viernes, 24 de abril de 2015

Último día en Bangkok

No madrugamos en nuestro último día. Nos lo tomamos con mucha calma y en vez de desayunar prácticamente almorzamos en el destartalado restaurante al aire libre que había cerca de la entrada del Erawan House. Nos sorprendió lo sabroso de los platos por tan poco dinero. Después nos acercamos al gran palacio. Fuimos andando porque no nos convencía ninguno de los precios que nos ofrecían los taxistas. Tampoco nos costó mucho llegar allí.

Al acercarnos, hordas de turistas chinos nos dificultaban seriamente el paso hasta las proximidades del recinto. Haciendo un ejercicio conjunto de slalom conseguimos entrar, no sin antes tener el ofrecimiento en la puerta de pantalones largos. Hacía mucho calor y nosotros íbamos enseñando nuestros gemelos, algo que estaba prohibido para entrar en ese conjunto de monumentos. En la puerta se sucedían los ofrecimientos clandestinos de ropajes para tapar carnes, según decían, a un precio más favorable que dentro. Y es que al entrar lo primero que hacen (antes de sacar la entrada) es obligarte a alquilar ropa que te tape las piernas, los hombros o el escote. Si bien es cierto que es solo un alquiler, después del cual te devuelven íntegro el importe. A nosotros nos mosqueo mucho el tema, ya que por dentro se veían chinos y chinas que se habían pasado la norma por el forro de sus partes genitales. Al final tragamos y entramos con unos pantalones dignos de la parte más cutre del decathlon.

Entramos y pagamos nuestra entrada para acceder a ver al buda esmeralda, además de unos edificios de arquitectura tailandesa y vietnamita. No estuvo mal del todo, aunque nosotros esperábamos más, supongo que porque estábamos ya saturados de ver todo tipo de budas y templos. 

Al salir decidimos ir a la parte del edificio más alto de Tailandia, la torre Baiyoke II. Empezamos caminando un buen trecho, intentando dejar atrás la parte más turística de la ciudad para buscar un precio razonable de taxi. Nos adentramos por calles repletas de tiendas de venta de figuras de buda, de todos los tamaños. Algunos eran más grandes que un elefante. Después de comprar en un puesto callejero un trozo de sandía y un trozo de piña (riquísimos) nos rendimos y paramos un tuc-tuc. Negociamos con él y encontramos el equilibrio en un precio medio. Estuvimos en un atasco horrible hasta por fin llegar a la zona del rascacielos, que para nuestra sorpresa estaba llena de tenderetes. No cabía un alfiler en el suelo, y moverse por allí era toda una odisea. Además, nuestras andrajosas pintas no tenían el glamour suficiente para poder subir al edificio, reservado para gente de corbata y etiqueta. No nos penó no poder subir al bar de la última planta, ya que el precio era desmesurado. En lugar de ello nos dimos una vuelta por los centros comerciales de la zona.

Paseando y cruzando el canal, llegamos a dos de los centros comerciales más importantes: Groove At Central World y el Siam Paragon. En la puerta del primero había un enorme altar donde se realizaba una ofrenda envuelta en incienso al dios hindú Ganesha, ese que tiene cabeza de elefante. En el segundo entramos y nos dimos un garbeo para comprobar que parecíamos estar en cualquier centro comercial occidental. Después, intentar coger un taxi fue complicado. Los atascos eran brutales y pocos querían acercarnos por un precio razonable, así que tuvimos que dejarnos bien los cuartos. 

Llegados al hotel nos duchamos y nos volvimos a dar una última vuelta por las zonas más marchosas de la ciudad. Al día siguiente madrugábamos para coger el vuelo de vuelta a España, así que no trasnochamos excesivamente.

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