jueves, 9 de abril de 2015

Durmiendo en Railay

Nuestra llegada fue a una de las dos playas que tiene Railay. Allí descendimos del barco por la escalerilla (con la que casi me desgracio el dedo pequeño de una mano) directos al agua. Había muchos barcos como el nuestro que esperaban a los clientes para llevarlos a Ao Nang o a otros destinos cercanos. Nos adentramos por un pasillo abierto que iba directo al interior de la pequeña península, repleto de bares, restaurantes, puestos de helados, tiendas de ropa y puestos de cambio de divisa. Allí cambiamos unos cuantos Euros por Bahts, que nos empezaban a faltar. No teníamos alojamiento, así que nos paramos en un poste informativo donde había un mapa con todos los resorts y hoteles del lugar. Preguntamos en un puesto de información los hoteles más baratos para pasar la noche, ya que había un montón de resorts que tenían pinta de ser carísimos. Nos dijeron un par de sitios, pero nosotros preferimos pasear un rato.

De pronto, todo cambio. El interior de la península no es la joya que aparece en las fotos, ni la preciosidad de las playas. Esa zona es mucho más sucia y maloliente, lo que no quiere que se vea en las fotos. Se acumula mucha basura que se recoge con muy poca frecuencia, y además tienen jaulas para que los monos y los gatos no puedan acceder a los deshechos. Paramos en un restaurante al aire libre de una familia local. Nos tomamos unos refrescos porque ya el sol pegaba bien fuerte, y aprovechamos el wifi del local para consultar precios de hoteles. Al final nos decidimos por el Diamond Cave Resort & Spa, a pesar de que no tenía muy buenos comentarios. Cogimos un bungalow para cuatro personas por 2300 Bahts, y nos dirigimos hacia allí. Nos costó un poco encontrarlo, lo que nos permitió ver más basuras y las condiciones higiénicas en las que viven los monos, en charcas de agua sucia y contaminada. Pasado eso el camino tenía su encanto, con enormes acantilados poblados por naturaleza de selva donde se formaban cuevas como la del diamante, que se puede visitar para ver las estalactitas que se forman en su interior.

 

Llegamos a la recepción del hotel y nos llevaron a nuestro bungalow. Es un enclave precioso, pero para los escrupulosos os diré que seguro que no os gustaría el estado del hotel. En primer lugar, en nuestro bungalow había algunos interruptores que no funcionaban, además de estar bastante destartalado y con algún agujero en el techo (no cabía ningún mono, pero entraba la luz). Además, a pesar de tener una mesa y sillas de madera preciosas en la puerta, no podíamos dejar nada por allí porque los monos que frecuentaban la zona se acercaban a robarlo todo. La piscina estaba genial, pero los monos, que ya no tienen valor para beber agua de la charca donde viven, vienen en tropel a beber agua fresca hasta que se los espanta.


El bar está muy bien aunque es algo caro, y tampoco puedes dejar cosas de valor dentro del bungalow, ya que las puertas se podrían tirar de una patada. Eso sí, en recepción hay unos armarios de pago donde guardar los efectos personales. Y el Wifi solo va allí y en el bar. Aún así no estuvimos mal del todo. 

Comimos en un restaurante de la zona y después nos fuimos a dar un baño a la playa donde llegamos. En la otra playa el baño es más complicado y hay un muelle para contratar barcos o alquilar kayaks. La verdad es que la primera playa era más bonita y había muchos diminutos cangrejillos que huían al intuir que nos acercábamos. Allí nos bañamos y yo me eché una cabezadita. El agua estaba caliente, lo que me llamó poderosamente la atención. Camino de nuevo del hotel degustamos unos zumos de mango y piña deliciosos, y nos dimos un chapuzón en la piscina. 

Después tomamos algo en el bar y dejamos que cayera la noche. Buscamos a pie de playa un lugar para tomar algo, craso error. Nos lo cobraron mucho más caro que incluso en España. Debimos preguntar antes, y aunque el lugar era privilegiado (llegamos hasta él por un camino que rodeaba el mar a un lado y el acantilado a otro) salimos de allí rápidamente. Cenamos en uno de los hoteles que nos recomendaron al llegar, que si os digo la verdad, no recuerdo el nombre. Estaba en la costa este y había que subir un montón de escaleras. Era de los más baratos y su ambiente hippy era encantador. 


Después tomamos unas copas para despedir el día con el sonido en directo de un grupo local que cantaba en español. Dimos un par de vueltas a Railay (sí, es super pequeño) y nos fuimos a dormir.

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