viernes, 27 de marzo de 2015

Alquilando una moto por Chiang Mai y alrededores

Al llegar al hotel le transmitimos a la recepcionista nuestra intención de alquilar unas motos. Seguidamente nos dejó un folleto con todos los modelos disponibles para el alquiler. Tenían como una docena de modelos, la mayoría de ellos de 125 cc. No nos complicamos mucho y elegimos tres de esa cilindrada. Seguidamente nos indicó que el precio era de 150 Bahts por moto para todo el día (menos de 5€), pero que debíamos dejar un pasaporte como fianza (y no valían copias) o si no 5000 Bahts por moto (casi 150 €). Nos pareció una barbaridad, y de hecho no disponíamos de tanta moneda local cambiada. Dejar el pasaporte era un riesgo porque al día siguiente teníamos un vuelo a Krabi a las 7 de la mañana y sin él me quedaría en tierra. Sin embargo decidí confiar en que no nos pasaría nada extraño y me lo devolverían sin problema. Así que la chica de recepción llamó a la empresa de alquiler y en un cuarto de hora una mujer se plantó en la puerta del hotel con una sola moto. Bajó de ella con documentación y nos comentó las condiciones: debíamos devolverlas a las 19h como tarde (eran las 14:30h) sin un rasguño y con el depósito a tope de gasolina, tal y como nos las iban a entregar. En el momento en qué firmé el contrato, le pagamos y se quedó mi pasaporte, sacó el móvil y llamó a un compañero. En seguida llegaron las otras dos motos. Un hombre nos explicó el funcionamiento de las mismas y nos asignó una a cada uno. Se preocuparon hasta vernos salir, para comprobar nuestra destreza con ellas después de preguntarnos si estábamos capacitados para llevarlas.

Arrancamos en la calle del hotel y después de una recta volvimos para confirmarles que todo estaba en orden, que todo dominado. Pero ellos ya estaba de cháchara sin ningún tipo de preocupación sobre nuestro dominio sobre dos ruedas. Lo que quiero decir es que si viene un simio de esos que tienen el culo rojo, paga y les dice que sabe conducir, le dan una moto, sin necesidad de garantías, carnet, etc... Nos dimos unas cuantas vueltas por el perímetro que rodea la ciudad antigua para hacernos con el tráfico, tan distinto al de las ciudades españolas. Primero por el hecho de conducir por la izquierda, segundo por el poco respeto a los carriles, y el caos generalizado que existe con el tráfico tailandés. Después de una media hora y un par de sustos ya controlábamos de lujo las dos ruedas con motor, así que nos fijamos un destino más a nuestra medida: el templo Wat Phrathat Doi Suthep, un precioso templo budista situado en las montañas, a 15 kilómetros del centro de la ciudad. Para ir hasta allí pretendíamos coger la carretera 1004, sin pérdida ninguna. Esta se coge en la esquina superior izquierda del perímetro cuadrado que rodea la ciudad vieja, y hacia allí fuimos hasta que tuvimos un encuentro inesperado. A la entrada de esa calle nos esperaban unos cuantos policías que nos dieron el alto. A nosotros y a todos los occidentales que veían montados en motos de renting. A cada uno nos cogió un policía distinto y por separado para que no pudiéramos hablar entre nosotros, pidiéndonos el carnet de conducir. Yo le enseñe mi licencia española, pero me dijo que no era válida y que tenía que dejar ahí mi moto y acompañarle a la comisaría. Como os podéis imaginar, se me pusieron de corbata. Miré a mis compañeros y Pablo estaba en la misma tesitura, mientras que a Hugo le habían dado por bueno el mismo carnet que a mí no. Sin embargo no razonaban, y escuché como con Pablo hablaban de dinero. Este me indicó que lo que querían era dinero, una multa bajo mano sin que nadie lo supiera, ya me entendéis. Saqué mi cartera y el policía me indicó que lo hiciera en el hueco de debajo del asiento, que nadie viera como sacaba mi dinero. Cuando llegué a 400 Bahts, cogió el dinero y me devolvió el carnet, dejándome marchar. A Pablo le costó 100 Bahts más que a mí, no me preguntéis el por qué. Todavía con el susto en el cuerpo y bastante indignados proseguimos nuestro camino.

Avanzamos por la avenida recta hasta dejar atrás el Zoológico, que es cuando la carretera se empieza a empinar y se llena de curvas. Seguimos subiendo un buen rato hasta que a media montaña paramos en un pequeño altar para hacernos unas fotos. Allí había otro occidental con su moto alquilada, sentado en el suelo y solo. Se nos acercó pidiéndonos gasolina, pues se le había acabado y se había quedado tirado. No teníamos, así que siguió esperando a su novia, que por lo visto había ido montaña abajo a comprar un poco. Después nos hizo una foto y le dejamos allí, justo en el momento en el que aparecía ella. Para él, que no sé cuanto tiempo llevaría allí, debió ser como una aparición Mariana, ya que alzó los brazos gritando como si hubiera conseguido el gol que le daba la copa del mundo a su equipo. Subiendo de forma interminable llegamos por fin a Wat Phrathat Doi Suthep.

Aparcamos las motos junto a unas 50 que había, en un suelo inclinado que dificultaba la acción. Compramos algo de beber y pasamos un montón de tenderetes hasta llegar, después de cruzar la calle, al inicio de unas empinadas escaleras que parecían no acabar. Subimos hasta dejar atrás dos enormes estatuas de Buda, y llegamos a otros tenderetes de ropa y figurillas orientadas más al turista que al culto. De ahí partían más escaleras donde las barandillas eran dragones, y que por fin llevaban al templo, previo pago de la entrada. La zona del templo era bastante chula y se dejaban los zapatos fuera antes de entrar. Los fieles portaban flores y encendían incienso en pos de sus dioses, mientras multitud de turistas llegados en moto como nosotros o en autobús los acribillaban a fotografías. Tras un completo paseo por el templo volvimos a por nuestros motorciclos.

Cuando fuimos a coger nuestras motos se produjo una anécdota un tanto peliaguda. Un tailandés con su moto y una persona de paquete intentó parar donde Pablo estaba con su moto. Pablo le vio venir y se echó a un lado y el tailandés giró para el mismo. Pablo se fue al otro y el lugareño al mismo, y así hasta cuatro veces. Menos mal que el asiático iba frenando y al llegar a la posición de nuestro acompañante llegó a velocidad cero, pero a punto de pasar su rueda por encima de su pie. Pablo puso las manos para terminar de detenerlo, pero su mosqueo era ya mayúsculo. Tuvo que calmar su fuerza dando una palmada al aire y cagándose en las muelas del conductor zoquete, que quedó en calma como abrumado y avergonzado a la vez. Con los nervios, Pablo no quitó la pitón de su moto, y claro, no podía avanzar. El asiático que aún estaba allí como petrificado le avisó, en un gesto gentil como para hacer las paces con él.

Cómo aun teníamos algo de tiempo pensamos que podíamos llegar un poco más lejos. Había un pueblo llamado Doi Pui Hmong que estaba más metido en las montañas al que pretendimos llegar, pero teníamos que darnos prisa para devolver las motos a tiempo. La carretera fue empeorando progresivamente, además de meterse más y más en la selva. Se estrechaba y los baches eran más comunes, además de combinar subidas y bajadas con curvas cada vez más peligrosas. Casi al llegar al poblado vimos un montón de tailandeses que rodeaban a un herido que se la había pegado en la moto. A mí me pareció que era occidental, aunque a los demás no. Lo que sí era seguro era que tenía sangre abundante en la cabeza, y que ya estaba socorrido por bastante gente, así que llegamos al final del camino donde estaba por fin Doi Pui Hmong. 

El paisaje era precioso. Aparcamos nuestras motos y dimos un paseo por el pueblo. Vimos la escuela y un montón de tenderetes de cosas a precios irrisorios. Compramos algún regalo para nuestra gente y sin más volvimos a nuestras motos. Era tarde y aún teníamos que repostar. Al llegar al punto del accidente nos encontramos aún más gente y como metían al hombre en la ambulancia. La ambulancia era una pickup con la parte trasera cubierta, y el los cristales posteriores había una serie de pegatinas, entre ellas la de Batman. No pudimos pasar hasta que la ambulancia emprendió de nuevo la marcha, y puesto que la carretera era tan sinuosa iba bastante lenta para que el accidentado no sufriera demasiado. La tuvimos delante mucho rato con las luces y la sirena activada, hasta que se detuvo cerca del templo donde estuvimos. Nosotros proseguimos la marcha y posteriormente nos alcanzaría de nuevo, aun con el accidentado dentro y con las sirenas a tope. Nos adelantó, pues la carretera ya era más ancha y lo permitía y la perdimos de vista.

Paramos en el zoo en busca de un surtidor, pero no lo encontramos allí. Con el móvil buscamos uno, pero en el lugar donde nos indicó no encontramos nada. Finalmente, camino del segundo lugar donde había de haber una gasolinera según la aplicación, encontramos una en el sentido contrario al que íbamos. Hacer el cambio de sentido fue toda una odisea, incluso pensamos que nos iba a multar un coche que nos pitaba, pero lo que quería realmente era hacer el cambio de sentido también. Era como en los típicos vídeos del tráfico egipcio que circulan por Internet: si tienes un centímetro métete, si no espera 10 minutos hasta el próximo centímetro. Llegamos a la gasolinera y pagamos poco más de un euro cada uno por llenar nuestros depósitos. Ya solo quedaba llegar al hotel, y gracias a mi sentido de la orientación fue bastante fácil.

Llegamos a las 18:30, treinta minutos antes de la hora indicada. Nos dio tiempo a sentarnos en la terraza del hotel a esperar, y en seguida aparecieron los dueños de las motos. Tras un vistazo rápido me devolvieron el pasaporte (previa broma por su parte) y terminamos una de las experiencias que más me gustaron del viaje.


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