viernes, 27 de marzo de 2015

Llegada a Chiang Mai, la primera noche

Por supuesto llegamos a Chiang Mai con la noche encima. La temperatura era excelente, pero observamos que había muchos mosquitos, seguramente por la proximidad de las montañas. Nuestra primera intención fue comprar antimosquitos, y localizamos una farmacia en el aeropuerto que estaba cerrando. Allí no nos quisieron vender porque decían estar fuera de servicio. Sin más nos dirigimos a la puerta del aeropuerto donde una mujer nos preguntó si queríamos un taxi. Era tarde y nosotros estábamos cansados de esperas, así que accedimos y la mujer nos buscó un conductor por muy poco dinero (no recuerdo cuanto, pero es que la ciudad está muy cerca del propio aeropuerto). Le dimos el papel de la reserva del hotel para que nos llevara exactamente a la puerta del mismo, y cuando íbamos hacia el taxi nos empezamos a distribuir: Hugo y yo iríamos en los asientos de atrás mientras que Pablo acompañaría al conductor en la parte delantera. Se produjo una confusión graciosa porque Pablo, acostumbrado a los vehículos españoles en los que el volante está en el lado izquierdo intentó sentarse en el lugar del conductor. En Tailandia la circulación es por el carril izquierdo, igual que en La India o en UK, por lo que el volante está a la derecha. Cuando Pablo y el conductor arreglaron sus diferencias, entre risas, arrancamos hacia el Mandala House.

Este hotel está muy cerca de la parte antigua y central de Chiang Mai, aunque fuera. Se llega en un momento, pero estuvimos acertados en que el taxi nos llevara hasta la puerta porque había que tomar unas callejuelas un tanto liosas. El hotel es una casa bastante vieja, pero allí estuvimos muy bien. La única pega quizá fueron los mosquitos. Al entrar pagamos las dos noches por 2000 Bahts (unos 58€, entre tres personas sale a menos de 10€ la noche por cabeza). También pudimos comprar repelente de mosquitos en la misma recepción, donde una amable ladyboy de cara masculina pero voz suave nos hizo todas las gestiones. Un botones nos acompañó a nuestra habitación, que estaba en el quinto piso. Las vistas eran buenas, la habitación era enorme y tenía hasta una pequeña galería. Era vieja pero confortable.

Puesto que se acercaban las 23h y no habíamos cenado, salimos rápidamente en busca de un bar o restaurante. Nada más salir de las callejuelas llegamos a una calle mucho más principal llamada Loi Kroh Road. En frente de nosotros una posada con buena pinta, así que no lo dudamos. Se trataba de Wild Boar Restaurant and Bar, y llegamos a diez minutos del cierre de la cocina. Con unas Changs y unas buenas hamburguesas estilo occidental nos saciamos de lo lindo. El bar estaba muy bien, el personal era amable. La camarera era tailandesa y el dueño parecía ser occidental. Al fondo había un billar que estaba en uso casi siempre. Me llamó la atención un cartel que ponía lo siguiente en inglés: "las camareras no tienen móvil, ni facebook. Están trabajando". Hugo y Pablo estaban sentados mirando para el interior del bar, pero yo que lo estaba hacia la calle no paraba de ver el goteo de parejas hombre maduro occidental-veinteañera tailandesa. No eramos conscientes de que estábamos en una de las calles más calientes de Chiang Mai. Después de cenar, caminamos un rato por la calle recibiendo piropos y llamadas de atención por parte de señoritas de los bares adyacentes. Finalmente entramos a un bar que parecía más normal, pero en seguida nos percatamos de que era como los demás. Muchas chicas tailandesas acompañando a occidentales que rondaban los 50 o más. Nosotros nos atrincheramos en una mesa dejando claro que solo queríamos tomar una cerveza tranquilos. Sin embargo, cuando llevábamos la mitad de la consumición, se cerraron las persianas y la gente empezó a irse. Las chicas avisaban de que se fuera todo el mundo, y nosotros hicimos lo propio sin saber muy bien por qué. Una chica nos gritó que el día siguiente viniéramos más pronto, y es que era cerca de la una de la madrugada. Tras salir y avanzar unos metros vimos como un coche de policía se paraba en la puerta, como si fuera ilegal estar abiertos a esa hora.

De camino al hotel paramos en un supermercado Seven Eleven. No sé porque se llaman así, ya que están abiertos 24 horas. Cogimos agua para la noche y desayuno para el día siguiente. En los bares se veían las persianas bajadas, pero se escuchaba música en el interior, como si la fiesta siguiera clandestinamente. Nosotros el día siguiente queríamos madrugar para poder recuperar el tiempo perdido en el aeropuerto. La noche fue muy larga debido a los mosquitos, ya que el repelente parecía no tener mucho efecto.

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