían que si fuera mujer se casarían con él. El monje, apenado por distraer a la gente de lo que realmente importa, adoptó una forma de hombre gordo y feo a propósito, con el fin de permitir a los demás centrarse en la fe budista. Una figura enorme de un hombre gordo le homenajea junto a su historia escrita en inglés en un cartel.

Teníamos hambre, así que decidimos ir a tomar algo a algún bar. Yo me descargué la guía definitiva de Chiang Mai, y allí se recomendaba un bar que nos pillaba algo lejos, pero seguro merecía la pena el paseo. Tras veinte minutos de caminata nos plantamos en el Birds Nest Cafe, un lugar algo escondido que es un remanso de paz, donde se come bien y sano. Los occidentales que viven en Chiang Mai se reúnen allí de vez en cuando. Yo me tomé un batido de plátano con cacao que estaba realmente exquisito. La estancia es genial, tiene dos pisos con hamacas pubs y cojines donde descansar, y donde se debe acceder descalzo. Un buen lugar para descansar un rato.

Luego salimos con la intención de alquilar unas motos. Dejamos atrás puestos de masajes, lugares donde metes los pies en un acuario para que los peces se coman las pieles muertas y algún que otro templo curioso donde vimos un anfibio en una charca que parecía salido del inframundo. Aún a día de hoy ignoro de que especie se trataba. Había muchos puestos de alquiler de vehículos, pero por lógica preferimos alquilarlos en el mismo hotel donde nos hospedábamos, el hotel Mandala House.

Llegada a Chiang Mai, la primera noche

Por supuesto llegamos a Chiang Mai con la noche encima. La temperatura era excelente, pero observamos que había muchos mosquitos, seguramente por la proximidad de las montañas. Nuestra primera intención fue comprar antimosquitos, y localizamos una farmacia en el aeropuerto que estaba cerrando. Allí no nos quisieron vender porque decían estar fuera de servicio. Sin más nos dirigimos a la puerta del aeropuerto donde una mujer nos preguntó si queríamos un taxi. Era tarde y nosotros estábamos cansados de esperas, así que accedimos y la mujer nos buscó un conductor por muy poco dinero (no recuerdo cuanto, pero es que la ciudad está muy cerca del propio aeropuerto). Le dimos el papel de la reserva del hotel para que nos llevara exactamente a la puerta del mismo, y cuando íbamos hacia el taxi nos empezamos a distribuir: Hugo y yo iríamos en los asientos de atrás mientras que Pablo acompañaría al conductor en la parte delantera. Se produjo una confusión graciosa porque Pablo, acostumbrado a los vehículos españoles en los que el volante está en el lado izquierdo intentó sentarse en el lugar del conductor. En Tailandia la circulación es por el carril izquierdo, igual que en La India o en UK, por lo que el volante está a la derecha. Cuando Pablo y el conductor arreglaron sus diferencias, entre risas, arrancamos hacia el Mandala House.

Este hotel está muy cerca de la parte antigua y central de Chiang Mai, aunque fuera. Se llega en un momento, pero estuvimos acertados en que el taxi nos llevara hasta la puerta porque había que tomar unas callejuelas un tanto liosas. El hotel es una casa bastante vieja, pero allí estuvimos muy bien. La única pega quizá fueron los mosquitos. Al entrar pagamos las dos noches por 2000 Bahts (unos 58€, entre tres personas sale a menos de 10€ la noche por cabeza). También pudimos comprar repelente de mosquitos en la misma recepción, donde una amable ladyboy de cara masculina pero voz suave nos hizo todas las gestiones. Un botones nos acompañó a nuestra habitación, que estaba en el quinto piso. Las vistas eran buenas, la habitación era enorme y tenía hasta una pequeña galería. Era vieja pero confortable.

Puesto que se acercaban las 23h y no habíamos cenado, salimos rápidamente en busca de un bar o restaurante. Nada más salir de las callejuelas llegamos a una calle mucho más principal llamada Loi Kroh Road. En frente de nosotros una posada con buena pinta, así que no lo dudamos. Se trataba de Wild Boar Restaurant and Bar, y llegamos a diez minutos del cierre de la cocina. Con unas Changs y unas buenas hamburguesas estilo occidental nos saciamos de lo lindo. El bar estaba muy bien, el personal era amable. La camarera era tailandesa y el dueño parecía ser occidental. Al fondo había un billar que estaba en uso casi siempre. Me llamó la atención un cartel que ponía lo siguiente en inglés: "las camareras no tienen móvil, ni facebook. Están trabajando". Hugo y Pablo estaban sentados mirando para el interior del bar, pero yo que lo estaba hacia la calle no paraba de ver el goteo de parejas hombre maduro occidental-veinteañera tailandesa. No eramos conscientes de que estábamos en una de las calles más calientes de Chiang Mai. Después de cenar, caminamos un rato por la calle recibiendo piropos y llamadas de atención por parte de señoritas de los bares adyacentes. Finalmente entramos a un bar que parecía más normal, pero en seguida nos percatamos de que era como los demás. Muchas chicas tailandesas acompañando a occidentales que rondaban los 50 o más. Nosotros nos atrincheramos en una mesa dejando claro que solo queríamos tomar una cerveza tranquilos. Sin embargo, cuando llevábamos la mitad de la consumición, se cerraron las persianas y la gente empezó a irse. Las chicas avisaban de que se fuera todo el mundo, y nosotros hicimos lo propio sin saber muy bien por qué. Una chica nos gritó que el día siguiente viniéramos más pronto, y es que era cerca de la una de la madrugada. Tras salir y avanzar unos metros vimos como un coche de policía se paraba en la puerta, como si fuera ilegal estar abiertos a esa hora.

De camino al hotel paramos en un supermercado Seven Eleven. No sé porque se llaman así, ya que están abiertos 24 horas. Cogimos agua para la noche y desayuno para el día siguiente. En los bares se veían las persianas bajadas, pero se escuchaba música en el interior, como si la fiesta siguiera clandestinamente. Nosotros el día siguiente queríamos madrugar para poder recuperar el tiempo perdido en el aeropuerto. La noche fue muy larga debido a los mosquitos, ya que el repelente parecía no tener mucho efecto.

jueves, 26 de marzo de 2015

La interminable espera del vuelo a Chiang Mai

En el taxi
Amanecimos a las 8 a pesar de que ya sabíamos que debíamos levantarnos antes para coger un tren que nos llevara al aeropuerto de Don Muang a tiempo para coger nuestro vuelo. Dejamos el Loftel22 después de recoger nuestra fianza de 100 Bahts y nos dirigimos a la estación de Hua Lamphong. Llegamos en 10 minutos andando y fuimos a los mostradores para comprar un billete de tren, pero no sabíamos en que fila nos teníamos que poner. En seguida, una super atenta trabajadora se nos acercó preguntándonos donde queríamos ir, y nos llevó a la fila indicándonos que el próximo tres salía a las 9:20. Nuestro vuelo salía a las 11:30 y el trayecto duraba una hora. Escaso margen para coger un vuelo en un aeropuerto desconocido. En esa tesitura decidimos abandonar la fila y buscar un taxi. El aeropuerto no estaba tan lejos, pero supongo que ese tren paraba cada 300 metros.

Al salir una avalancha de taxistas se nos echó encima, y al final pactamos el trayecto por 400 Bahts, 100 menos de lo que nos solicitaba inicialmente. Eso sin contar los peajes de la autopista, que los paga el cliente y no entra dentro del precio. Añadimos 50 Bahts a esa suma. Llegamos en una media hora y pasamos el check-in sin ningún tipo de problema. Desayunamos tranquilamente porque íbamos bien de tiempo y nos fuimos a buscar nuestra puerta de embarque. Y allí empezó la locura. Nos cambiaron la puerta de embarque como cuatro veces. Thai Lion Air era la compañía con la que habíamos contratado ese vuelo de Bangkok a Chiang Mai, y llegado el momento de embarcar nuestro vuelo quedó marcado como "delayed" (retrasado). Todos los de la fila preguntamos a las muchachas de la compañía y nos dijeron que por condiciones climáticas no se podía embarcar: por lo visto en Chiang Mai hacía una niebla que impedía el aterrizaje de aviones. ¿Cuando se embarcaría? No lo sabían, quizá al medio día, quizá por la tarde, o quizá por la noche. No nos daban respuesta. Un americano que viajaba con su novia le enseñó la predicción del tiempo que Google le había dicho a su móvil: un sol radiante. La chica de Thai Lion Air prefirió mirar a otro lado como si el móvil le fuera a morder, como si Google tuviera la última palabra sobre el tiempo que hace, o como si supiera que en Chiang Mai brillaba el sol y la habían descubierto.

Pero tarde
De repente las muchachas de la compañía desaparecieron, y nosotros ya no sabíamos a quien preguntar. Afortunadamente teníamos controladas a las personas que hicieron la cola con nosotros y que sabíamos que viajaban en el mismo avión. Nos fuimos a comer algo y con la comida en la mano, en las pantallas ponía que nuestro vuelo embarcaba. Fuimos corriendo, pero era falso. Ni rastro de nadie de la compañía. Al rato aparecieron para darnos tickets de comida gratis para el McDonalds del aeropuerto. Los cogimos y nos fuimos a comer, que era lo único que podíamos hacer. A media tarde parecían desaparecer algunos de los que volarían con nosotros, en busca de otras opciones para llegar a la ciudad norteña, o quizá buscando otro destino, o renunciando a volar. El caso es que otras compañías sí embarcaban hacia Chiang Mai, como por ejemplo Air Asia, algo que nos mosqueó bastante.

Al final, tras ver como muchos vuelos embarcaban hacia allí (incluido uno de la misma compañía programado para más tarde que el nuestro), y después de interminables ocho horas de espera, embarcamos. Tras el control de pasaportes la gente corría al autobús que nos llevaría al avión como los de operación triunfo cuando les dicen que continúan en la academia. Finalmente entramos en el avión y nos sentamos, pero había mucho hueco libre de gente que se rindió a la espera, quizá suponiendo que el vuelo acabaría cancelado. Ya sentados el avión tardó mucho en arrancar, como media hora, lo que reavivó el cabreo mayúsculo que ya llevábamos. En conclusión, si ya teníamos poco tiempo para ver Chiang Mai, ahora teníamos menos. Habíamos perdido un día gracias a Thai Lion Air, algo que no nos hubiera ocurrido si hubiéramos reservado con Air Asia. Llegamos a Chiang Mai sobre las diez de la noche.

Terminando el día en Bagkok: Wat Pho, Sanam Luang y Khao San Road

Imagen de Hugo Puente Photography


Tras bajar del barco y dejar atrás todos los tenderetes, nuestra primera intención era visitar el Palacio Real. Sin embargo no pudo ser porque sus puertas cierran a las 15:30 y nosotros llegábamos ya bastante tarde, así que cambiamos de planes. Afortunadamente, justo al lado se encontraba Wat Pho, un templo donde se encuentra la estatua de Buda más grande de toda Tailandia con 46 metros de largo y 15 de altura. Os preguntaréis por qué mide más de largo que de alto. No es que esté gordo, es que está tumbado. Es tan grande que el templo en el que está metido sólo sirve para albergarlo, es decir, cabe justito dentro. Todo indica que lo construyeron mientras la pieza estaba ya allí, porque de otro modo es totalmente imposible meterlo. Y para más atractivo, toda la estatua está cubierta de oro. Nos costó 100 Bahts la entrada, y allí descubrimos que hay que entrar descalzo a todos los templos budistas, y además sin nada en la cabeza, sin faldas ni los hombros descubiertos. Había más cosas en los alrededores del templo del buda reclinado (así lo llaman), pero hacía un calor bestial y nosotros estábamos sedientos y hambrientos. Tras hacer unas fotos salimos de allí y nos dirigimos a nuestro siguiente destino.

Khao San Road es la calle más animada de la ciudad, y nos dirigimos allí para cenar y tomar algo. Comenzamos a andar en esa dirección porque no queríamos coger los Tuc-tuc que salían de las zonas más turísticas porque quizás nos quisieran poner un precio mayor. Teníamos un paseo importante, y a mitad de camino decidimos parar uno. Sabíamos que no estábamos muy lejos, a un kilómetro y medio, así que negociamos duro. El Tuc-tuc que nos paró no quiso llevarnos allí por 50 Bahts, a pesar de que era un trato bastante justo e incluso beneficioso para él. Entiendo que están acostumbrados a coger turistas que les sacan fajos de billetes sin rechistar al primer precio que ellos proponen. Así que caminamos hasta allí, teniendo el placer de conocer Sanam Luang. Se trata de una especie de parque sin árboles, más bien una gran explanada verde donde los tailandeses hacen volar sus cometas y pasan un buen rato. A esa hora estaba plagada de gente.

Después del paseo paramos unas calles antes, muy próximos ya a Khao San Road, en el Clandestino Fun Food Bar. Allí cenamos un Pad Tai con unas cervezas Chang. El Pad Thai es un plato de arroz que va combinado con gambas, pollo o vegetales, y la verdad que en aquel garito lo preparaban de lujo, tanto en cantidad como en sabor. Fue nuestro primer contacto con la comida tailandesa, y alguno de nosotros no pudo ni terminar el plato de la cantidad que nos pusieron. Todo ello aderezado con música latina, y es que el Clandestino Fun Food Bar parece ser un lugar de encuentro para latinos dentro de Khao San Road. Además disponen de habitaciones para dormir.

Con los estómagos bien llenos nos movimos a la calle principal. Allí ya vimos algún ladyboy, que son hombres con estética de mujer, la mayoría ya con pechos. En Tailandia son el tercer sexo y están profundamente aceptados por la sociedad, trabajando en puestos de cara al público y siendo muy respetados. Eso es algo que a los occidentales nos choca porque no estamos acostumbrados a ellos. Algunos son tan femeninos que pasan desapercibidos, sin embargo otras veces nos cruzamos con algunos con la cara totalmente masculina y pelo largo, luciendo escotes generosos y vestidos ajustados. Cruzamos Khao San Road un par de veces, intentando no perder detalle de nada, pero es imposible. Allí pasan cosas en todas las aceras: masajes, música en directo, gente cenando en terrazas, gente bailando y saltando en la calle, vendedores ambulantes de cerveza, comida, carnet falsos, cucarachas fritas, comerciales intentando que entres en su local... Nos pareció una calle bastante segura a pesar del movimiento incontrolable y el fluir incesante de gente en ambas direcciones. Finalmente encontramos un sitio donde pudimos sentarnos y había música en directo.

Un guitarrista y una cantante nos alegraron otra Chang. Los ven
dedores ambulantes no paraban de acercarse intentando vendernos cosas, sobre todo unas ranas echas de madera que si las frotabas con un palo hacían un ruido parecido al croar. Una anécdota fue ver como un hombre de pelo largo y cercano a los cincuenta se puso a bailar al son de la música en directo del bar. Poco a poco fue entrando hasta que se puso a bailar delante de nuestra mesa mirando a la cantante, impidiéndonos a nosotros hacerlo. Pero daba igual, el hombre iba bastante borracho y también daba un espectáculo digno de ver. No obstante la energía le duró dos canciones, lo que tardó en sentarse en una mesa, apoyar la cabeza y quedarse dormido. Estaba realmente perjudicado, así que un muchacho de otra mesa se levantó y lo llevó fuera para pedirle un Tuc-tuc, haciendo su buena acción del día. Una pequeña camarera iba recolectando propinas para los cantantes, bailando y también dando su espectáculo particular.

Terminamos nuestra consumición, y llegó el momento de coger otro tuc-tuc hasta el hotel. Había sido un día bastante largo a pesar de llegar a mediodía, pero el Jet Lag pasaba factura. Dormimos profundamente. Al día siguiente debíamos levantarnos a las 8 porque a las 10:30 salía nuestro vuelo a Chiang Mai.


miércoles, 25 de marzo de 2015

Loftel22 y nuestro encuentro con lengua verde

El bar del Loftel22
Para ser un albergue de gente joven y mochilera, el Loftel22 está ciertamente alejado de cualquier zona fiestera. Es un buen lugar para pasar una noche tranquilo, a menos que te toquen unos compañeros que lleguen a medianoche borrachos con ganas de jarana. Eso nos pasó a nosotros, aunque no nos molestaron mucho por el cansancio que acumularíamos ese día. Las habitaciones son compartidas, pero nosotros pagamos una habitación de cuatro camas para tener más intimidad y poder dejar nuestras cosas en la habitación. Nos costó 1300 Bahts mas 100 de fianza que nos devolverían al partir. Lo que viene a ser unos 37€, no esta nada mal dividido entre tres personas. El baño y las duchas están fuera de las habitaciones, así como los lavabos, que son compartidos y están en el pasillo. El mantenimiento del albergue es excelente: de lo más nuevo y limpio que veríamos en el país en lo que a hoteles se refiere. No dispone de ascensor, así que para tomar un poco la fresca en el ático hay que currárselo, aunque no demasiado porque son sólo tres o cuatro pisos. Hasta las 14h no podíamos entrar a la habitación, así que nos quedaba media hora para descansar en el bar de abajo que pertenece también al establecimiento. Hay wifi gratis y aprovechamos para comunicar nuestra llegada a nuestra gente mientras tomábamos nuestra primera Chang, una cerveza suave que se aprovecha de las altas temperaturas para entrar rápido. Es una cerveza barata y muy digna. Después de hacer el check-in y dejar nuestras mochilas, salimos a aprovechar la mitad de día que nos quedaba para conocer un poco de Bangkok.
Charla con lengua verde

Nuestra primera intención fue coger un barco para navegar por el rio Chao Phraya, que está pegado al hotel y más arriba de su cauce los templos más importantes, así como la calle festiva más importante: Khao San Road. Decidimos ir en dirección contraria a la dirección de esa zona céntrica para buscar un puerto donde coger un barco, ya que allí son como autobuses. Tienen bastante frecuencia y muchas paradas. Y en eso andábamos cuando topamos con él.

Un señor tailandés de unos 60 años, sentado en una silla de plástico donde apoyaba su bastón de metal. Nos empezó a hablar como si nos conociera, haciéndonos las preguntas que tanto gustan a los amables lugareños: de donde sois, a donde vais, que vais a hacer estos días, cuanto os quedáis... Nos pareció simpático a pesar de esa risa maléfica y pulgosa de un solo tono, así que nos sentamos con él. Le dijimos que buscábamos un muelle para coger un barco y nos contó que al ser domingo no había servicio de barcos, que lo mejor era que contratásemos uno privado solo para nosotros y así ir donde quisiéramos directamente. Nos contó que era de Chiang Mai, el destino al que íbamos a ir al día siguiente en avión. Que casualidad. Nos indicó en el mapa qué le teníamos que decir al del barco privado para que no nos tomase por pardillos y nos quisiera sacar los cuartos. Llamó a un colega que se acercó con su Tuc-tuc y nos llevó por 30 Bahts al muelle privado. Aquel anciano tailandés mascaba algo que le había dejado la lengua verde, algo que quizás compró con la comisión que se llevaba al mandar occidentales a contratar barcos privados. 

Tuc-tuc
El viaje en Tuc-tuc duró unos 10 o 15 minutos. Gracias a la aplicación MAPS.ME de la que hablé en el artículo anterior descubrimos que apenas nos había llevado a 500 metros de la posición de lengua verde. Menuda vuelta nos dio el compinche. Al llegar al muelle nos hicieron pasar a un tenderete donde una mujer nos quería vender una hora de barco privado por 2000 Bahts. Nosotros le dijimos que no, y mientras nos levantábamos bajó el precio a 1500. Pero nos seguía pareciendo un atraco. Así que mientras seguían llegando occidentales en Tuc-tuc, salimos de allí andando, guiados por el GPS del móvil. Pasados unos minutos encontramos otro muelle con otro tenderete. Salió un hombre que nos quiso vender el mismo producto, pero más adentro había un puesto mucho más serio al que nos acercamos. El billete valía 15 Bahts. Los barcos públicos sí funcionaban en domingo en contra de lo que lengua verde nos había comentado. Sacamos tres tickets ahorrándonos 1955 Bahts, y esperamos a que llegara un barco, cuestión de menos de tres minutos.

En el barco
Montamos en el destartado barco junto con unas 150 personas que iban a bordo y avanzamos por el río unas cuantas paradas. El río estaba tan sucio que resultaba difícil pensar que los pobres peces pudieran ver algo. Hugo reconoció uno de los templos importantes al otro lado del río, así que ya estábamos en la zona. Bajamos y nos encontramos con un muelle mucho más vivo, con tenderetes de comida rápida y cosas bizarras, como por ejemplo esculturas de alien hechas de componentes mecánicos. Habíamos llegado a la zona de los templos de Bangkok.



martes, 24 de marzo de 2015

Llegada a Bangkok

Después de tantas horas sentados estábamos deseosos de estirar las piernas. Afortunadamente no habíamos facturado maleta alguna, así que tras pasar el control de pasaportes pertinente fuimos a cambiar dinero. Antes nos entregaron en el avión el típico papelito a rellenar para inmigración. En él especificas el motivo de tu viaje, el tiempo que vas a permanecer en el país y cual va a ser tu dirección. Cuando pasamos el control de pasaportes se quedaron la parte referente al vuelo de llegada, dejándonos el del vuelo de salida que entregaríamos al volver a Madrid (es un coñazo guardarlo durante todos los días del viaje).

Cambiamos lo mínimo en el aeropuerto, ya que allí el cambio nunca es favorable. El Baht es la moneda Tailandesa y 1 €uro vale unos 34 Bahts. Nosotros cambiamos menos de 50€ allí porque no sabíamos donde podíamos encontrar un buen cambio en la ciudad, aunque si lo llegamos a saber hubiéramos cambiado menos. Hay bancos por las zonas de los centros comerciales que ofrecen un cambio mucho mejor que en el aeropuerto, pero suelen cerrar a primera hora de la tarde. Nosotros encontramos uno en seguida al llegar a Bangkok, y ya allí cambiamos otros 100€ por cabeza. Pero volviendo al aeropuerto y ya con nuestros Bahts en el bolsillo nos fuimos directos al servicio de tren que lleva a la ciudad. El billete hasta la estación más céntrica (y última parada) nos costó sólo 45 Bahts, algo más de un €uro y mucho más barato que un taxi. En una media hora alcanzamos Phaya Thai BTS Station. Desde allí teníamos un paseo bastante importante a nuestro primer hostal: el Loftel 22. Puesto que no nos fiábamos todavía de que nos pudieran engañar, decidimos ir andando en un paseo de algo menos de una hora. Decidimos ir a esa zona de Bangkok porque al día siguiente ya teníamos un vuelo para Chiang Mai, la segunda ciudad más importante del país. Resulta que en los alrededores de aquel hostal se encuentra la estación de Hua Lamphong, y desde allí salen trenes hacia el segundo aeropuerto de la ciudad, que es el encargado de los vuelos locales: el Don Mueang.

Camino al Loftel22

Esquivamos a los taxistas al salir de Phaya Thai BTS Station hasta que se nos acercó un decidido personaje. Un tailandes muy bien vestido y con un gran dominio del inglés nos preguntaba a donde queríamos ir. Le contamos que queríamos ir andando para ver un poco la ciudad, y nos comentó que estábamos muy lejos del hotel. Nos recomendó lugares y nos dio consejos, además de hablarnos de fútbol y contarnos que era policía de la estación. Nos enseñó una tarjeta que lo acreditaba, algo que nos dio bastante confianza porque además no nos parecía querer vender nada. En los días posteriores encontraríamos en diversas calles vendedores ambulantes que por algo más de 1000 Bahts te falsificaban cualquier carnet, incluso los de policía. También había DNI español y carnet de conducir, así que entendimos que tal vez aquel policía no era tal. Nos despedimos de él agradeciéndole sus consejos, y yo saqué el móvil para utilizar una aplicación que nos iba a hacer la vida mucho más fácil.

MAPS.ME es una aplicación para teléfonos Android que te permite descargar los mapas del mundo y usarlos sin conexión a Internet. Luego ya con el GPS del propio teléfono te puedes mover y decirle que te diga como llegar al destino deseado. Todo un descubrimiento que consiguió que no necesitáramos buscar mapas de papel ni preguntar donde estaba algo en todo el viaje. Incluso hay reflejados bares, hoteles, gasolineras... Para mí es ya un imprescindible para viajar. Guiados por la app empezamos a caminar hacia el albergue y paramos a mitad de camino en un centro comercial para cambiar dinero, tal y como os he contado anteriormente. La temperatura rondaba los 35 grados y sudábamos nuestras gorras a cada paso. En los centros comerciales, lo más parecido al mundo occidental, los aires acondicionados funcionaban a todo trapo generando un cambio de temperatura brutal. 

Tras salir de allí seguimos caminando y dejando atrás los centros comerciales. Entramos en una zona de puestos ambulantes de comida de todo tipo que tenía una pinta muy buena, pero todavía no nos fiábamos de comerla. Finalmente alcanzamos la estación de trenes de Hua Lamphong, y gracias a MAPS.ME encontramos el albergue sin problemas. Sin ella nos hubiera costado bastante más porque los mercadillos ambulantes nos tapaban calles por las que debíamos pasar.

lunes, 23 de marzo de 2015

Introducción del viaje a Tailandia con Aeroflot

Como tengo completamente abandonado el blog, ni si quiera os he contado que en la última semana he estado en Tailandia. Por esa misma razón no he escrito en mi cuaderno durante el viaje, así que lo voy a hacer de memoria con el riesgo inevitable de que se pierdan por el camino detalles importantes.

Hemos estado sólo una semana por allí, durmiendo una media de cinco horas para poder exprimir al máximo nuestro paso por Bangkok, Chiang Mai y Railay. En apenas ocho días hemos cogido siete aviones: dos para llegar a Bangkok desde Madrid vía Moscú, tres para movernos por el país asíatico y otros dos para volver a España con trasbordo en Moscú de nuevo.

En los siguientes días os lo iré contando todo de forma algo menos detallada que en viajes anteriores. Por el momento contaros que volamos con Aeroflot, una compañía aerea rusa de la que no habíamos oído hablar. La verdad es que en un primer momento no nos inspiró mucha confianza, pero nos han demostrado que son una compañía seria. Los aviones de la ruta Madrid-Moscú (y viceversa) fueron Airbus 320 y el viaje duró unas cinco horas. Nos dieron de comer y de beber en el vuelo de vuelta, mientras que en el de ida solo de beber. No disponían de pantallas en los asientos delanteros para poder ver películas o distraerse.

Airbus 320
Los aviones de la ruta Moscú-Bangkok fueron Airbus 330, con mucha mayor capacidad. Ambos vuelos duraron unas nueve horas y nos dieron dos comidas, además de bebidas. En este caso sí había pantallas para ver películas, series, escuchar música o jugar a algún videojuego de baja calidad. Todos los contenidos estaban en inglés o en ruso.

Airbus 330

Respecto al Aeropuerto de Moscú Sheremetyevo, la verdad es que es enorme. Tiene varias terminales y a nosotros nos dejaba en la F y teníamos que ir a la D (y viceversa). Esas terminales están unidad y se puede ir andando, aunque te pegas un rato andando (como un cuarto de hora). Las instalaciones son buenas y en muchos establecimientos solo aceptan rublos (moneda rusa), así que si quieres comer algo debes pagar con tarjeta, cambiar euros a rublos o buscar un establecimiento que acepte la principal moneda europea. Además tiene Wifi gratuito, lo que es importante para distraerte durante las esperas, algo en lo que también tuvimos suerte porque solo esperamos tres horas entre vuelo y vuelo. Para que no te fundas la batería de tu móvil jugando, si buscas un poco por las terminales encuentras enchufes, pero hay que estar vivos porque aunque es gratis usarlos, todos quieren utilizarlos.

Como en todos los lugares lejanos, en el aeropuerto moscovita hay cosas que sorprenden. A nosotros nos llamó la atención la venta de camisetas de Putin por unos 1500 rublos, algo menos de 25 €urazos.

En el siguiente artículo ya nos vemos en el aeropuerto de Internacional de Bangkok, Suvarnabhumi.

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