viernes, 16 de octubre de 2015

May

Desde que no tengo la costumbre de escribir con asiduidad en el blog han ocurrido muchas cosas en mi vida. Una de las más importantes ha sido la llegada de May, una miedosa podenquita ibicenca. Hace ya cinco meses de su llegada y los cambios que ha experimentado son brutales.

Mi novia y yo teníamos en la cabeza adoptar un perrito. Mis preferencias eran que fuera macho y pequeño de tamaño, y las de mi novia que fuera un "olvidado". Este término se refiere a aquellos perros que se pasan la vida en la protectora a la espera de una adopción, pero ésta nunca llega por unas razones o por otras: perros miedosos, agresivos, viejos o que simplemente no entran por los ojos de la gente. Nos pusimos en contacto con Zarpa y nos ofrecieron una serie de candidatos que encajasen entre los "olvidados". Queríamos que tuviera por lo menos cinco años y que fuera un perro al que pudiéramos ayudar. Y a la segunda fue la vencida.


May estaba de acogida en una casa que ya no se podía hacer cargo de ella por temas laborales. Una acogida es una adopción temporal. Llevaba un mes allí y todavía no se había adaptado debido a sus profundos miedos. Anteriormente había estado un año (también de acogida) en una finca con una decena de canes donde pudo saborear el aroma de la felicidad junto a sus compañeros de especie. Y antes de eso sufrió el maltrato desde que era una cachorrita, a manos de unas personas que marcaron su personalidad para siempre.

Cuando llegó a casa no comió ni bebió agua en varios días. Se pasaba el día encima de un sofá con los ojos como platos, pendiente de todas las amenazas que podrían surgir del entorno. Salir a la calle también era una tortura para ella y se pasaba el rato con el rabo entre las piernas. Para que os hagáis una idea, simplemente el contacto visual conmigo hacía que se echase hacia atrás, tirando de la correa en un infructuoso intento de escapar. Como si el siguiente paso de la mirada directa fuera un golpe.

Ha pasado mucho tiempo y ella sigue en subida a un sofá todo el tiempo, pero por lo menos ya no siempre es el mismo. Se cambia de uno a otro y si se lo sugieres ella misma se levanta y se cambia. Ya come a la luz del día de vez en cuando en lugar de esperar a que caiga la noche y estemos dormidos. Y lo más importante es que baja a comer al suelo, ya que los primeros meses tenía que ser en el sofá. Nos da muchos besos y baja a la calle con una alegría que contagia y nos llena el alma, y además la podemos soltar porque nos sigue. Es una perra buenísima: obediente, cariñosa, guapa... y aunque a veces es incapaz de mirarnos a la cara, espero que eso vaya cambiando también.

El artículo que os escribo venía por dos motivos. El primero y ya cumplido era presentaros a May y contaros un poco de su historia. El segundo se debe a una reflexión que hice mientras daba un paseo con esta peluda. Viéndola jugar y desprendiendo esa alegría que tanto me llena y de la que se le ha privado tanto tiempo, empecé a pensar en la suerte. La mala suerte que tuvo al nacer en un lugar donde fue maltratada, y la buena suerte que ha tenido en caer en un hogar que la quiere y la respeta. Pensé en todos esos perros que la primera de las suertes que tuvo May acaban por matarlos. Y en todos esos perros que nacen en hogares repletos de cariño y que al final de sus vidas no han conocido el miedo ni el sufrimiento. Para mí es muy recurrente pensar en la buena suerte actual de May, porque me hace sentirme orgulloso de quienes somos al verla feliz. Pero luego pensé en que nosotros, como seres humanos, corremos la misma suerte.

La vida de los perros pasa más deprisa que la nuestra, y a lo largo de los años vemos pasar de largo muchas generaciones de canes con distinta suerte. Nuestra vida es más larga y damos por hecho que lo que tenemos en nuestra vida es lo que hay. En mi caso me di cuenta de que igual que agradezco la suerte actual de May, debo ser agradecido con la vida por el lugar en el que he caído y con la gente que he encontrado. No me falta de nada y he dado y recibido cariño desde que tengo memoria, y aunque las cosas pueden cambiar el pasado permanece. Y estoy muy agradecido por el mismo y por mi momento actual. Este pensamiento debería llenarme el alma de agradecimiento, igual que me llena de orgullo ver a May corretear por los caminos.

lunes, 5 de octubre de 2015

Las acciones incompletas del miedo



El miedo impide el desarrollo natural de la mente, pero puede que se haya convertido en un hábito en el mundo en el que vivimos. Esto quiere decir que no somos conscientes de lo que nos hace porque lo aceptamos de forma natural. Estamos atrapados en un condicionamiento que somos incapaces de observar.

Pero cuando somos conscientes del miedo intentamos que no ocurra, intentamos detener esa acción. Pero la verdad es que los efectos del miedo solo los conocemos verbalmente, como recuerdos que se nos presentan proyectados al futuro. En el presente no notamos los efectos de lo aquello que es temido. Al no ver los efectos del miedo en el momento presente no podemos actuar, por lo que la acción es incompleta. Ese hecho de no poder hacer nada al respecto nos vuelve más temerosos si cabe, entrando en una peligrosa espiral de miedo psicológico. Esa acción es fragmentaria, nos aísla del momento presente y produce un lucha sin sentido que provoca la ansiedad y el dolor.

En cambio, ante una amenaza física que obliga a tomar una acción porque peligra nuestra integridad, esa acción no es fragmentaria aunque tampoco es espontánea. Vivimos condicionados de modo que vemos muchos peligros adquiridos por generaciones anteriores, que han podido interpretar que determinadas cosas representan un riesgo. Muchas veces están en lo cierto esos impulsos, aunque muchas otras veces no tienen mucho sentido. Y de ahí hay que distinguir sí la acción que tomamos viene motivada por ese miedo o por un sentido de la inteligencia.

Si volvemos a la acción fragmentaria de la que he hablado, solamente podemos transformar esa acción en completa si somos capaces de darnos cuenta de que el miedo que asoma se produce por los recuerdos del pasado, y no por lo que nos está ocurriendo realmente. La auto-observación es la clave en este aspecto.

El apego y la dependencia también es una fuente de miedo, pero a su vez también han sido adquiridos a través de la educación y el condicionamiento de una sociedad de la que formamos parte, y que además ayudamos a construir. Un círculo vicioso del cual es casi imposible salir. Esa dependencia demuestra una necesidad de la búsqueda de algo o alguien que nos complete, como si no viniéramos ya completos a este mundo. Es liberador aceptar que somos así.

Lectura principal por Diego Celma (historiasdediequito.es)

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