miércoles, 8 de abril de 2015

De Chiang Mai a Railay

A las 6:25 salía nuestro avión desde Chiang Mai a Krabi. Habíamos llegado al hotel bien pasada la media noche después de ver los combates, y habíamos concertado un taxi a las 4 de la mañana en la puerta del Mandala house. Dormimos tres horas y cuando bajamos a recepción ya eran las 4 am. En el sofá dormía plácidamente el recepcionista con unas finas mantas, y tuvimos que despertarle para que nos prestara atención, ya que allí no había rastro de ningún taxista. Sobresaltado, como si se les hubiera olvidado llamar, cogió el teléfono e hizo una llama
da. Tras unos minutos de espera apareció nuestro hombre, que nos llevó al aeropuerto en unos veinte minutos. Por la calle todavía se veía gente de fiesta.

Tras el percance con Lion Thai Airlines y sabiendo que en Chiang Mai siempre amanece con una bruma que dificulta la salida y aterrizaje de los aviones, andábamos algo expectantes. Sin embargo ese día apenas había calima, y nuestro avión de Asia Airlines salió a la hora prevista y sin cambio de puertas de embarque. Nos pareció una compañía más profesional, como ha de ser. Eso sí, nos tocó separados los unos de los otros, pero tampoco importaba porque el vuelo era corto y estábamos muertos de sueño. Recuerdo que tuve bastante suerte en ese vuelo. Yo estaba con mucho sueño, algo resacoso y un poco susceptible, y me tocó a la derecha un hombre bastante gordo y a la izquierda un hombre barbudo. El avión era estrecho y yo ya me estaba agobiando, cuando llegó la mujer del belludo con una niña y un azafato. Nos pidió que si nos podíamos cambiar de asiento al hombre gordo y a mí, ya que les había tocado separados a toda la familia. Yo acepté sin saber cual sería mi asiento, pero era difícil que fuera peor. Resultó ser en pasillo y en la fila de la salida de emergencia, que es mucho más amplia que las demás. Allí pude dormitar a gusto e ir al baño un par de veces sin problema durante la hora y media que duró el vuelo.


Finalmente llegamos al aeropuerto de Krabi a primera hora de la mañana. Es un aeropuerto muy pequeño, y como nosotros nunca facturamos siempre salimos de los primeros. Eso nos permitió coger sitio en el primer autobús que salía hacia Ao Nang, la zona costera. Los tickets se compran en el propio aeropuerto, hay varios stands, y al hacerlo te indican donde se coge el autobús, no tiene pérdida ninguna. Yo ya estaba algo mejor, y aunque temía el viaje en bus fue mejor de lo que esperaba al verlo. Era un autobús-camión, con el motor entre los asientos, y era muy amplio. Con mi móvil fui controlando en todo momento por donde íbamos. Paramos en la estación de autobuses de Krabi (lugar en el que bajaban los que querían ir a islas paradisíacas como Phi-Phi island) y en algunos hoteles. El conductor iba cantando donde estábamos cada vez que parábamos.

Nosotros sólo teníamos una noche por allí, así que elegimos algo mucho más cercano. A las islas se llega en ferry en dos horas y media, pero la península de Railay estaba a solo 20 minutos en barco. Atravesamos Ao Nang con el autobús visualizando las playas, y por fin paramos casi al final del turístico pueblo. El trayecto del bus estuvo bien, porque te permite ver las espectaculares formaciones rocosas que hay en los alrededores, y que no permiten el acceso en coche a Railay, lo que la hace más paradisíaca. Nos dejaron justo en el lugar donde se compraban los billetes para la península por 100 Bahts. Nos quedamos pelados, pero la chica que nos los vendió nos informó de que allí también había lugares de cambio de divisa, y aunque eran algo más bajos no estaban mal del todo. Así que esperamos un poco y apareció el típico barquito de madera de las playas tailandesas. Sólo cabíamos diez personas, y cuando lo llenaron partimos. Subirse a él es una experiencia, porque hay que llegar hasta su posición, mojándote los pies y las piernas hasta casi las rodillas. Luego se puede subir por una escalera rollo piscina, o si tienes ganas trepando.

Arrancamos en seguida, dejando los equipajes en la parte delantera del barco. Hay un toldo para tapar el sol a los ocupantes, que se sientan en bancos de madera. La temperatura era excelente y el escenario espectacular. Llegamos a Railay y llegó el momento de buscar alojamiento.

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